Cuento de navidad


El invierno era largo y en un paréntesis se encontraron. Durante las vacaciones de navidad quedaban para tomar café a las siete de la tarde. Pero la cafeína no les estimulaba tanto como los nervios antes del encuentro. Ella se había teñido el pelo y hablaba diferente, más madura. Él seguía siendo el mismo crío irresponsable. Anochecía temprano y las calles estaban animadas. Las luces de navidad alegraban el paisaje.

Cuando el otoño era invierno


Cuando llegaba el otoño las casas de campo de Prescidia se vaciaban. La gente que había vivido el sueño del verano se despertaba. En realidad, tenían que volver a sus trabajos y a sus vidas más o menos monótonas. Y Armando era uno de los pocos amigos que resistía conmigo la envestida del invierno. Porque en Prescidia, por mucho que me pesara, cuando el frescor del otoño aparecía, todo el mundo decía que llegaba el frío invierno, largo y triste, exento de turismo y playa. Una larga estación que se prolongaba siempre hasta la semana santa. No puedo evitar mirar con nostalgia aquella época adolescente. Y mantengo el recuerdo de aquellos inicios de invierno. Se acababan los días largos e intensos, en los que no cabían las preocupaciones. Y llegaban días mucho más duros y fríos, acompañados de responsabilidad, por el inicio del curso. Pero recuerdo especialmente los fines de semana que Armando se escapaba de su casa para pasar al menos un día en Prescidia. Aunque vivía en un pueblo a pocos kilómetros, y aquella casa la mantenían sus padres como vivienda de verano, él se escapaba en autobús para pasar el día conmigo. Por supuesto aquello nos suponía una gran distancia y un gran viaje. Y Armando siempre volvía a su casa en el mismo día. Quizá lo hacía para acompañarme en aquella resignación tan triste. O para superar juntos el amargo trago de la cruda realidad. A veces pienso que este drama ha sido siempre mejor que cualquier otro. Y hasta esto me parece nostálgico. Parecía que le gustaba el invierno más que a mí. Se alegraba cuando sabía que aquel frescor le permitiría gozar del placer de la chimenea. Le encantaba encender una hoguera y contemplar como se quemaban aquellos troncos que había dejado su padre para cuando hicieran falta. Y a mi me extrañaba aquella manera que tenía de contemplar el fuego. Nos sentábamos cerca de la chimenea y hablábamos del inicio del curso. Comparábamos la supuesta crueldad de algunos profesores y vacilábamos con la dificultad que supondrían muchas de las materias de estudio. Yo avivaba el fuego mientras asentía con la cabeza. Y los dos disfrutábamos de aquella hoguera. Aunque estaba claro que Armando lo hacía más que yo. A veces pensaba que algún día saldríamos en los periódicos. Yo, como cómplice de un pirómano. Él, como el miserable autor de uno de los mayores incendios a nivel nacional. Un día fui a buscarle a la parada de autobús. La semana había sido larga y ya llegábamos a la época de transito. Me quedaría solo unos meses. Y esperaría con ansia los meses que darían paso a un verano mucho más corto que el invierno. Armando se bajó del autobús con su nuevo atuendo. Llevaba unos pantalones muy anchos y una gorra colocada hacía atrás. En aquella época no había pantalones de rapero y los chavales mandaban a sus madres a buscar pantalones de talla grande al mercadillo. Pero pese al atuendo, Armando parecía diferente. Más serio. Y recuerdo que evité pensar que mucho más triste. Me dijo que se quedaría solo aquella noche. Y como aquella idea me pareció extraña yo le pregunté a mis padres si me dejarían dormir en su casa. Cenamos macarrones con tomate porque era lo único que sabíamos cocinar. Y mientras cenábamos noté que él se quedaba sin aire. Le costó trabajo contarme que desde hacía un tiempo se agobiaba y que solía querer estar solo. Me dijo que hacía un par de semanas que sus padres habían hablado sobre separarse. Sobre hacer las cosas de otra manera. Y recuerdo que me lo contó mientras avivábamos una hoguera durante una noche que parecía mucho más fría. A veces pienso que en realidad Armando no quemaba madera cuando encendía la chimenea. Aquella noche vimos algunas películas. Nos habíamos quedado dormidos en el sofá. Amaneció, desayunamos, y le acompañé a la parada de autobús. Y a partir de entonces fuimos diferentes sin saber muy bien por qué. Llego el frío verdadero, el que calaba los huesos. Nos llamábamos por teléfono como de costumbre. Pero el verano siguiente todo fue diferente. Aunque claro, el otoño seguía siendo invierno.

Algunas fotografías


Las fotografías las carga el diablo. Tengo una estrecha relación con una caja de cartón llena de fotografías. De hecho creo que sería lo único que me molestaría en salvar de un incendio. A lo mejor es algo de locos, algo que alguien guardaría como un secreto. Pero yo no puedo evitar mirar esta caja aunque no la abra, y consolarme con lo que hay dentro. Quizá de este fetiche nace la necesidad de plasmar cajas con fotografías en mis relatos. Existe una extraña relación porque tiene algo que no me pueden dar los demás objetos. Hay gente que colecciona tazas. Conozco a una persona que pide tazas a sus amigos cuando van de viaje. Yo mismo le he regalado una taza a esa persona. Y lo que en principio era una entrañable afición, supongo que pasó a convertirse en una obsesión. Como la mía con la caja de fotos. En mi caja también hay cartas. Las mejores son las que me escribieron en una edad en la que no se sabía nada. Algunas veces acaricio el papel, las letras que están plasmadas en estas cartas, inocentes mensajes que no parecen sinceros. Algunas cartas de adultos también tienen eso. Pero estas tienen como añadido algunas palabras escritas con bolígrafos de colores. Entre el puñado de cartas hay postales también. De gente que después vi más de mil veces. Lo divertido de estas postales es que no eran de despedidas. Transmitían vivencias durante viajes que después me contarían en persona. Me gusta darles la vuelta a estas postales, observar aquellos sitios tan maravillosos que han visitado, y descifrar la caligrafía de amigos viajeros que no serían entendibles debido al nivel de ebriedad. Me los imagino sentados en la mesa de algún bar, eufóricos y alegres, mientras intentan describir aquella anécdota del día. Alguien me dijo una vez que era demasiado jóven para tener tantos recuerdos. A mi eso me parece una tontería porque recuerdos tenemos todos. Lo que pasa es que yo no puedo evitar esa tendencia romántica hacía la búsqueda de un pasado mejor. Seguro que ese pasado no existe. Pero yo lo busco incansablemente y me satisface hacerlo. Cada uno vive como quiere diría. Pero es que yo me he dado cuenta de que en realidad vivo como puedo. Y encima escribo. Lo tengo todo para ser un escritor pesimista y desgraciado. Aunque mi defensa va hacía una dirección muy clara, porque es que yo vivo en esa búsqueda constante de lo bonito. De un recuerdo bonito y bello que llene mi alma, y consecuentemente llene el alma de todo aquel que quiera leerme. Y lo persigo como ya he comentado antes a través de la colección de momentos y fotografías. Me interesa esto para sentirme más vivo, para sentirme yo. No hay nada como saborear eso mientras abro la caja de fotografías, mientras me pierdo en todos esos momentos que he guardado en esa dichosa caja, mientras escucho algún bolero, o bebo una copa de vino. Es como cuando escribo en la cocina. Es como cuando no me quiero marchar simplemente de ningún sitio. Espero morir con esa satisfacción. Espero morir así de vivo. Feliz fin de semana. O lo que queda.

