Yo quiero tener un libro especial



Le dijo que llevaba una cosa dentro que tenía que soltar. Y su amigo le dio un sorbo a la taza de café mientras le miraba extrañado. Lo cierto es que aquella manera de hablar no podía entenderla nadie. Y es que a él le ponía nervioso que le preguntaran el por qué. El motivo autentico por el que había renunciado a su vida. A una vida normal en la que no tuviera que acostarse tarde. Una vida quizá más social, más amena. Porque después de todo la vida tenía que ser divertida. Y no un tostón. El por qué de vivir así por capricho. Porque lo cierto es que vida había nada más que una para hacer algo útil. Y todo aquel esfuerzo que había empleado en su libro, en sus cosas que nadie leía, no lo había visto nadie. Y la gente más cercana se había visto invadida por una extraña intriga. No sabían que hacía con su tiempo de vida. En realidad si lo sabían, lo perdía en cosas que no le importaban a nadie. 

Te vistes como un gilipollas


Había encontrado la manera de renunciar a eso. Su padre se lo había recordado. 
No sabía si le dolía mas el hecho de que ella le dejara allí plantado o que lo hiciera por que él se parecía a su padre. Y así fue como Bruno se dirigió a verlo días después. Se había acostumbrado a visitarlo con la tranquilidad de encontrarse a la India en su casa a la vuelta. Con la tranquilidad de refugiarse en aquella isla que habían creado los dos con restos de recuerdos, que creían bonitos. Con el pasar de los años, se hacían más consistentes el primer viaje de fin de semana,café o almohada compartida. Y bueno, hasta su padre le había recordado a la India. Y eso le parecía, más que triste, patético.
Ella había escapado de otras cosas. Y él quería escapar sin saberlo. Así fue como se estrechó la relación. Y se jugaron cosas que no sabían que podían haberlas conseguido. Nunca una caída le había dolido tanto a Bruno. Por eso estaba desorientado. Y por eso no respondía cuando Armando Cuesta le decía que le veía mal. Porque mal no era aquello. Aquello era peor que mal. No tenía palabras para describir la tragedia de perder su boca. A medida que pasaba el tiempo, le resultaba difícil no pensar en que sería de ella.

Cuando se pierden amigos


Con el paso de los años uno se da cuenta de lo que ha dejado atrás. Y es que parece que el tiempo no perdona. Es un martillo que nos atiza con tanta fuerza que nos desorienta hasta que , bueno, llega el momento en el que despertamos y nos damos cuenta de todo lo que hemos perdido. Perdemos oportunidades, recuerdos y cosas que nos llegan hasta lo más profundo de nuestra consciencia. Y perdemos consciencia, sobre todo la que nos caracteriza como seres independientes, individuales y pensantes. Perdemos esa fuerza que nos hace jóvenes. Que nos hace luchar por ideales.
Y así más o menos se dio cuenta Bruno de que había perdido alguna que otra amistad. Por supuesto mantenía la de Armando, que le había acompañado en mil aventuras. Pero se había dejado por el camino unas cuantas que podría haber llegado a sellar con el paso del tiempo. Ese tiempo que no perdona.