El paraíso de las hormigas



Creo recordar que era muy chico cuando hice mi primera reflexión seria sobre la consciencia. Yo por entonces estudiaba en un colegio que tenía una parte del patio arbolada. Y unos cantos compañeros de clase nos pasábamos la hora antes del recreo nerviosos, pensando en la competición de canicas de turno, o contando a escondidas la colección de pegatinas que queríamos intercambiar segundos después de que sonara el timbre del recreo. Había algunas muy cotizadas, y durante los primeros cinco minutos de recreo se intercambiaba la mejor mercancía.

Un día llevé un comic a clase. Yo no tenía muchos, pero ese me había gustado desde el primer momento que en el que lo vi en el kiosco. Era uno especial de Robin. En la portada salía montado en el sidecar de la moto de Batman. Siempre pensé que hasta en su propio comic tendría que salir Batman, pero me gustaba mucho el colorido de la vestimenta; verde, rojo y amarillo. Entre descanso y descanso de clase lo leía, y en algún momento mi compañero de pupitre, Pablito, se acercaba para mirarlo también. En aquel curso tenía una extraña rivalidad con un chico de esa clase, que llevaba unas gafas con lentes de culo de vaso, con la montura rota, y arregladas con esparadrapo. Años después me reiría de todas aquellas películas en las que el típico niño maltratado por los compañeros en el colegio tenia este tipo de gafas. Porque en este caso el matón de la clase era él. 

Por supuesto se fijó en el comic. Así que me lo pidió. Y yo, que sabía que si lo dejaba no lo vería de vuelta, no cedí, y me aproveche de la presencia del maestro entre clase y clase para no dejarme extorsionar. El niño de la montura rota me dijo que me iba a enterar, y así fue como me di cuenta de que me buscaría incansablemente durante el recreo para quitarme el comic o darme una paliza. O para hacerme las dos cosas, una detrás de la otra.

Tal y como solía pasarme, aquel miedo me duro cinco minutos. Por que cuando sonó el timbre del recreo me comí el bocadillo muy rápido salí corriendo a la arboleda para jugar a las canicas. Cuando llegamos a la extensión en la que solíamos jugar a las canicas nos encontramos con una hilera de hormigas, todas andando en fila india. Mi amigo Pablito quería pisarlas y yo se lo impedí con todas mis fuerzas. Le explique que esas hormigas ”tenían sentimientos y estaban vivas” o algo así. Parecía que esto había marcado a Pablito, porque se sentó a observarlas, y yo también. Me di cuenta de que las hormigas seguían un orden, que no todas iban en la misma dirección, y que las que venían de vuelta iban cargadas. Me impresionó como aquel grupo de insectos podían llegar a tener un sistema tan eficiente. Aquello era un pequeño milagro de la naturaleza.

Aquella experiencia de observación de la naturaleza duró poco porque el pie del matón de las gafas de culo de vaso aplastó unas cuantas hormigas. De pronto me vi marcado por aquella tragedia, como si hubiera presenciado como un tsunami arrasaba una ciudad entera, sin poder hacer nada para evitarlo. Mire disgustado la cara del matón, que parecía disfrutar con mi sufrimiento. Y me debatí entre tirarme encima de él para acabar pisándole la cabeza o simplemente pasar. Y él volvió a correr por encima de las hormigas para acabar el trabajo. Le dije que no siguiera y salió corriendo mientras se reía de mi. Y yo me quedé allí mirando como aquellos pequeños insectos terminaban de cascarla, pensando que pasarían a mejor vida, posiblemente al paraíso de las hormigas.

Hoy he recordado mi reacción y como me quedé allí atontado, sin hacer nada para vengar la muerte de aquellas pobres hormigas. Y he pensado en esto porque casualmente estoy leyendo un libro que dice algo así: “la mayor victoria se encuentra en uno mismo”. Cada vez que me he encontrado con un matón de gafas de culo de vaso he gestionado el asunto de esta manera, pensando que no podía dejar que el odio guiara mis acciones, luchando contra mi mismo, ganando esa batalla diaria que tenemos contra aquellas personas que nos intentan hacer la vida imposible. 



Algunas veces lo consigo, y otras no.

Maribel y la extraña familia



Tenía la piel muy suave aunque él no se había atrevido a acariciarla. No podía tratarla como a un libro. El libro le daba todo lo que quería, incluso la ventaja de poder acariciar el papel; oler sus páginas, darle sentido a todas aquellas palabras bonitas. Las palabras solo le podían dar la razón. Y Leocadia había provocado muchos síntomas fisiológicos, que había experimentado sobretodo en las dos últimas semanas. Le daba sentido a todas aquellas cosas que no había aprendido en los libros, y que se alejaban de la razón.