Cocinas


Escribir en la cocina está bien. Ahora estoy en a cocina escribiendo. Estoy sentado en un taburete y el ordenador está sobre una pequeña mesa que utilizamos para comer los días que no somos muchos. Esto de escribir en la cocina tiene su encanto. Mientras se hace algo esbozo algunas historias, contesto también mails y me tomo unos segundos para pensar en aquellos personajes a los que intento dar vida. Ellos también comen y son protagonistas de sus historias en cocinas. Igual que nosotros. Yo no puedo evitar remontarme a mi infancia, la encimera era más grande porque yo era más pequeño. Y desde allí abajo esperaba la merienda. Se habían caído algunas migas de pan y observaba como mi madre o mi abuela me preparaba el bocadillo. Mi abuela. Parecía disfrutar mientras me hacía el bocadillo. Y me sonreía cuando me lo daba y salía corriendo. Corría de la cocina como si no tuviera importancia. Hasta que no me hice mayor no me di cuenta de que era un verdadero santuario, en el que uno se alimentaba y gestionaba parte de su salud. Nuestra salud. Y bueno, también me recuerdo sentado en la cocina de mi abuela, todo era muy triste porque había fallecido alguien. Y algunos habían traído comida de la calle. Y después está esa sensación. No sé si os pasa, pero yo siento que hacemos parte de nuestras vidas dentro de una cocina. Aparte de cocinar hablamos. Estoy seguro de que muchos cierran la puerta de la cocina para discutir con su pareja, para que no se enteren los niños. Otros se han dado la mano mientras comían. También los niños utilizan las mesas para estudiar, en aquellas casas realmente pequeñas. Y nos hemos enterado de noticias malas dentro de cocinas. Y hemos hablado de temas importantes mientras tomábamos un vino. La cocina se presta a todas aquellas reuniones de amigos. Las cenas realmente intimas e interesantes se empiezan en las cocinas. Yo suelo quedar con unos amigos para cenar una vez a la semana y nos tomamos un vino mientras hablamos sobre lo que nos ha pasado en la semana, y sobre la vida. Cocinamos mientras bebemos y cuando terminamos de comer estamos realmente borrachos. Y ahora que me pongo a recordar, me viene a la memoria aquella época de estudiante en la que me levantaba y comía pizza recalentada después de una dura noche de fiesta. Había que reponer fuerzas y comía de pie, mientras pensaba en aquello y lo otro. Si voy mucho más atrás recuerdo a mi padre preparando un cola cao durante las frías mañanas de invierno. Me quitaba el pijama rápido y me ponía los pantalones allí mismo, junto a un pequeño calentador. Todavía era de noche y salíamos a saborear el roció después de un desayuno que calentaba un poquito nada más. Lo siento. No puedo evitar estremecerme cuando hablo de cocinas. Me cuesta trabajo elegir entre elaborar un guiso o un textito de estos. Quizá en el fondo cocinar es regresar al pasado, a los recuerdos. Nos podemos emocionar con un buen plato. No sé, me cuesta tanto dejar de escribir sobre las cocinas.

Cada viernes


Cada viernes hago una ruta en coche que me obliga a circular por un tramo de carretera muy tranquilo. Suele ser a las tres y media, una hora a la que la gente se sitúa en el ecuador de una larga jornada. O una jornada corta que le lleve a tomar un fin de semana temprano. Para mí es un paréntesis y me he acostumbrado a relajarme cuando circulo por ese tramo de carretera. Me ofrece un paisaje muy peculiar. Porque cruza un bosque de pinos y eucaliptos. A veces, cuando hace viento, miro como un coche de los de enfrente se balancea un poco. Y me sorprendo cuando el viento me balancea a mi, como si el viento pudiera elegir a quien quiere empujar. Por supuesto son cosas que pasan con ráfagas de viento muy fuertes. Cada viernes es igual que el anterior y diferente al mismo tiempo. Siempre hay un detalle extra que no cambia la tranquilidad de ese tramo, algún coche más, algún coche de menos. El espacio cambia poco y somos nosotros los que nos movemos en una dirección determinada. Pero cada viernes es diferente en realidad, en el tiempo. Y cuando pienso en el tiempo recuerdo que estos viernes se parecen al paréntesis que vivía después del colegio. Siempre llegaba con ganas de adelantar tareas y estaba lo suficientemente cansado de la semana como para no cumplir la promesa. Cada viernes se parece a ese viernes que se encuentra solo en mi memoria, pero soy adulto y estos días no parecen nuevos. Cuando se es chico todo parece nuevo. Cada viernes a la misma hora recuerdo las horas que faltan para la merienda, como si estuviera en ese viernes de época de colegio. Solo que ahora no me hace tanta ilusión. El viernes se va rodeando de mitología por la sencilla razón de que lo esperamos. Es un día valioso porque representa el principio del fin de semana. Igual de valioso que las últimas horas del domingo, que parecen más tristes y deprimentes. Siempre depende de como afrontemos el comienzo de la semana. Pero el viernes significa pasar de una semana de cinco días laborables a un fin de semana. El termino “fin de semana” nos lleva al final de un ciclo, en el que podemos hacer las representaciones que queramos. Yo cada viernes a la misma hora pienso en estas cosas. Pero al final no puedo evitar quedarme con lo asombroso del paisaje de arboles que me rodea mientras circulo por ese tramo de carretera. Se alzan y pelean entre ellos cuando hace viento. Y me imagino siendo un árbol, que busca la luz a toda costa y no tiene noción del tiempo. Que crece fuerte, con unas raíces que son más importantes que cualquier representación que hagamos del viernes, o de cualquier otro día. La naturaleza en estado puro es algo de lo que inevitablemente estamos dispuestos a escapar. Que ironía que sea un trozo de carretera lo que me salve de eso.

Un olor

Hace poco me compré un jabón nuevo. Lo estrené después de cenar con un amigo en casa. Cuando lo olí recordé algo maravilloso. No sabía muy bien que era, pero me remontaba a una época y un lugar. Tan solo recordaba la sensación. Le dije a mi amigo que me oliera las manos y el me miró como si yo estuviera loco. Llegué a la conclusión de que aquel jabón lo había comprado hacía como diez años.

Fracasar


Estoy escribiendo una cosa que me hace pensar más que nunca en la vida. En como cometemos los mismos errores repetidamente. Y que en realidad por mucho que aprendas nunca evitarás el fracaso. 
A mi la palabra fracaso no me gusta nada. Porque pienso que la gente que fracasa mucho, como yo, puede llegar a sentirse un fracasado. A mi eso me da igual, pero pienso que hay gente más sensible que lo puede llegar a pasar tremendamente mal. Cuando eres más joven no te permites fracasar porque todavía no has experimentado el fracaso sin condiciones. Y cuando pasan algunos años te das cuenta de que el fracasar no es como lo pintaban. No es tan terrible.
Pienso que se fracasa todos los días un poquito. Y que se aprende mucho. Tampoco es que vaya persiguiendo el fracaso. Pero me gusta hacer las cosas pensando que si no salen no pasa nada. Y que si no las hago estoy dejando de vivir un poco más. Quizá no viviré muy bien, pero tampoco me voy a poner delicado con esto de vivir. 
Algunas veces por la noche, antes de dormirme, pienso en todas aquellas veces que me he salido de la línea al pintar. Cada vez dudo más y me quejo menos. Soy más escéptico. No reivindico antes de pensar. A la gente que fracasa mucho le suele pasar que no se sorprende ante una tormenta de estas que te asaltan el día menos pensado. Después de todo se conoce la dinámica aventurera de la existencia. La vida pasa y nosotros con ella. Y poco a poco vas acomodandote en la incomodidad. Las cosas sencillas son mejores que las complicadas. Lo complicado siempre se suele torcer. Y vivir al día tampoco es tan grave, porque piensas en alguna época en la que no había comodidades y había que salir a buscar la comida diariamente. Me he dado cuenta de que cuanto más fracasas menos te quejas con determinadas situaciones.
No sé. Si tengo que elegir entre no fracasar y vivir. Siempre escogeré vivir. 
Y así nos va.

