Dos hermanos


Sucedió de verdad. Dos niños alemanes de unos ocho o nueve años han entrado en una tienda de regalos. Uno era rubio, llevaba algo de gomina en el pelo y una camiseta de un equipo de fútbol. El otro, negrito, con una gorra de color azul y una camiseta del mismo equipo. El rubito, que parecía el responsable del dinero, ha colocado un billete de veinte sobre el mostrador para que el dependiente le devolviera dos de diez. Una vez que el dependiente le ha cambiado el billete de veinte por dos de diez le ha dado uno a su hermano o primo y se ha quedado uno para él. He observado como los dos se ayudaban para elegir muñequitos de goma, coches y demás caprichos pasajeros, con los que he supuesto, pasarían la tarde jugando. Cuando le tocó pagar al negrito, le faltaban dos euros y se ha quedado bloqueado porque no sabía qué descartar. Su hermano no ha dudado ni un segundo en poner lo que faltaba sobre el mostrador. Y se han ido tan contentos de la tienda.
Cuando se han marchado no he podido evitar pensar que no habrá montaña, país, muro o Dios que separe a esos dos en el futuro. Y sobre todo he pensando en la distancia, cada vez más evidente, entre el mundo de los niños y los adultos.

El suicida multimillonario


De repente uno se ve mirando una noticia cualquier y siente algo; un impulso que le hace pensar en cosas existenciales, preguntas que todos nos hacemos una vez en la vida al menos.
Aquella mañana yo estaba leyendo una noticia en mi Smartphone: un chef multimillonario, que tenía un capital valorado en 13 millones de euros había perdido 12 millones de euros en malas inversiones.
Como siempre que me llama la atención algo le leí aquella noticia a mi mujer. A lo que ella se giró y respondió en el acto: por lo menos le quedaba un millón de euros.
Y de pronto pensé en ese dinero, y en la importancia que le damos al dinero, que determina nuestras vida, nuestra existencia. Sí, es lo que creo, determina nuestra existencia, hasta el punto de liarnos un cuerda al cuello si lo perdemos.Hasta el punto de sentirnos inferiores, como que la vida no tiene sentido y no merece la pena vivirla.
Un millón de euros es mucho dinero para determinadas personas. Ironicamente parece que para el chef un millón de euros no valía nada. Y recordé mi niñez, mientras jugaba con mi amigo Pablito y pensaba en peseteas. Un día me había hecho la típica pregunta en el patio del colegio ¿Que harías con un millón de pesetas? Y yo le respondí sin pensar: me compraría el tanque de Gi Joe, con toda la colección.
En aquella época los muñecos Gi Joe venía con las fotos de toda la colección detrás del envase, con la cara de todos los personajes y los componentes. La línea de juguetes Gi Joe ha sido a nivel histórico la más grande jamás creada. Mi obsesión por el tanque de Gi joe venía de una vez en la que nos reunimos en la casa de Mario, un chaval de Almería cuyo padre tenía un trabajo de comercial farmacéutico y cuyo objetivo era el de comprarle la colección entera. Lo que nos marcó de aquella tarde fue que tuvimos que esperar un rato a que Mario paseara aquel tanque por su habitación antes de poder montar nuestros Gi Joe, porque él los tenía todos y había ocupado sus asientos. Cada vez que intentábamos acercar nuestros muñecos los apartaba con la mano, con un gesto de desprecio. Nos hizo esperar allí sentados en el suelo, junto a la cama de nicho, mientras él terminaba de darle unas cuantas vueltas a la habitación. Recuerdo perfectamente el sentimiento de impotencia, de decepción, de engaño, ante semejante falta de tacto. El miraba su tanque mientras daba vueltas en círculo extasiado. Y antes de comenzar otra vuelta nos miraba de reojo haciendo entrever una extraña satisfacción, con la boca apretada. Mientras nosotros permanecíamos con un muñeco en cada mano allí planchados, de rodillas, con cara de tonto. En ese momento, al darnos cuenta de que nos tenía como unos simples espectadores de su demostración de narcisismo, y que nunca nos dejaría tocar aquel tanque, tomé la determinación de escapar de allí , para seguir jugando con mis Gi Joe en un montón de arena que había junto a la cera de mi calle, frente a una casa en la que estaban haciendo unas reformas. Momentos después se unió Pablito con sus muñecos. Recuerdo que construimos trincheras y túneles, y solo cuando se hizo de noche, volvimos a nuestras casas llenos de arena, con las camisetas arrugadas,por fuera del pantalón y muertos de hambre.
De repente. Me veo con treinta cuatro años recordando aquella tarde. Y me vienen a la cabeza muchas otras ocasiones en la que no he consentido que me hicieran sentir inferior por no tener esto o aquello. Nunca he consentido que nadie me insinuaran que yo no valía la pena por tener cosas, o que mi vida no tenía sentido por no sumarme a esa locura. De como he visto una puesta de sol junto a mi mujer o he callejeado con un bocadillo en la mano mientras hacía un viaje con lo puesto. De como las sonrisas y las caricias, el encuentro con el otro, no tiene precio. Y me ha dado pena que Mario acabara allí solo, con una habitación llena de juguetes, con la colección entera de los Gi Joe, jugando solo, en una habitación en la que oscurecía mucho antes que en el montón de arena de la obra. De como en algún momento dejamos de ir a casa de Mario para hacer nada, porque lo tenía todo sin tener nada. De como aquel chef se sentiría igual, vacío, como que la vida no tendría el sentido suficiente como para seguí viviendo, tuviera el dinero que tuviera, incluso el suficiente como para comprar una fábrica para hacer hacer tanques de Gi Joe. Y me ha dado pena. Mucha pena.