-Leocadia es nombre de Diosa. Por lo menos.

Abrió la ventana de su habitación y una bofetada de aire fresco le sacó por unos segundos de aquella escena soñada noches atrás.

-Estoy segura de que eso se lo dices a todas.

No estaba seguro de lo que había dicho porque se había concentrado en la mano de ella, que rozaba todos aquellos libros que ocupaban la única estantería de su habitación. Y ella se había detenido en “Maribel y la extraña familia”. Quería que le prestara aquel libro. Estaba claro que ella había llegado para llevarse algo más que un pedacito de su alma. Abarcaba también el universo material de los libros. Y así fue como se quedó con una obra de su biblioteca personal. A ella le gustaba aquel libro, no sabía muy bien por qué. Pero quería tenerlo.

Los dos se habían sentado en el pasillo oscuro de la casa. No había adultos allí, no había todo lo demás. No estaba ese mundo al que parecían no pertenecer. Ella absorbía todo con su extraña mirada. Como la de una gata curiosa, atenta siempre. Con una respuesta rápido, inteligente. Le hacía parecer bobo. Ella le decía tonto en algunas ocasiones y él se derretía.

Leocadia le había dicho que algunas veces pensaba cosas raras y que no le gustaba estar sola. Pero que tampoco quería estar rodeada de gente. Quizá por eso él la invitó a su casa aquel día. Porque aunque sus amigos eran los libros, siempre los disfrutaba en soledad. Se parecían un poco los dos. Y tiempo después, se arrepintió de aquello porque se enteró de que en realidad ella escapaba de problemas. Y por eso llegó a la conclusión de que era tonto de verdad. Ella tenía problemas y él se había preocupado solamente por tener la posibilidad de rozar su piel. Pensar aquello lo hacía todo un poco más triste.

Se apoyó en su hombro. Y los dos se quedaron allí planchados, sentados en aquel pasillo, juntos pero solos. Nunca más estarían tan unidos en todos los sentidos. Él no vería más su libro, y ella se llevaría mucho más que aquellas páginas. A partir de ese momento su biblioteca se apagaría poco a poco, como la llama de una vela. Los libros no tendrían sentido, porque él buscaría a muchas más mujeres que lecturas para olvidarla. Para olvidar aquella oscura tarde, aquel instante en el pasillo. Para intentar separarse de todos los libros que ella había rozado con sus dedos.

No había palabras bonitas para describir aquel sentimiento. No había un desenlace feliz. Aquella sensación desesperada de perder algo que no había tenido nunca se parecía demasiado a la de leer un trágico final. El tiempo pasó y ella nunca se marchó de su mente. Nunca, porque siempre se había sentido solo en algún momento de su vida, en algún pasillo oscuro. Y por algún extraño motivo siempre se le aparecía la imagen de aquel ángel negro, de aquella chica de mirada extraña, que le había robado un pedazo de su alma, y que la acompañaría durante el resto de su vida.

Leocadia había llegado para quedarse y viviría con el dolor de no poder volver a rozar su piel.

La conspiración infantil


Yo tardé en darme cuenta de que los reyes magos eran una fantasía. No recuerdo exactamente con qué edad lo averigüé, pero con el paso de los años até cabos. Con ayuda uní las piezas del puzle, resolví una conspiración infantil, cuya sospecha había rondado por las aulas de primeria de mi colegio. La verdad es que hoy tengo que confesar que el año que que me enteré de que los reyes magos eran mis padres me hice el tonto.

Postales desde Prescidia 3


Era una familia peculiar. Han entrado, han comprado unas palas para jugar en la playa y se han ido contentos.
Son alemanes. El hijo "pequeño" tendrá unos treinta y tantos, y el que supongo es el mayor; entradas, pendiente y cresta, a saber... El padre de esta familia tan peculiar estaba muy acalorado, sudaba mucho. Ha pagado sin pestañear y el hijo "pequeño" de treinta y tantos, con pantalón pirata y calzoncillos de cuadros que sobresalían, me ha deseado un buen día (hace tiempo que no me desean algo tan bonito). Cuando ha salido le ha dedicado una amable sonrisa a la madre, que esperaba en la puerta, y le ha ofrecido el brazo. Se movía lenta y su mirada reflejaba confusión. Se movía lenta y era mayor. Y esa imagen me ha golpeado en la cabeza con la fuerza de un martillo. Así estoy, que llevo dolorido todo el día...

Postales desde Prescidia 2


Dicen que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Será que nos olvidamos de vivir y que con el paso de los años nos hacemos un lavado de cerebro para no enfrentarnos a esa dosis de realidad. Incluso uno puede llegar a pensar que es gracioso negar lo único que sabemos con certeza sobre la vida.