Esperar


No nos gusta esperar. Y yo creo que no nos gusta porque nos suelen pasar las peores cosas mientras esperamos. A muchos nos ha tocado una cola en el peor momento. Una larga cola que parece infinita, que se nos hace eterna cuando intentamos divisar el final. Una espera larga y aburrida. Con el paso de los años he aprendido a disfrutar de la espera. A no recordar momentos en los que mi estado anímico ha dependido de una respuesta, mientras la esperaba. Reconozco que es complicado. Que bien estaría vivir mientras esperamos tranquilos, sin preocuparnos por esa insoportable necesidad de buscar un sentido a nuestras vidas. Estaría bien no darle importancia a la espera. Disfrutar de la gente sin pensar que todos aquellos que se encuentran en una cola han conspirado para que se te enfríe la comida. Creo que por eso la gente que compra el pan tiene tan mala ostia siempre. Aunque eso no es lo peor. La espera en el pasillo de un hospital si que sienta como un golpe bajo. Pero eso es una historia que tendrá que contarse en otro momento. Ahora pienso en una espera más aburrida y menos dramática. Una espera que se hace un mundo. Ahora me gustan esas esperas. Me gusta observar a la gente que espera como yo. ¿Estarán sumergidos en la lista de la compra?¿Se les hará un mundo llegar a fin de mes? ¿Estarán enamorados? Y de nuevo el amor. No tengo remedio. Ahora si recuerdo la espera de una llamada, o la respuesta a una carta. Lo recuerdo sintiendo una dulce melancolía. Como si fuera un sueño que no es ni bueno ni malo, pero sí dulce. Y me vienen imágenes a la recompensa de muchas de esas esperas; un abrazo, un beso en la mejilla. En fin, las esperas pueden llegar a ser dulces. Sobre todo si recuerdas cosas y dejas pasar el tiempo. Como si el tiempo no tuviera importancia. Y de hecho el tiempo no tiene importancia. Tenemos un reloj para controlar el tiempo que emplearemos en cada cosa que hacemos, sin pararnos a pensar que el tiempo pasa. Y llegará el día en el que el reloj no sirva para nada. Porque moriremos y seremos parte de la tierra, del universo.

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Algunas palabras


Cuando trabajaba en una cosa relacionada con la impresión, algunas veces me cruzaba con un anciano que encargaba a la imprenta sus libros de poemas. Llevaba una calculadora encima, y la utilizaba para averiguar cuanto podía invertir después de vender sus libros. Una vez me regaló uno. Me pareció un gesto tan entrañable que no pude evitar sonreír. Pienso que el hombre se sintió muy satisfecho porque también se alegró.
No voy a entrar a valorar la estructura porque no sabía en ese momento y tampoco ahora. Pero aquellos poemas hablaban sobre la vida, el amor y el tiempo. Me parecieron maravillosos. Me pareció bonito ver como una persona podía llegar a tener tanto amor por la vida. Tanto como para regalar poemas y a una edad en la que en teoría estamos de vuelta de todo. Estaba claro que lo que había escrito aquel hombre tenía como único objetivo expresar el amor por la vida y el ser humano. Y aprendí ese día que escribir para llenar nuestros corazones es de las cosas más bonitas que se pueden hacer en la vida. Por supuesto, en ese momento escribía en un diario que solo yo leía.
Un amigo me dijo una vez que quería escribirle una carta a su novia para explicarle lo que sentía. Me contó que cuando se sentaba a escribir no era capaz de explicar lo que sentía por ella. No tenía palabras para ello. Yo procuro hacer lo mismo cuando me siento a escribir. Me gusta tener algo que contar. Y me gusta emocionarme mientras lo leo, como cuando escucho una canción de las que me hacen llorar. Y que los que me leen lo sientan igual que yo. Y algunas veces no encuentro las palabras que me ayuden. Quizá el exceso de romanticismo me pasa factura en esos momentos, y no es necesario expresar lo que uno siente siempre. 
Las palabras tienen que salir solas a veces. 
Otras veces pienso en como reaccionaréis cuando leáis. Me pregunto donde estaréis, o qué os ha llevado a sentaros a leerme. Muchos lectores me dejan comentarios muy bonitos en el blog. Son palabras bellas que superan cualquier cosa que podría escribir en mi mejor día. Espero que no lo toméis a mal. Pero soy fan de vuestros comentarios.
Quizá me he enganchado a esto. A sentir que la gente me lee. Aquel viejo de la imprenta dejó dentro de mi una sensación que no ha parado de influirme. Siempre he imaginado que escribiría pasara lo que pasara.Y eso de dedicar poemas a la vida también suena bien. El tiempo lo dirá.

La gente no se quiere por costumbre


Tengo entendido que en Chile se utiliza mucho el verbo "pololear". Y es una palabra que siempre me ha hecho mucha gracia, significa algo así como hacerse novios. Aunque parezca inocente, la gente suele pololearse. Pienso en una pareja de chilenos. Los dos se pololean. Después de algunos encuentros inocentes, todavía no saben como les latera el corazón cuando se crucen con el amor de su vida. Así que coquetean un poco y se emocionan al sentir cosas que no habían sentido antes. Y la escena, con la palabra pololear rondando en mi cabeza, la imagino tierna y encantadora. O por qué no, también puede que se pregunten entre ellos si quieren ser pololos. No sé, eso podría ocurrir.
Como pasa con toda costumbre, puede que eso de pololear se haya pasado de moda. Y por eso me gusta la palabra, porque rememora cosas que quizá nunca existieron. Que tan solo aparecen en mi recuerdo, idealizado, irreal. Pero son costumbres solamente. Y el amor no se mide por el nivel que uno tenga a la hora de pololear. El amor tiene que ser algo más aparte de costumbres.
Las costumbres sí son diferentes cuando cruzamos un charco de miles de kilometros. Pero yo estoy seguro de que las parejas de chilenos se cogen la mano muy fuerte cuando pasean por la calle. Pienso que dos cuerpos desnudos en la cama, son dos vidas unidas sean de donde sean. Dos cuerpos desnudos que se quieren se comportan de la misma manera en cualquier lugar del mundo. Se sienten dichosos y comparten el sudor. Se rozan de la misma manera y sus corazones laten igual de fuerte. Y al dia siguiente se miran felices y piensan que compartir el fuego de la pasión ha sido la experiencia más bella que han sentido nunca.
Y antes de eso está el amor a primera vista. Hay ganas de ver al otro, se crea espectación antes de las primeras citas. Y eso es bonito, de las cosas más bellas que nos pueden pasar a los chilenos y a los españoles. Y con el paso de los años esos roces hacen que las discusiones sean mínimas. Y la dulce rutina se clava en las vidas de los dos pololos. 
Imagino a dos pololos viejos. Sentados en sus correspondientes mecedoras. Ella haciendo punto, o lo que le permita la vista. Y él , con camisa de rayas y boina, utilizando el bastón para levantarse.

