El motivo por el que hago estas cosas


El otro día, mientras hablaba con Armando Cuesta, para variar, le intentaba explicar la motivación principal que me había llevado a apuntar diariamente cada una de las cosas que me estaban pasando. Y es que después de llevarme el chasco de la India, no había encontrado otra manera de soportar la soledad.
En realidad yo había leído muy poco y menos todavía escrito algo. Pero me había dado cuenta de que tenía un dolor en el pecho que se aliviaba con cada palabra que plasmaba en el papel. Mientras soportaba los días en mi apartamento, en la oficina que había acondicionado para escribir, que era la cocina, yo había averiguado la manera de quitarme el dolor de pecho que había comenzado el día que la India se fue, y que se hacía más intenso con cada foto, cada recuerdo o cada olor que examinaba con el método y la intuición de un forense. 
Lo peor fue cuando me senté a escribir el primer día. Porque hasta aquel momento yo solo había escrito algunas palabras en unos papeles que había amontonados en una estantería de la cocina, llenos de números de teléfono de diferentes restaurantes de comida rápida. Y ni siquiera había mantenido el margen correcto. Había garabateado cuatro palabras y otras tantas frases llenas de faltas de ortografías. Y a cada nuevo pensamiento que actuaba como el motor de la siguiente frase, me paraba a decirme a mi mismo que aquello era ridículo, miraba el reloj de barro de propaganda colgado de una pared, que estaría vacía de no ser por su presencia, y me distraía con unas cuantas hormigas que trabajaban para tener comida en invierno. Y me perdía en el pensamiento que me llevaba a imaginar cómo podría vivir yo en un régimen como aquel, entre tanta hormiga obrera. Entre tanto proletario innato. Y volvía a mí mismo repasando cada uno de los años de vida laboral. Y sabía que no aguantaría mucho allí. Y menos aún con la cantidad de cosas que tenía que hacer para no pensar en la India. Me imaginé perdido, yendo a contracorriente entre tanta hormiga y preguntando a todas a las que me encontraba si habían visto algún agujero en el que meterme, para esconderme a llorar por ella. Y así era como se me pasaban cuarenta minutos por lo menos en los que no escribía nada.
Estuve varios días seguidos haciendo eso hasta que comprendí que la tarea de escribir para no llorar no podía ser como la media jornada de un oficinista, o el itinerario fijo de un inspector de la seguridad social, o la acción rápida y constante de un churrero a las ocho de la mañana frente a una plaza de abastos. Así comprendí que si tenía que tomar aquellos apuntes como los de campo de un investigador que termina de diseccionar el corazón de un espécimen como yo, tendría que abrirme en el momento oportuno y que cada minuto que estaba compadeciéndome de mi mismo era una palabra menos escrita en el dichoso cuaderno. 
Por último estaba ese extraño fetiche que yo había creado al ahora de sentarme. Porque el cuaderno en sí tenía un simbolismo imposible de imitar por otro cuaderno cualquiera. Y es que yo no había ido a un bazar a comprar cuadernos o a una papelería a elegirlos, ya que tenía un significado especial que había madurado con el paso de los años. Porque era de cuando yo iba al colegio. Y cada vez que veía su tapa, en el momento en el que abría el cajón en el que había estado durante los últimos veinte años, no podía evitar pensar en aquella época y en el motivo que me condujo a comprarlo, escribir dos poemas, trazar el perfil de una muchacha y guardarlo. Y ya era demasiado mayor como para echarle la culpa a otro; a mis padres, a mi familia, amigos, algún primer amor o el presidente del país. Porque la verdad es que simplemente había comprendido que no tenía nada que hacer a nivel artístico, con diez años de edad. 
Y eso era más o menos lo que yo había pensado en el momento en el que cerré el cajón que recogió al cuaderno huérfano y ya mayor. Y era algo que en cierta medida me había dolido durante los últimos años.
Después de fallar en mis intentos de establecer un régimen autoritario para con mi nueva "afición", decidí proclamar la auto revolución y la anarquía artística. Ya no estaría más de cinco minutos mirando el reloj de la cocina, ni contaría hormigas. Ya no me sentiría culpable por no haber plasmado mis sentimientos correctamente sobre el viejo cuaderno. Ni tendría la necesidad de cumplir una dieta estricta para sanar los achaques que sometían mi corazón. Porque lo cierto es que sabía que el dolor se iría escribiendo, y que me tendría que poner a escribir en el primer momento que sintiera el dolor. Y así más o menos fue como establecí un acuerdo confidencial en el que había involucrado a mi cuaderno, testigo de mi primer fracaso como persona, mi corazón, que había sufrido todas las envestidas sentimentales de mi relación con la India, y mi alma. Porque la verdad es que yo no sabía ya si tenía alma o no. Ni si el tiempo existía tal y como había aprendido antes de esto. Ni si yo sería capaz de curarme a base de escribir frases mal compuestas. 
Lo único que sabía con certeza es que de vez en cuando tenía ataques y achaques. Y que se calmaban cuando escribía cada una de las cosas que pasaban por mi cabeza.
Y claro, esto era algo difícil de explicar a mi amigo Armando Cuesta. Y difícil de entender para él.


