El pequeño elefante de madera


El pequeño elefante de madera me miraba desde la mesita de noche. Yo tenía la sensación de haber establecido con él una relación extraña. Como si el controlara mi vida sin yo poder hacer nada para evitarlo. Y en el fondo comencé a pensar que la mayor parte de los desastres que había vivido en los últimos meses eran por culpa del elefante.
Lo compré en la tienda de un argentino que decía viajar por el resto del mundo la mayor parte del año. Decía que traía cosas desde los demás países porque tenía nos bonos para viajar. Y había decidido poner aquella tienda en la periferia de la ciudad para amortizar la mayor parte de los viajes y hacer negocio. Yo la verdad es que nunca me había creído eso. Era algo que me habían contado mis amigos y que él mismo me había contado cinco minutos después de entrar en la tienda. Así que deduje que era algo que formaba parte de su discurso para vender. Me acordé en ese momento también de las veces en las que Armando Cuesta me había acusado de desconfiado cuando no me creía lo que decía alguien que conocía el primer día. Como si ser desconfiado en un mundo desconfiado fuera un pecado. Como si confiar en el primer desconocido fuera un valor que trajera algún tipo de beneficio a la humanidad. Así fue como empezó una de las peleas más recordadas por nosotros dos: entre desconfianza y confianza.
Yo había entrado allí para comprarle un regalo a la india. Porque la mayoría de las veces me sentía mal cuando le regalaba cosas de tiendas normales. Ella siempre buscaba un regalo original para mi. Y cada uno de los obsequios que me había dado por mis correspondientes cumpleaños tenían un significado especial. Eran un símbolo de nuestra relación. Y no sabía como igualar aquello. Me sentía en desventaja.
Así que acudí a aquella tienda con la intención de solucionar un problema. Y me fui con mil problemas sin saberlo. O sin comprenderlo.
Lo primero que no me gustó fue aquella necesidad imperiosa del argentino de venderme cualquier cosa. Se llamaba Martín , hablaba mucho y con un ritmo que seducía. Parecía que sabía de todo sin saberlo. Y su simpatía irritaba. Así fue como ignoré todo aquello que me decía y me centré en el pequeño elefante de madera que había en una vitrina de cristal.
Parecía que estaba mal tallado. Pero aquel toque infantil lo hacía más exótico. Ni siquiera podía asegurar que era un elefante de madera. Y Martín me dijo que aquel elefante africano era una bonita elección. Y yo establecí una relación sentimental con un objeto de madera.
Porque poco tiempo después se acumularon un montón de cosas malas. La mayor cantidad de cosas malas que me podrían pasar en la vida. En todos los campos de mi vida. Y eso era algo inimaginable para mi. Era en lo menos que podía pensar cuando salí de aquella tienda con el elefante de madera en la mano. Hipnotizado por su exótico aspecto. Por sus imperfecciones que no lo hacían elefante a simple vista. Había que hacer un esfuerzo para averiguar si aquella figura de madera era un elefante o un huevo, por ejemplo. Igual que los esfuerzos que había hecho la India conmigo al intentar comprender si yo era egoísta de nacimiento o poco detallista simplemente. 
Y ese día lo demostré con creces. Al llegar al apartamento me senté en el butacón del salón con una taza de café. Había puesto el elefante en la mesita de enfrente. Cuando escuché como se abría la puerta de la casa me acordé de la India. Y de su regalo. Y me puse nervioso al recordar también que no le había comprado su regalo de cumpleaños en la tienda de Martín.
Le regalé el elefante en ese momento. Sin envolverlo en un bonito papel ni nada. Se quedó un rato mirando aquel horroroso elefante. Se acercó a mi, me lo arrojó y se fue a su cuarto. Creo que a llorar. 
Sabía que lo había hecho mal. Y por eso la dejé llorar. Porque ya había llegado el momento en el que no podía hacer otra cosa que dejarla llorar. Después de tantos errores y tantas oportunidades.
A partir de ese momento empezaron todas las cosas malas que atrajo el elefante de madera a mi vida.

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2 comentarios:

  1. Uno nunca sabe lo que le puede deparar la vida. Nuestros sentimiento muchas veces dictan lo contrario de nuestro pensamientos y nunca sabemos con certeza cuando hacemos algo bien o lo hacemos mal. Me ha parecido muy interesante la forma de narrar la historia, en mi opinión el odio hacia una persona u objeto puede realizar un cambio en el día a día, ya que impones una emoción hacia él, inclusive a veces puede traer consecuencias malas y algún que otro desastre. Te felicito por tu blog Daniel, considero que todo lector debería darte una oportunidad para conocerte, tanto didácticamente como por puro ocio. Te deseo mucha suerte con tu blog. Saludos

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  2. Gracias por tu comentario Faust Urien. La verdad es que me emociona mucho que estos relatos llegan tanto a la gente. Y Tienes razón, la mente juega malas pasadas sobre todo en relación a las conexiones que hace con su entorno; personas, objetos. El protagonista de esta historia y de unas cuantas más que vendrá opina que ese objeto en concreto es el que provoca todo lo malo que le está pasando. Veremos si tiene razón o no. Te invito a seguirme. Un abrazo.

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