La gente bella



La gente es bella. Una vez me explicó un amigo que iba todos los días al gimnasio porque lo necesitaba para dormir acompañado. La gente es bella pero cuando dice tonterías pierde el encanto.
Yo quiero pensar que no es así. Que no necesitamos condenarnos a vivir en el camino que nos marca la búsqueda continua de la aceptación. Yo sí que necesito saber que envejeceré acompañado y que encontraré la belleza en el interior de la carne flácida. Lo necesito para vivir cada día, para no caer en esta paranoia general. Para disfrutar del día a día. Necesito fortalecerme y evitar pensar que la vejez no es una tragedia. 
Una mujer mayor también me dijo una vez que llevaba cuarenta años con su marido. Me dijo que lo importante en la vida era ser feliz. Que tenía que reír a diario, que ella reía con su marido a diario. Me dijo que tenía que comer lo que me gustaba y dormir bien. Sobre todo dormir bien. 
Y esto más o menos es lo que se me ha ocurrido mientras pensaba en la vejez. Ha sido en el autobús de vuelta a casa. Había un hombre mayor que llevaba un bastón y se había sentado frente a mi. El hombre iba acompañado por su mujer. Pero en vez de ayudarle con todo le motivaba para que cogiera el bastón y siguiera solo. 
He pensado que esto era más o menos una pareja de cuarenta años. Yo que algunas veces escribo sobre relaciones, sobre pérdida, sobre esas cosas. No se trata tanto de ayudarse como de apoyarse. 
Y todo esto creo que solo se consigue mirando a la persona que tienes a tu lado cada día. Intentando buscar más allá de lo que fuisteis o lo que creísteis que seríais en el futuro. Porque al final no conseguimos ni la mitad, y tampoco es que eso sea importante. Apreciando su belleza, con sus defectos y virtudes. Somos seres humanos y cada uno tenemos nuestras cosas. Hay que aceptarse uno mismo para aceptar a los demás.

Acalorados todos

Cualquier gesto en una persona. La sonrisa de un amigo, una palabra, un día de frío, un día de calor. A veces todas esas cosas nos hacen sentir. Y nos sumergen en un ciclo que nos hace ganar las ganas de vivir. Recordar que no somos nada por lo que seremos. Que también nos identifica un recuerdo. No sé, el calor asfixiante. Las ganas de frío.
Y muchas veces me acuerdo de todos los días acalorados de mi vida. Todas esas noches sin dormir que siempre han coincidido con el final de un curso. Casi siempre todo relacionado con buenas noticias. Otras veces metido en un hospital; las cosas de la vida.
Y siempre intentamos acordarnos de lo bueno. Como si eso fuera a volver. Como si necesitáramos que volviera. Siempre que nos acaloramos y nos acordamos, revivimos aquellos momentos en los que nos refrescamos. Del mismo modo que siempre que estamos tristes nos acordamos de aquella vez que estuvimos tristes.
Recordamos el cubo de agua fría. Los castillos de arena en la orilla de la playa. Vivimos imágenes de esos castillos destruidos y nosotros sofocando la derrota con un primer hilillo de agua fría mientras metemos los pies en el agua, mientas observamos cómo se hunden imitando unas arenas movedizas. Nos sentimos acalorados y recordamos como nos pusimos bajo la salida de aquel aire acondicionado, el día que nos tocó acompañar a alguien a hacer una compra necesaria en un centro comercial. Por supuesto aquel día hacía calor. Más de treinta grados seguro.
Te acuerdas de aquella pequeña pompa de jabón. Acalorado recuerdas un verano que esperaste. Y ella que sufría y tú con ella. Y recuerdas que en esos días de calor algo cambió tu vida. Nació una esperanza en un mundo sofocante. Un infierno que no estaba al final bajo la tierra. Cuando creías que no había encima de la tierra nada. Y aprendiste a convivir con un miedo que sentirías el resto de tu vida. De su vida. Y acogiste a la criatura entre tus brazos. Era frágil y pequeña.Y de noche. Acalorados todavía, recordamos aquella noche de verano, un día antes de su partida. Habíais estado quedando durante todo el verano. Por las mañanas ibais a la playa y por la noche a tomar un refresco. A dar un paseo. A daros un beso, en la oscuridad, en el recoveco de un pequeño puerto, del paseo marítimo o algún otro sitio común. Más adelante, otra noche de calor perderíais la virginidad en la playa. El agua resbaladiza por vuestras pieles tonificadas y morenas, el olor a bronceado y los bikinis ajustados habían provocado todas esas cosas. Y te acuerdas mientras te pasas un cubito de hielo por el cuello. Te acuerdas acalorado, en un día en el que ya tienes una responsabilidad. Yo que sé, pagar una hipoteca.
Y otra vez de vuelta a la playa. Hace calor y la pequeña pompa de jabón no para de llorar. Pero tú estás ahí recordándolo todo otra vez.
No sé. La vida tiene estas cosas. Estos pequeños milagros. No sabemos que nos deparará el calor. Cuando podremos sofocarlo. Cuando tendremos la oportunidad de hacer que llueva. De sentir la lluvia otra vez. De refrescarnos y reflexionar con cada gota. Como en Macondo.
Siempre quedará el calor y el sudor. Este delirio universal que hierbe los cuerpos. Que los hace inflamables. Que provoca guerra y vida. Siempre habrá un tiempo necesario para sentirse acalorado.

