El día que Dayma se marchó


Yo ya había acordado con la india que en el caso de que nos pasara algo a alguno de los dos, siempre estaría el otro para cuidar de Dayma. El problema era que no había contemplado la posibilidad de que la India me dejara. Pero tampoco insinué nunca quedarme con la gata en ese caso, claro. Por eso el día que La india metió en el transportin a Dayma, no puse impedimentos. Calenté agua, la vertí en mi taza con dibujos de pandas y sumergí en ella una bolsita de Té.
Lo peor vino después. Porque mientras miraba como metía a Dayma en el transportin no quise sentir nada. Y creo que no había asimilado todo en ese momento porque el gancho a lo Tyson llegó cuando recapacité sobre lo ocurrido y sobre la cara de nuestra gata. Le había dado una barrita para gatos, una chuchería de las que adoraba, y ni se había inmutado.

Yo bailé con tu madre




El problema de no medir las palabras es que tampoco puedes imaginar el efecto que tendrán. Esto que parece que es una tontería suele pasar mucho, muy a menudo. 
Y puede pasar que hace tiempo que no ves a gente con la que años atrás habías vivido cosas, y con vivir me refiero a compartir experiencias o futuros recuerdos. No sé, al final esa gente se queda en tu piel. Y aunque quieras no se van nunca. Un día estás en la puerta del trabajo fumando un cigarro, mirando todas esas mierdas que tenemos en el móvil y te viene a la mente esa persona, o aquella otra que te hizo alguna putada.