Un día


Un día me miré en el espejo y me dije:
Las respuestas adecuadas sobre las preguntas que te haces a ti mismo no están fuera, nadie te las dará. Vive cada día como si fuera el último, porque no sabes si es el último. El futuro no existe, y el pasado tampoco, no te tortures. Pero está bien hacer planes porque tienes sueños, y los sueños sin metas se quedan en sueños. Haz el amor y no la guerra, solo ese sentimiento de amor profundo te dará fuerzas para tolerar el fracaso. Si no sabes en qué consiste el fracaso no podrás saborear nunca tu propio triunfo. El triunfo, el éxito y la felicidad son construcciones mentales, a veces creadas para manipular. Cuida tu cuerpo y los pocos objetos que tengas, lo básico para vivir. Es una tontería centrar tu vida en tener y poseer un objeto material, porque cuando te mueras no te lo llevarás. Las demás personas son humanos como tú, y cuando les odias te estás odiando a ti mismo. Elige estar con la gente y no que ellos decidan cuando tendrás que estar para ellos. Lo que parece más urgente no tiene por qué ser lo más importante. Si te sientan mal los comentarios, cotilleos y demás porquerías que cuentan sobre tí ,les estás dando a esos el poder de manipular tus emociones. Recuerda que no puedes controlar lo malo que te pase, pero sí puedes controlar como te sienta. Sé libre, no te preocupes por lo que no puedes controlar, y ármate de paciencia y fuerza para aguantar lo que te entregue el destino. La verdadera libertad es interna, no es un objeto o una idea, porque corremos el peligro de perder esos objetos y esas ideas impuestas. La verdadera libertad no se pierde nunca. Ten fe en algo, mira el vaso medio lleno siempre. No todo es malo, y si crees que todo es malo es porque creías ciegamente que todo iba a ser bueno. No aparentes algo que no eres, impacta con lo que eres de verdad. Sé tu mismo, pero antes conócete y quiérete mucho, quiérete mucho, quiérete mucho. Quiérete más que nadie.
Y lo más importante: No estas loco, tan solo piensas diferente.

Mi memoria

Mi memoria y yo vamos caminando por el paseo de la vida. A veces intento agarrarle la mano con fuerza, para que se note que no quiero que se vaya. Rastreo recuerdos, y miro fotografías como si buscara algo. A veces cuando escribo sobre mis recuerdos no estoy ni preocupado por la historia que saldrá. Porque permanezco apegado a mi memoria. Lo que escribo forma parte de mi camino.
Eso lo llevo muy dentro, lo sé. Aun recuerdo cuando iba a supermercados con mi novia y rebuscaba entre góndolas de ofertas algunos cds. Eran tiempos felices, al menos así lo recuerdo. Conducíamos y escuchábamos esos discos. No pensábamos tanto en el futuro, en el pasado, o eso creo. Y vivíamos intensamente. Supongo que por eso dicen que a los veinte años somos más felices. Yo me recuerdo muy feliz.
Ahora hablo con amigos y familiares. Los años han llegado para quedarse, y parece que nos cuesta vivir el presente. Las preocupaciones acechan, de un momento a otro puede que nos convirtamos en enemigos de nuestra propia memoria. Y entonces no se que será de nosotros, si lo único que nos ayuda a filtrar, a conmemorar dignamente, y a cuidar de nuestra salud emocional se vuelve en nuestra contra. Después de todo estamos hechos para añorar el pasado, disfrutar del presente y planificar el futuro.
A medida que pasan los años siento que nos complicamos más la vida. Siento que aparecen los bucles, las obsesiones, los sueños sin cumplir. Y solo me consuela visualizarme en un futuro como un escritor viejito, que cada mañana antes de escribir se pone un papel o un libro en el pecho durante unos segundos, y respira hondo. Como si esa muestra de apego fuera el último recurso para no dejar ir aquella actividad que tanta felicidad me ha proporcionado con el paso de los años. Como si necesitara agarrarme a una prueba física de que he estado aquí, en la tierra, entre gente maravillosa. Pienso en eso y se me hace un nudo en la garganta. Pienso que poco a poco nace en mi el miedo a perder la memoria. Y me digo: hoy publicaré sobre esto.