Yo quiero tener un libro especial



Le dijo que llevaba una cosa dentro que tenía que soltar. Y su amigo le dio un sorbo a la taza de café mientras le miraba extrañado. Lo cierto es que aquella manera de hablar no podía entenderla nadie. Y es que a él le ponía nervioso que le preguntaran el por qué. El motivo autentico por el que había renunciado a su vida. A una vida normal en la que no tuviera que acostarse tarde. Una vida quizá más social, más amena. Porque después de todo la vida tenía que ser divertida. Y no un tostón. El por qué de vivir así por capricho. Porque lo cierto es que vida había nada más que una para hacer algo útil. Y todo aquel esfuerzo que había empleado en su libro, en sus cosas que nadie leía, no lo había visto nadie. Y la gente más cercana se había visto invadida por una extraña intriga. No sabían que hacía con su tiempo de vida. En realidad si lo sabían, lo perdía en cosas que no le importaban a nadie. 
En todo esto pensó después de que respondiera a su amigo. Después del sorbo extraño. Porque lo cierto es que aunque no le entendieran, él tampoco entendía a nadie. Habían pasado tantos años desde que había decidido renunciar a una vida creada, que ya no comprendía muy bien que hacía creando vidas. Y la magia se estaba perdiendo, porque lo cierto es que la búsqueda del sistema exacto que le permitiera sacar aquella cosa que llevaba dentro estaba fallando. Le gustaba explicarlo así porque realmente era algo que llevaba dentro, muy dentro de él.
Y el germen de plasmar aquellas historias en el papel no había nacido de la necesidad de inventarse una historia y contarla simplemente. Había nacido de una imagen que se había creado cuando había leído El conde de Montecristo. Aquella historia que, cuando era pequeño, más o menos le había enseñado cosas sobre el hombre que difícilmente podía entender, y había contribuido a potenciar la cosa. La soledad de Robinson Crusoe, en aquella cama de noche, evitando mirar el reloj para no pensar que dormiría poco y se quedaría dormido en el pupitre. Pobre Robinson, se decía. Y se estremecía mientras el silencio de aquella noche le daba la razón. Después vinieron más aventuras. Experiencias que él nunca viviría. Y paisajes que nunca llegaría a conocer. Y no pensaba de aquella manera en un sentido pesimista. Porque lo que le mostraba un libro no tenía fronteras. Porque realmente no podría visitar nunca sitios como Macondo. Y no sabía como explicarlo. La magia del cine le había embaucado también y los libros eran otra cosa. Los libros le habían enseñado cuando nadie creía en él. Los libros le habían acompañado y le habían presentado amigos. 
Pensaba que existían varías etapas en la vida de un lector. Que no se leía igual a una edad temprana. Que el lector que se iniciaba tarde también pasaría por esas edades. Y también pensaba que aquello que alimentaba algún día tendría que dejarlo escapar. De aquellas aventuras y aquella necesidad surgió la idea de hacer un libro especial. De crear algo especial y único. Y así fue como se sentó a vivir desde dentro. A iniciar un aprendizaje que le llevaría años, quizá décadas. A iniciar también la búsqueda de maestros, alquimistas de las palabras que habían aprendido a domesticar la cosa que llevaban dentro. 
De noche, después de pensar en todo aquello, después de haber pasado la tarde con su amigo y haber evitado las preguntas que le molestaban sobre lo que hacía, se acostó en la cama y miró al techo. Y proyectó las imágenes y escenas de todas aquellas aventuras, diálogos o personajes que le habían transportado. Y se dijo a sí mismo que no era especial y no tenía por qué serlo. Pero él quería crear un libro especial para tenerlo siempre. Para dejárselo a alguien como él. Tenía la esperanza de que habría más gente que disfrutaría en la soledad de la noche, en algún rincón una tarde de domingo, durante un día lluvioso, después de una pérdida, en la playa, en verano, en el campo o con una buena taza de café en la mano. Había recuperado esperanzas. Y en esta montaña rusa de emociones pensó que viviría el resto de su vida. De hecho, ya lo había aceptado de buena gana.

Te vistes como un gilipollas


Había encontrado la manera de renunciar a eso. Su padre se lo había recordado. 
No sabía si le dolía mas el hecho de que ella le dejara allí plantado o que lo hiciera por que él se parecía a su padre. Y así fue como Bruno se dirigió a verlo días después. Se había acostumbrado a visitarlo con la tranquilidad de encontrarse a la India en su casa a la vuelta. Con la tranquilidad de refugiarse en aquella isla que habían creado los dos con restos de recuerdos, que creían bonitos. Con el pasar de los años, se hacían más consistentes el primer viaje de fin de semana,café o almohada compartida. Y bueno, hasta su padre le había recordado a la India. Y eso le parecía, más que triste, patético.
Ella había escapado de otras cosas. Y él quería escapar sin saberlo. Así fue como se estrechó la relación. Y se jugaron cosas que no sabían que podían haberlas conseguido. Nunca una caída le había dolido tanto a Bruno. Por eso estaba desorientado. Y por eso no respondía cuando Armando Cuesta le decía que le veía mal. Porque mal no era aquello. Aquello era peor que mal. No tenía palabras para describir la tragedia de perder su boca. A medida que pasaba el tiempo, le resultaba difícil no pensar en que sería de ella.
Él creía que era como su padre. Con el paso de los años se había acercado a él de una manera que no había sido capaz de evitar el desastre. Ya la India lo había intuido. Había sabido que las pesadillas, y aquellos gestos egoístas, en realidad pertenecían a una niñez que Bruno no había vivido. Y ella también había comprendido que con el paso de los años aquello se solucionaría. Eso fue algo que no pudieron comprobar porque la paciencia de la India no dio para tanto.
Y con cada visita a su padre, con cada gesto, que ahora se hacía más exagerado, él sentía que algo se le clavaba cada vez más en el corazón. Como si hubiera tenido un puñal que no podía sacarse, que además se movía y se clavaba más sin tener la oportunidad de evitarlo. 
Con cada visita se presentaba de nuevo. Con cada nueva visita la misma rutina. Las mismas formalidades. Y él sentado allí, en una butaca de la habitación, en un rincón desde el que tenía una visión ideal de un televisor al que en realidad ignoraba. Aunque tuviera la seguridad de que no tenía otra cosa, ignoraba el mundo que se le mostraba en el televisor. Y a Bruno las visitas se le habrían hecho más llevaderas si aquello hubiera sido simplemente un espectáculo. Algo que él pudiera ignorar y en el que estuvieran en juego sus sentimientos, su vida.
Y a cada minuto sentía el puñal. Porque con cada gesto de su padre sentía que lo tenía ahí, que en cualquier momento se podía mover. Podía proporcionarle un mal rato, algo que le hiciera arrepentirse de una vez. Y con aquella contradicción tenía que vivir continuamente. Algo que le mantenía alerta y sensible a cualquier comentario del enfermo.
Era el enfermo y no su padre el que le hablaba cuando él entraba en la habitación. Era el enfermo, no podía ser su padre, el que no se acordaba de su nombre. Era el enfermo, el que se iba a morir tranquilo, sin ser consciente del daño que le había hecho, de la marca que le había dejado en la piel. Y es que a veces pensaba que eran iguales los dos, con la diferencia de que él tenía que llevar consigo el dolor provocado por las frustraciones de su padre. Era su padre, el enfermo y nadie más, el que había dejado todo por hacer. Y ahí estaba él para solucionarlo. Ahí estaba él para salir adelante, incluso habiéndose jugado una relación. Incluso habiéndose jugado la vida.
Y ahí estaba él dándole los buenos días. Intentando evitar comentarios. Estaría allí porque tenía que estar. Porque tenía que hacerlo. Esperando que le dijera algo que saliera de tono, como siempre. Porque el hijo de puta estaba enfermo, pero la capacidad de hacerle daño la había conservado intacta. 
Así que Bruno se sentó a su lado. Se puso a ver la tele con él. A esperar, a mirar el reloj. El hombre se levantó y le miró, le bautizó con otro nombre, con el de su otro hijo, el que había muerto. Y le dijo que por qué se vestía como un gilipollas. Y Bruno no se marchó. Esperó allí porque sabía que en el fondo el enfermo quería que se fuera. Y lo hizo mirándole a los ojos. Mirando un espejo en el que lamentablemente se veía reflejado.