El día que conocí a mi amigo Armando Cuesta


No sé. Yo espero que los años pasen y cierren todas aquellas heridas que me he ido abriendo yo mismo. Que el viento, la humedad y el calor no abrasen mucho. Que el paso del tiempo deje huella, pero que esta huella pertenezca a un propósito decente, de esos que no cumplimos por ser demasiado cobardes. Y que de esta intención no quede la maldad, el sufrimiento y el dolor que sin saberlo también me he provocado. Que queden, si es posible, cosas bonitas.
No esperaba que la pizza que me iba a comer con Armando Cuesta diera para tanto. Pero entre trozo y trozo hemos conversado sobre la vida. Hemos hablado sobre el paso del tiempo. Sobre por qué ahora hablamos de cosas que hacía décadas que nos habían pasado y antes no. Y yo le he dicho que eso es muy sencillo; porque es que nos hacemos viejos. Y esa vejez nos pasa factura y nos ayuda a reflexionar. Por supuesto eso no le ha sentado muy bien a él. Por eso le he dado una aceituna negra que me sobraba. Para desviar el tema.
Porque yo creo que Armando Cuesta no ha visto pasar el tiempo como yo. Y muchas veces me da pena recordarle todas aquellas cosas tan bonitas que hemos vivido juntos. Y me da pena también no haber abierto la oportunidad y la esperanza de vivir algunas más, sobre todo en los últimos años. Porque eso es algo que yo también he perdido, ese caprichoso optimismo, la sensación de ponerme en una situación futura. De decir "Imagínate que dentro de diez años estaremos haciendo esto y lo otro". 
Ahora es todo más gris, más añejo. Y hacemos doble esfuerzo. Porque es que nos molestamos en pintar la vida de colores. Como si fuera el chasis de un antiguo coche destartalado al que tenemos que renovar las ganas de conducir. Por dentro y por fuera.
Y para que Armando Cuesta se hiciera una idea de lo que le quería decir, le he recordado lo que pasó el día que nos conocimos. Hace nada más y nada menos que veinte años. A él le gustaba dejar su firma con un spray en las paredes de los edificios. Casualmente, íbamos a jugar al tenis a la misma pista, con el mismo grupo. Y un día nos sentamos a hablar mientras se desarrollaba un torneo. El llevaba una gorra que solía colocarse con la visera hacía atrás. Siempre tenía puesta una camiseta sin mangas y pantalones de rapero. Le gustaba ir en bicicleta a pintar edificios y yo había visto en el portal de mi casa una firma de grafiti. Y aquel día, sin venir a cuento, me senté a su lado y le pregunté si él había pintado la fachada de la casa de mis padres. Él me miró y me dijo que no. Y me insistió también en el motivo por el que pensaba yo que él era el culpable. Yo le dije que porque el siempre estaba pintando con spray. Que lo había visto. Sacó de su mochila la raqueta de tenis y en el fondo llevaba dos botes de spray. Los dos eran del color contrario al que había en la puerta de mi casa. Y allí, en aquella pista que hace años que no visitamos, hizo su firma con el spray, en pequeño. Y me pasó el bote para que yo hiciera la mía. Y me gustó firmar con spray.
Aquel verano me volví un poco más delincuente con Armando Cuesta. Y creo que mejor persona.
Por eso le dije mientras acababa la pizza que tendríamos que ir a firmar con spray. Porque eso era algo que nos provocaría una serie de sentimientos relacionados con algo que ya no éramos. Y creo que yo, en cierto modo, intentaba sacar algo en clave de ahí.
Y en ese momento, por primera vez en años, observé con placer como Armando Cuesta había prestado verdadera atención a algo en lo que yo le había insistido.