El día que conocí a mi amigo Armando Cuesta


No sé. Yo espero que los años pasen y cierren todas aquellas heridas que me he ido abriendo yo mismo. Que el viento, la humedad y el calor no abrasen mucho. Que el paso del tiempo deje huella, pero que esta huella pertenezca a un propósito decente, de esos que no cumplimos por ser demasiado cobardes. Y que de esta intención no quede la maldad, el sufrimiento y el dolor que sin saberlo también me he provocado. Que queden, si es posible, cosas bonitas.
No esperaba que la pizza que me iba a comer con Armando Cuesta diera para tanto. Pero entre trozo y trozo hemos conversado sobre la vida. Hemos hablado sobre el paso del tiempo. Sobre por qué ahora hablamos de cosas que hacía décadas que nos habían pasado y antes no. Y yo le he dicho que eso es muy sencillo; porque es que nos hacemos viejos. Y esa vejez nos pasa factura y nos ayuda a reflexionar. Por supuesto eso no le ha sentado muy bien a él. Por eso le he dado una aceituna negra que me sobraba. Para desviar el tema.
Porque yo creo que Armando Cuesta no ha visto pasar el tiempo como yo. Y muchas veces me da pena recordarle todas aquellas cosas tan bonitas que hemos vivido juntos. Y me da pena también no haber abierto la oportunidad y la esperanza de vivir algunas más, sobre todo en los últimos años. Porque eso es algo que yo también he perdido, ese caprichoso optimismo, la sensación de ponerme en una situación futura. De decir "Imagínate que dentro de diez años estaremos haciendo esto y lo otro". 
Ahora es todo más gris, más añejo. Y hacemos doble esfuerzo. Porque es que nos molestamos en pintar la vida de colores. Como si fuera el chasis de un antiguo coche destartalado al que tenemos que renovar las ganas de conducir. Por dentro y por fuera.
Y para que Armando Cuesta se hiciera una idea de lo que le quería decir, le he recordado lo que pasó el día que nos conocimos. Hace nada más y nada menos que veinte años. A él le gustaba dejar su firma con un spray en las paredes de los edificios. Casualmente, íbamos a jugar al tenis a la misma pista, con el mismo grupo. Y un día nos sentamos a hablar mientras se desarrollaba un torneo. El llevaba una gorra que solía colocarse con la visera hacía atrás. Siempre tenía puesta una camiseta sin mangas y pantalones de rapero. Le gustaba ir en bicicleta a pintar edificios y yo había visto en el portal de mi casa una firma de grafiti. Y aquel día, sin venir a cuento, me senté a su lado y le pregunté si él había pintado la fachada de la casa de mis padres. Él me miró y me dijo que no. Y me insistió también en el motivo por el que pensaba yo que él era el culpable. Yo le dije que porque el siempre estaba pintando con spray. Que lo había visto. Sacó de su mochila la raqueta de tenis y en el fondo llevaba dos botes de spray. Los dos eran del color contrario al que había en la puerta de mi casa. Y allí, en aquella pista que hace años que no visitamos, hizo su firma con el spray, en pequeño. Y me pasó el bote para que yo hiciera la mía. Y me gustó firmar con spray.
Aquel verano me volví un poco más delincuente con Armando Cuesta. Y creo que mejor persona.
Por eso le dije mientras acababa la pizza que tendríamos que ir a firmar con spray. Porque eso era algo que nos provocaría una serie de sentimientos relacionados con algo que ya no éramos. Y creo que yo, en cierto modo, intentaba sacar algo en clave de ahí.
Y en ese momento, por primera vez en años, observé con placer como Armando Cuesta había prestado verdadera atención a algo en lo que yo le había insistido.

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