Cuando se pierden amigos


Con el paso de los años uno se da cuenta de lo que ha dejado atrás. Y es que parece que el tiempo no perdona. Es un martillo que nos atiza con tanta fuerza que nos desorienta hasta que , bueno, llega el momento en el que despertamos y nos damos cuenta de todo lo que hemos perdido. Perdemos oportunidades, recuerdos y cosas que nos llegan hasta lo más profundo de nuestra consciencia. Y perdemos consciencia, sobre todo la que nos caracteriza como seres independientes, individuales y pensantes. Perdemos esa fuerza que nos hace jóvenes. Que nos hace luchar por ideales.
Y así más o menos se dio cuenta Bruno de que había perdido alguna que otra amistad. Por supuesto mantenía la de Armando, que le había acompañado en mil aventuras. Pero se había dejado por el camino unas cuantas que podría haber llegado a sellar con el paso del tiempo. Ese tiempo que no perdona.
Y parecía que Bruno se sentía culpable cada vez que pensaba en Isaac, su amigo el Hippie. Que era un personaje que había conocido durante un concierto. En una época en la que iba a conciertos, se mojaba con botellas de agua la cabeza y tenía la capacidad de saltar sin miedo a la lumbalgia. "Mi amigo hippie", se decía a si mismo. Y en ese momento se estremecía.
Porque su amigo le había enseñado a ser un hippie de los de verdad. Así el primer día que emprendieron un pintoresco curso para aprender a ser hippie, Isaac le explicó que sobre todo tenía que compartir para ser uno delos buenos. Tenía que ser capaz de hacerle una barrera fuerte y sostenible al tener. Tenía que ser ante todo. Y tenía que dar prioridad a la vida y a las personas.
La trenza de su pelo y los pantalones rotos no tenían importancia. Porque un hippie no se podía quedar en la superficialidad.
En el fondo Bruno se veía atraído por todo esto. Y sabía que era un gran aspirante. Quería conocer a gente, vivir experiencias y amar. Sobre todo amar. Porque no había nada más importante que el amor. Y la belleza a la que eran capaces de acceder los hombres que compartían su pasión. A Bruno le parecía que esto le traería tanta libertad, que su corazón no podría dejar pasar ninguna fascinante experiencia más.
El curso duró todo un verano. Y una noche de finales de agosto, Bruno acompañó a su amigo Hippie a una fiesta clandestina que había en una de las calas de Prescidia. Los dos anduvieron por la orilla y llegaron hasta las rocas que determinaban la frontera de aquella playa pequeña.
Y se metieron entre las rocas. La oscuridad no les permitía ver nada más que figuras, adornadas con pequeñas luces que, aunque  parecían luciérnagas, no eran más que la lumbre de los porros.
Allí habían muchos como Isaac. Algunos tocaban timbales y otros simplemente reían.
Isaac le dijo a Bruno que se quería bañar, que si lo acompañaba. Y los dos se quitaron la camiseta y los pantalones y se tiraron en el agua. El mar estaba en calma y nadaron un poco.  Cuando pararon se quedaron  los dos mirándose de frente.
Isaac lloró. Y a Bruno eso le extraño mucho. Cuando se calmó, le dijo a Bruno que no aguantaba más aquella situación. Quería irse a la ciudad a hacer cosas. Y Bruno asintió con la cabeza sin preguntar. Los dos salieron del agua y se secaron. La fiesta transcurrió sin percances. Había mucha risa y mucha charla. Y se lo pasaron muy bien.
Un día antes de su partida a la ciudad, Isaac le dijo a Bruno que le mandaría e-mails. Y le habló de un piso y de lo bien que estaría allí. También le dijo que podría ir a verle cuando quisiera, porque también sería su piso.
Pasaron algunas semanas y Bruno todavía no había ido a ver a Isaac. Pero seguían mandándose e-mails. Isaac le hablaba en ellos de estudiar y de hacer cosas. Y a Bruno aquello le sorprendía. También le comentaba que trabajaba en bares y que había conocido a una tía que estudiaba derecho.
Pasaron los meses y Bruno todavía no había ido a ver a su amigo. Pero Isaac le escribió contándole cosas con un tono más serio. Le mandó también una foto en la que aparecía con la estudiante de derecho. A Bruno le sorprendió la foto porque realmente no reconocía a su amigo. Llevaba camisa y se había cortado la trenza. Y experimentó un extraño sentimiento. Como de lejanía inevitable. Sin duda había perdido a su amigo.
Y después de algunos años y de algunos e-mails sin respuesta, Bruno abandonó toda esperanza. Y solo le quedó el recuerdo de un amigo que fue compañero y protagonista de una época bonita. Y por eso quizá se estremecía cuando hablaba de que había tenido un amigo hippie. Porque una parte de él se había perdido con su amigo. Y una parte de su amigo se había quedado, sin remedio, dentro de su corazón.

Lo que queda


Nos sentamos a escribir una carta. Estábamos en mi piso, en el centro de Prescidia. Y habíamos hablado sobre las cosas que él había vivido con ella y sobre lo mal que le había ido todo desde que lo habían dejado. Su vida había dejado de tener sentido porque el tiempo que había pasado con ella le había dado sentido a su vida.
Se me ocurrió aquella idea porque lo veía tan hecho polvo que no sabía que decirle. Y no tenía ganas de seguir escuchándole, porque con cada palabra que soltaba yo sentía que un puño imaginario me presionaba más el pecho. Porque recordaba todas aquellas cosas que habíamos vivido juntos desde pequeños y como quizá, con esas vivencias, habíamos forjado un pacto, un compromiso que podría llegar a superar las barreras de una amistad sencilla, para alcanzar un verdadero lazo de sangre. Éramos hermanos sin pretenderlo. Y nos sentiamos incluso más unidos que aquellas familias que se encuentran después de años.
Aquella situación que vivía mi amigo Armando Cuesta, no la merecía. Y yo tampoco la merecía. Porque me llamaba a las doce de la noche para preguntarme como se ponía una lavadora, y yo cada noche le decía las prendas que no tenía que mezclar. Y me había llamado también cada uno de los domingos que habían pasado desde que se le acabó el amor con su ex, para tomar café conmigo en aquel bar tan bonito que ponía música de los ochenta. Canciones como "África" de Toto. En aquel sitio en el que, por alguna extraña razón, ponían palomitas junto al café, que estaba decorado con cuadros repletos de las maravillosas fotos de Sofía Loren. 
Me contaba sus cosas durante horas. Yo le escuchaba con atención y asentía con la cabeza. Y el me miraba intrigado, como dudando si movía la cabeza para asentir o para seguir el ritmito de aquella mítica canción de Toto. Mientras esperaba a que se me pasara el sabor amargo del café para comer palomitas o frutos secos. Mientras me arrepentía de haber quedado una vez más con Armando Cuesta para escuchar lo mismo durante horas. Y mientras me sumergía en el dilema de pensar si yo era un puto egoista o un hedonista consentido.
Cada semana el mismo capítulo y la misma situación. Y durante el resto de días las mismas dudas sobre la limpieza.
Pero llegó el día en el que le pregunté si su madre, aquella señora tan encantadora que nos ponía de pequeños los bocadillos de nocilla cuando iba a su casa a intercambiar comics, no le había escuchado un poco. Me extrañó, porque ella lo quería con locura y quería también mucho a su nuera.
“¿A mi madre se lo voy a contar?” me dijo sorprendido “Si mi madre la quería más que yo…”.Y entonces comprendí cuales eran los motivos por los que mantenía tan activa nuestra amistad. Y por qué yo tenía el deber de ayudarle con las precauciones que tenía que tomar con la lejía y las cosas de la limpieza.
Armando Cuesta podría tener muchas cosas buenas. Pero la cruda realidad, lo que realmente yo pensaba cuando le escuchaba desahogarse a la hora del café, es que era un inútil. Y su ex no solo se había encargado de oxidar su independencia a lo largo de los años. Se había preocupado por dejarlo más inutilizado el día que destrozó su corazón. El día que lo dejó dudando allí, frente a la lavadora, con los pantalones en las manos. Con la dignidad por el suelo.
La última vez que me llamó, que supuso un antes y un después en aquella costumbre que habíamos tomado los dos de hablar de ella fue por una camiseta sucia que había encontrado en algún rincón de la casa.
Se le notaba una voz rara, como de borracho. Bien entrada la noche, descolgué el teléfono y noté la respiración de Armando Cuesta al otro lado. Incluso me pareció escuchar su corazón, el fuerte latir de un corazón que parecía recuperar la vida. Y no entendía nada de lo que decía. Algunas frases las repetía intermitentemente, al mismo tiempo que comenzaba un lento llanto. Eran frases como “toro pollella” o “pollella” . Y yo le decía que estuviera tranquilo que iría para su casa. Hasta que se paró y me preguntó que que pensaba que tendría que hacer con la camiseta.
No se me ocurrió otra cosa que decirle: “Limpia el polvo con ella”.
Y supongo que Armando Cuesta me hizo caso aquel día. Porque inmediatamente me colgó el teléfono y aquella noche supuso un punto de inflexión en nuestra relación. Lo noté tocado durante los meses posteriores, pero menos ausente y más comprometido con él mismo y su aseo personal. Supongo que tomó la decisión de comenzar de nuevo, hacer el camino andando sin mirar hacía atrás, de darse cuenta de que la vida seguía, de la manera más cruel posible, pero seguía después de todo. Después de la nada.
Y yo tenía que aprender de aquello.

