Lo que queda


Nos sentamos a escribir una carta. Estábamos en mi piso, en el centro de Prescidia. Y habíamos hablado sobre las cosas que él había vivido con ella y sobre lo mal que le había ido todo desde que lo habían dejado. Su vida había dejado de tener sentido porque el tiempo que había pasado con ella le había dado sentido a su vida.
Se me ocurrió aquella idea porque lo veía tan hecho polvo que no sabía que decirle. Y no tenía ganas de seguir escuchándole, porque con cada palabra que soltaba yo sentía que un puño imaginario me presionaba más el pecho. Porque recordaba todas aquellas cosas que habíamos vivido juntos desde pequeños y como quizá, con esas vivencias, habíamos forjado un pacto, un compromiso que podría llegar a superar las barreras de una amistad sencilla, para alcanzar un verdadero lazo de sangre. Éramos hermanos sin pretenderlo. Y nos sentiamos incluso más unidos que aquellas familias que se encuentran después de años.
Aquella situación que vivía mi amigo Armando Cuesta, no la merecía. Y yo tampoco la merecía. Porque me llamaba a las doce de la noche para preguntarme como se ponía una lavadora, y yo cada noche le decía las prendas que no tenía que mezclar. Y me había llamado también cada uno de los domingos que habían pasado desde que se le acabó el amor con su ex, para tomar café conmigo en aquel bar tan bonito que ponía música de los ochenta. Canciones como "África" de Toto. En aquel sitio en el que, por alguna extraña razón, ponían palomitas junto al café, que estaba decorado con cuadros repletos de las maravillosas fotos de Sofía Loren. 
Me contaba sus cosas durante horas. Yo le escuchaba con atención y asentía con la cabeza. Y el me miraba intrigado, como dudando si movía la cabeza para asentir o para seguir el ritmito de aquella mítica canción de Toto. Mientras esperaba a que se me pasara el sabor amargo del café para comer palomitas o frutos secos. Mientras me arrepentía de haber quedado una vez más con Armando Cuesta para escuchar lo mismo durante horas. Y mientras me sumergía en el dilema de pensar si yo era un puto egoista o un hedonista consentido.
Cada semana el mismo capítulo y la misma situación. Y durante el resto de días las mismas dudas sobre la limpieza.
Pero llegó el día en el que le pregunté si su madre, aquella señora tan encantadora que nos ponía de pequeños los bocadillos de nocilla cuando iba a su casa a intercambiar comics, no le había escuchado un poco. Me extrañó, porque ella lo quería con locura y quería también mucho a su nuera.
“¿A mi madre se lo voy a contar?” me dijo sorprendido “Si mi madre la quería más que yo…”.Y entonces comprendí cuales eran los motivos por los que mantenía tan activa nuestra amistad. Y por qué yo tenía el deber de ayudarle con las precauciones que tenía que tomar con la lejía y las cosas de la limpieza.
Armando Cuesta podría tener muchas cosas buenas. Pero la cruda realidad, lo que realmente yo pensaba cuando le escuchaba desahogarse a la hora del café, es que era un inútil. Y su ex no solo se había encargado de oxidar su independencia a lo largo de los años. Se había preocupado por dejarlo más inutilizado el día que destrozó su corazón. El día que lo dejó dudando allí, frente a la lavadora, con los pantalones en las manos. Con la dignidad por el suelo.
La última vez que me llamó, que supuso un antes y un después en aquella costumbre que habíamos tomado los dos de hablar de ella fue por una camiseta sucia que había encontrado en algún rincón de la casa.
Se le notaba una voz rara, como de borracho. Bien entrada la noche, descolgué el teléfono y noté la respiración de Armando Cuesta al otro lado. Incluso me pareció escuchar su corazón, el fuerte latir de un corazón que parecía recuperar la vida. Y no entendía nada de lo que decía. Algunas frases las repetía intermitentemente, al mismo tiempo que comenzaba un lento llanto. Eran frases como “toro pollella” o “pollella” . Y yo le decía que estuviera tranquilo que iría para su casa. Hasta que se paró y me preguntó que que pensaba que tendría que hacer con la camiseta.
No se me ocurrió otra cosa que decirle: “Limpia el polvo con ella”.
Y supongo que Armando Cuesta me hizo caso aquel día. Porque inmediatamente me colgó el teléfono y aquella noche supuso un punto de inflexión en nuestra relación. Lo noté tocado durante los meses posteriores, pero menos ausente y más comprometido con él mismo y su aseo personal. Supongo que tomó la decisión de comenzar de nuevo, hacer el camino andando sin mirar hacía atrás, de darse cuenta de que la vida seguía, de la manera más cruel posible, pero seguía después de todo. Después de la nada.
Y yo tenía que aprender de aquello.

La cama y la razón


La cama había sido para ellos un santuario. El lugar en el que habían ocurrido historias imposibles de olvidar. A Bruno ese pensamiento le derretía por dentro y la primera noche que intentó dormir solo no paraba de repasar las últimas conversaciones que había tenido con ella antes de dormir. Parecía que la india se había olvidado de aquello y en cierto modo le consolaba ese despiste. Sin duda la cama era una de las cosas que más apreciaba de las que había compartido con la India. 
Pero aquella noche no podía dormir. Sentía que la cama le engullía. Su pulso estaba demasiado acelerado y cada uno de los recuerdos que había compartido con ella allí mismo le habían invadido de una manera extenuante. Y estaba cansado de estar cansado. Estaba cansado de tener que esperar a repasar cada una de las cosas que sentía que había hecho mal. 
Se levantó y deambuló por la casa. Estaba en el ecuador de una larga noche. Y no pudo evitar pensar en una solución rápida. Algo que le hiciera cambiar de paisaje pero sin tener que marcharse a otro sitio. Se le ocurrió que podía cambiar la cama. Tenía un colchón individual guardado desde hacía años. Y así fue como se dirigió hacía el trastero. 
Allí estaba aquel colchón que nunca querían tirar, que siempre utilizaban como auxiliar. El que estaba cuando llegaron. Que habían descartado, tal y como le habían descartado a él. Sin saberlo, cuando cogió el colchón del trastero, había recuperado una parte de su vida reemplazándola al mismo tiempo por otra. De eso se trataba la vida, la vida era reemplazar cosas. Remplazarse a uno mismo de vez en cuando. 
Sacó el colchón grande y lo colocó en el pasillo de la casa que daba a las habitaciones. Puso sobre el somier el individual y lo miró durante un rato. Sobraba un montón de madera por los lados. El somier era demasiado grande para el colchón descartado. Y pensó que quizá aquello representaba la relación entre él y la India. Se rindió y se tumbó en la cama. No pudo evitar pensamientos un poco menos ansiosos que si que le venían bien en ese momento. Pero lo más duro sería dormirse sin abrazar a nadie. Sin darle calor a ella. Sin sentir que permanecían juntos, muy pegaditos en las frías y oscuras noches de invierno. Acudiendo el uno hacía el otro. Para hacer el amor a veces. Para intercambiar suspiros y aquella pacífica sensación de haberlo hecho todo en el día. 
No podía engañarse a si mismo de aquella manera. El colchón no era el problema. El problema era dormirse pensando que quizá ella si tendría a alguien al que abrazar. No pudo evitar derramar una lagrima. Y esta vez sí se le cayeron los párpados. No sin antes pensar por unos segundos que había perdido algo más que la cama; quizá la razón.