El paraíso de las hormigas



Creo recordar que era muy chico cuando hice mi primera reflexión seria sobre la consciencia. Yo por entonces estudiaba en un colegio que tenía una parte del patio arbolada. Y unos cantos compañeros de clase nos pasábamos la hora antes del recreo nerviosos, pensando en la competición de canicas de turno, o contando a escondidas la colección de pegatinas que queríamos intercambiar segundos después de que sonara el timbre del recreo. Había algunas muy cotizadas, y durante los primeros cinco minutos de recreo se intercambiaba la mejor mercancía.
Un día llevé un comic a clase. Yo no tenía muchos, pero ese me había gustado desde el primer momento que en el que lo vi en el kiosco. Era uno especial de Robin. En la portada salía montado en el sidecar de la moto de Batman. Siempre pensé que hasta en su propio comic tendría que salir Batman, pero me gustaba mucho el colorido de la vestimenta; verde, rojo y amarillo. Entre descanso y descanso de clase lo leía, y en algún momento mi compañero de pupitre, Pablito, se acercaba para mirarlo también. En aquel curso tenía una extraña rivalidad con un chico de esa clase, que llevaba unas gafas con lentes de culo de vaso, con la montura rota, y arregladas con esparadrapo. Años después me reiría de todas aquellas películas en las que el típico niño maltratado por los compañeros en el colegio tenia este tipo de gafas. Porque en este caso el matón de la clase era él. 
Por supuesto se fijó en el comic. Así que me lo pidió. Y yo, que sabía que si lo dejaba no lo vería de vuelta, no cedí, y me aproveche de la presencia del maestro entre clase y clase para no dejarme extorsionar. El niño de la montura rota me dijo que me iba a enterar, y así fue como me di cuenta de que me buscaría incansablemente durante el recreo para quitarme el comic o darme una paliza. O para hacerme las dos cosas, una detrás de la otra.
Tal y como solía pasarme, aquel miedo me duro cinco minutos. Por que cuando sonó el timbre del recreo me comí el bocadillo muy rápido salí corriendo a la arboleda para jugar a las canicas. Cuando llegamos a la extensión en la que solíamos jugar a las canicas nos encontramos con una hilera de hormigas, todas andando en fila india. Mi amigo Pablito quería pisarlas y yo se lo impedí con todas mis fuerzas. Le explique que esas hormigas ”tenían sentimientos y estaban vivas” o algo así. Parecía que esto había marcado a Pablito, porque se sentó a observarlas, y yo también. Me di cuenta de que las hormigas seguían un orden, que no todas iban en la misma dirección, y que las que venían de vuelta iban cargadas. Me impresionó como aquel grupo de insectos podían llegar a tener un sistema tan eficiente. Aquello era un pequeño milagro de la naturaleza.
Aquella experiencia de observación de la naturaleza duró poco porque el pie del matón de las gafas de culo de vaso aplastó unas cuantas hormigas. De pronto me vi marcado por aquella tragedia, como si hubiera presenciado como un tsunami arrasaba una ciudad entera, sin poder hacer nada para evitarlo. Mire disgustado la cara del matón, que parecía disfrutar con mi sufrimiento. Y me debatí entre tirarme encima de él para acabar pisándole la cabeza o simplemente pasar. Y él volvió a correr por encima de las hormigas para acabar el trabajo. Le dije que no siguiera y salió corriendo mientras se reía de mi. Y yo me quedé allí mirando como aquellos pequeños insectos terminaban de cascarla, pensando que pasarían a mejor vida, posiblemente al paraíso de las hormigas.
Hoy he recordado mi reacción y como me quedé allí atontado, sin hacer nada para vengar la muerte de aquellas pobres hormigas. Y he pensado en esto porque casualmente estoy leyendo un libro que dice algo así: “la mayor victoria se encuentra en uno mismo”. Cada vez que me he encontrado con un matón de gafas de culo de vaso he gestionado el asunto de esta manera, pensando que no podía dejar que el odio guiara mis acciones, luchando contra mi mismo, ganando esa batalla diaria que tenemos contra aquellas personas que nos intentan hacer la vida imposible. 
Algunas veces lo consigo, y otras no.