La cama y la razón


La cama había sido para ellos un santuario. El lugar en el que habían ocurrido historias imposibles de olvidar. A Bruno ese pensamiento le derretía por dentro y la primera noche que intentó dormir solo no paraba de repasar las últimas conversaciones que había tenido con ella antes de dormir. Parecía que la india se había olvidado de aquello y en cierto modo le consolaba ese despiste. Sin duda la cama era una de las cosas que más apreciaba de las que había compartido con la India. 
Pero aquella noche no podía dormir. Sentía que la cama le engullía. Su pulso estaba demasiado acelerado y cada uno de los recuerdos que había compartido con ella allí mismo le habían invadido de una manera extenuante. Y estaba cansado de estar cansado. Estaba cansado de tener que esperar a repasar cada una de las cosas que sentía que había hecho mal. 
Se levantó y deambuló por la casa. Estaba en el ecuador de una larga noche. Y no pudo evitar pensar en una solución rápida. Algo que le hiciera cambiar de paisaje pero sin tener que marcharse a otro sitio. Se le ocurrió que podía cambiar la cama. Tenía un colchón individual guardado desde hacía años. Y así fue como se dirigió hacía el trastero. 
Allí estaba aquel colchón que nunca querían tirar, que siempre utilizaban como auxiliar. El que estaba cuando llegaron. Que habían descartado, tal y como le habían descartado a él. Sin saberlo, cuando cogió el colchón del trastero, había recuperado una parte de su vida reemplazándola al mismo tiempo por otra. De eso se trataba la vida, la vida era reemplazar cosas. Remplazarse a uno mismo de vez en cuando. 
Sacó el colchón grande y lo colocó en el pasillo de la casa que daba a las habitaciones. Puso sobre el somier el individual y lo miró durante un rato. Sobraba un montón de madera por los lados. El somier era demasiado grande para el colchón descartado. Y pensó que quizá aquello representaba la relación entre él y la India. Se rindió y se tumbó en la cama. No pudo evitar pensamientos un poco menos ansiosos que si que le venían bien en ese momento. Pero lo más duro sería dormirse sin abrazar a nadie. Sin darle calor a ella. Sin sentir que permanecían juntos, muy pegaditos en las frías y oscuras noches de invierno. Acudiendo el uno hacía el otro. Para hacer el amor a veces. Para intercambiar suspiros y aquella pacífica sensación de haberlo hecho todo en el día. 
No podía engañarse a si mismo de aquella manera. El colchón no era el problema. El problema era dormirse pensando que quizá ella si tendría a alguien al que abrazar. No pudo evitar derramar una lagrima. Y esta vez sí se le cayeron los párpados. No sin antes pensar por unos segundos que había perdido algo más que la cama; quizá la razón.

El día que Dayma se marchó


Yo ya había acordado con la india que en el caso de que nos pasara algo a alguno de los dos, siempre estaría el otro para cuidar de Dayma. El problema era que no había contemplado la posibilidad de que la India me dejara. Pero tampoco insinué nunca quedarme con la gata en ese caso, claro. Por eso el día que La india metió en el transportin a Dayma, no puse impedimentos. Calenté agua, la vertí en mi taza con dibujos de pandas y sumergí en ella una bolsita de Té.
Lo peor vino después. Porque mientras miraba como metía a Dayma en el transportin no quise sentir nada. Y creo que no había asimilado todo en ese momento porque el gancho a lo Tyson llegó cuando recapacité sobre lo ocurrido y sobre la cara de nuestra gata. Le había dado una barrita para gatos, una chuchería de las que adoraba, y ni se había inmutado.
Supongo que después, en el coche, habría llorado como cuando se coló en la casa del vecino. Habría gemido como cuando parió aquellos preciosos gatos que estuvimos alimentando noche y día para que salieran adelante porque Dayma no pudo.
Cuando La india se llevó a Dayma dejó en mi un vacío difícil de llenar. 
Porque en realidad la gata nos había unido más en algunos momentos. Porque cada vez que miraba a Dayma podía observar como su aura tenía la esencia de La india. Porque aquella vez que me dijo "Este es el mejor regalo que me has hecho nunca" mientras abrazaba a la gata, su gesto y su sonrisa me proporcionaron uno de los recuerdos más bonitos de mi vida.
Por eso tampoco pude nunca decirle que no se la llevara. Había sido el mejor regalo para ella. Para los dos. Y no podía culparla por no quererme. Por dejarme allí sentado con mi té, mi taza de pandas y aquella extraña sensación parecida a la de querer morirse. Eso sí, morirse de amor.
La noche que Dayma entró en nuestras vidas yo había salido a fumarme un cigarro a la terraza del apartamento. Dentro estaban todos celebrando el cumpleaños de la India; bebían licor de Ronmiel y se inventaban reglas de juegos de mesa. Yo siempre le decía a la India que aquello era una tontería porque nunca recordábamos las reglas pasado un tiempo. Y ella se cabreaba y me decía que sacaba lo peor de ella con aquellos comentarios. 
Pero aquel principio e pelea fue interrumpido por Dayma. Que tenía la libertad de entrar en la casa de cualquiera. Hasta esa noche en la que se coló a través de la fachada del vecino En mi terraza y nada más verme me hizo la croqueta mientras yo le daba una última calada al cigarro. Tal y como me había dicho poco tiempo después nuestra bella veterinaria de origen guineano llamada Niara: "El gato te ha elegido a ti". Y yo a cambio aquella noche le di una lata de atún. Nuestra amistad se cerró mientras ella se relamía y me miraba fijamente. Había sido el comienzo de una larga amistad.
Cuando escuché el portazo del coche dejé de pensar en todo aquello y lloré. Porque encima de que lo estaba pasando mal con la separación de la India, en ese momento tenía que empezar a asimilar que ya no podría acariciar a Dayma por las mañanas, ni me acompañaría por toda la casa cuando estuviéramos solos o me despertaría por la mañana dándome toques con la patita para que le diera de comer. Aquel pequeño espacio de mi corazón en el que había depositado todo el amor que me había dado el animal se estaba llenando de mierda. 
Que extraño y difícil resulta desprenderse de la compañía de un animal al que has querido tanto. Y cuanto dolor se siente al intentar asimilar que él quizá sea feliz pese a todo. Porque para ellos no es lo mismo, porque ellos saben que la vida es más sencilla de lo que parece. No se complican con tonterías ni acumulan frivolidades. Y eso era lo que me había enseñado Dayma sobre los animales y por eso la admiraba tanto.

Yo bailé con tu madre

El problema de no medir las palabras es que tampoco puedes imaginar el efecto que tendrán. Esto que parece que es una tontería suele pasar mucho, muy a menudo.
Y puede pasar que hace tiempo que no ves a gente con la que años atrás habías vivido cosas, y con vivir me refiero a compartir experiencias o futuros recuerdos. No sé, al final esa gente se queda en tu piel. Y aunque quieras no se van nunca. Un día estás en la puerta del trabajo fumando un cigarro, mirando todas esas mierdas que tenemos en el móvil y te viene a la mente esa persona, o aquella otra que te hizo alguna putada.
O aquella mujer con la que no mediste las palabras, con la que bailaste una vez, a la que quisiste comprar con un halago. Recuerdas su perfume, su sonrisa, su cara cuando quisiste chantajearla de una manera tan canalla, tan miserable. Y con el paso del tiempo aprendes a tratar a la gente porque te arrepientes de esos recuerdos. Me gustaría decir que te vuelves maduro, pero no puedo. Porque en realidad creo que te vuelves viejo y te acomodas. 
Y aquel día en el que celebramos el cumpleaños de Armando Cuesta había allí mucha gente que se había quedado años atrás en mi memoria. Pero eran como fantasmas, porque no conseguí meterme en sus pieles o interesarme por nada de lo que me contaban. 
Salí de la casa en la que estábamos celebrando la fiesta con un botellín de cerveza en la mano. Había un montón de niños jugando con bicicletas y pelotas. Todos corrían de un lado a otro. Todos esos niños eran de los fantasmas. Pero ellos parecían vivos, porque reían y corrían como pequeños enanos, y sobre todo porque todavía no tenían una hipoteca. Me sorprendió ver tanta vida. La luz del día iluminaba sus caras y a mi me llamó la atención eso también. 
Encendí un cigarro. Se acercó un niño rubio con los ojos claros. Era el hijo de una de las invitadas. Yo no recordaba su nombre pero si sabía de que la conocía. Había bailado con ella en una ocasión, hacía un montón de años. Me produjo una extraña sensación el mirarla de otra manera. Vaya, si que había bailado con ella con oscuras intenciones. Y ahora tenía un marido y un niño rubio. Recordé que había querido hacerle el amor el día que bailamos. Y me di cuenta de que yo ya no pegaba allí. Que no formaba parte del paisaje. 
El niño me miró y le dije: “Yo bailé una vez con tu madre”. Y tiré el cigarro recién encendido al suelo, dejé el botellín de cerveza junto a una farola que había encima de la acera y me marché. 
Me sentí como si le hubiera dicho a la cara que en realidad podría haber sido mi hijo. 
Levanté el cuello de mi cazadora y anduve encorvado durante un rato. Me molestaban las envestidas de una insoportable corriente de viento. Y pensé que no había hecho gran cosa con mi vida porque a veces creo que estamos aquí para buscar una mujer y tener hijos. Aquel niño podría haber sido mío y yo no habría sido un gran padre. 
En cierto modo yo no era gran cosa. En cierto modo, el niño había tenido suerte.

Tu poesía es muy mala pero eres un buen amigo


La noche que conocí a Leo estaba en un chiringuito tomando unas cervezas. No descubrí que se llamaba Leocadia hasta unos días después. Nos habíamos sentado en aquel mismo chiringuito a tomar café y después cerveza y pipas. Las pipas las comprábamos allí mismo y tirábamos las cascaras en una pequeña bolsa que nos traía el camarero. Una de las veces que quedamos, Leocadia apoyó los pies en la silla que tenía enfrente. Me di cuenta de que tenía las uñas de los pies moradas y le di un sorbo a mi cerveza. Y así hice con cada detalle que ella me dejaba descubrir. Entre detalle y detalle la cerveza se acabó y mi monedero quedó vacío. El primer día que hicimos eso le confesé medio borracho que necesitaba quedar más con ella. Y ella me dijo que solo quería ser mi amiga porque no sabía muy bien si sentía algo por mi.
Aquello se repitió y nos hicimos amigos, al menos eso me aseguró ella. Leo tenía las ideas muy claras y yo no tanto. Ella quería estudiar trabajo social y yo no quería hacer nada. Cuando se enteró de que yo escribía poesía no paró de molestarme hasta que le dejé leer uno de los poemitas que había escrito en mi viejo cuaderno de cuadritos. Le dije que viniera a mi casa cuando no estuvieran mis padres, porque no me gustaba que mis padres conocieran a mis amigos. 
Cuando abrí la puerta me encontré a Leo esperando con los brazos cruzados. Llevaba puesto un vestido de verano con flores estampadas y unas gafas de sol grandes. Me sonreía como si me estuviera gastando una broma. Yo le pregunté que le pasaba y ella me dijo que conocía a mi tío. Después me confirmó que mi tío era el ex de su tía, la protagonista de aquella historia que me había contado sobre un cabrón que había dejado a una pobre mujer sola en el mundo con un niño al que no quería ver. Y que su primo, del que me había hablado tantas veces,era mi primo también. Y así fue como pasamos de ser amigos a ser familia. Teníamos en común a un primo que ella admiraba mucho y del que yo no sabía nada desde que era pequeño.
Pasó la tarde cotilleando mis cosas y a mi me daba igual. Ya había leído dos poemas míos y no me importaba nada. También había sacado unos cuantos cds de una caja y los había estado probando uno por uno hasta dar con el que le gustaba más. Y yo la miraba mientras me fumaba un cigarro, mientras ella leía mi cuaderno y meneaba la cabeza al ritmo de la música. Cuando me quedé sin tabaco le ofrecí comernos un helado de los de palo.
Los cd y los poemas estaban repartidos por la cama y nos sentamos en el suelo de mi habitación a comernos el helado. Ella tenía las gafas sujetándole el pelo y lamía cada gota que se le resbalaba por la mano. Un trozo de helado calló en mi muslo. Ella agachó la cabeza y lamió el trozo de helado que había caído en mi muslo. Y yo sentí la necesidad de besarla pero tragué saliva y miré hacia delante. Ella me miró, sonrió y me dijo: “Tu poesía es muy mala pero eres un buen amigo”.
Cuatro meses después me fui de fin de semana a Monachil para ver a un amigo que tenía plaza de maestro allí. Nos aburríríamos pero pretendíamos beber lo suficiente como para hacer mi estancia amena. La primera noche me despertó una llamada de Leocadia. Me dijo que nuestro primo se había suicidado. No se le entendía muy bien porque no paraba de llorar. Le dije a mi amigo que me iría a ver a Leocadia para estar con ella porque lo necesitaba. El me apoyó y después de darme una ducha fría y dos cafés, conduje de vuelta a casa. Inmediatamente después de llegar busqué a Leo, me había mandado un sms en el que decía que quería dar una vuelta conmigo para despejarse. Cuando la vi le dije que dar una vuelta era lo mejor y que me sentía culpable por no ser capaz de llorar la muerte de mi primo. Ella me dijo que eso era normal porque no lo había visto nunca y se echó a llorar. 
Paramos en la playa y vimos el amanecer. Ella siguió llorando y yo le presté un pañuelo. Recordé lo del helado y la noche que la conocí. Y ella me dijo que le contara algo, que le recitara una de aquellas poesías tan malas.
Los dos nos abrazamos y yo le recité lo que recordé hasta que empezó el nuevo día

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