Te vistes como un gilipollas


Había encontrado la manera de renunciar a eso. Su padre se lo había recordado. 
No sabía si le dolía mas el hecho de que ella le dejara allí plantado o que lo hiciera por que él se parecía a su padre. Y así fue como Bruno se dirigió a verlo días después. Se había acostumbrado a visitarlo con la tranquilidad de encontrarse a la India en su casa a la vuelta. Con la tranquilidad de refugiarse en aquella isla que habían creado los dos con restos de recuerdos, que creían bonitos. Con el pasar de los años, se hacían más consistentes el primer viaje de fin de semana,café o almohada compartida. Y bueno, hasta su padre le había recordado a la India. Y eso le parecía, más que triste, patético.
Ella había escapado de otras cosas. Y él quería escapar sin saberlo. Así fue como se estrechó la relación. Y se jugaron cosas que no sabían que podían haberlas conseguido. Nunca una caída le había dolido tanto a Bruno. Por eso estaba desorientado. Y por eso no respondía cuando Armando Cuesta le decía que le veía mal. Porque mal no era aquello. Aquello era peor que mal. No tenía palabras para describir la tragedia de perder su boca. A medida que pasaba el tiempo, le resultaba difícil no pensar en que sería de ella.
Él creía que era como su padre. Con el paso de los años se había acercado a él de una manera que no había sido capaz de evitar el desastre. Ya la India lo había intuido. Había sabido que las pesadillas, y aquellos gestos egoístas, en realidad pertenecían a una niñez que Bruno no había vivido. Y ella también había comprendido que con el paso de los años aquello se solucionaría. Eso fue algo que no pudieron comprobar porque la paciencia de la India no dio para tanto.
Y con cada visita a su padre, con cada gesto, que ahora se hacía más exagerado, él sentía que algo se le clavaba cada vez más en el corazón. Como si hubiera tenido un puñal que no podía sacarse, que además se movía y se clavaba más sin tener la oportunidad de evitarlo. 
Con cada visita se presentaba de nuevo. Con cada nueva visita la misma rutina. Las mismas formalidades. Y él sentado allí, en una butaca de la habitación, en un rincón desde el que tenía una visión ideal de un televisor al que en realidad ignoraba. Aunque tuviera la seguridad de que no tenía otra cosa, ignoraba el mundo que se le mostraba en el televisor. Y a Bruno las visitas se le habrían hecho más llevaderas si aquello hubiera sido simplemente un espectáculo. Algo que él pudiera ignorar y en el que estuvieran en juego sus sentimientos, su vida.
Y a cada minuto sentía el puñal. Porque con cada gesto de su padre sentía que lo tenía ahí, que en cualquier momento se podía mover. Podía proporcionarle un mal rato, algo que le hiciera arrepentirse de una vez. Y con aquella contradicción tenía que vivir continuamente. Algo que le mantenía alerta y sensible a cualquier comentario del enfermo.
Era el enfermo y no su padre el que le hablaba cuando él entraba en la habitación. Era el enfermo, no podía ser su padre, el que no se acordaba de su nombre. Era el enfermo, el que se iba a morir tranquilo, sin ser consciente del daño que le había hecho, de la marca que le había dejado en la piel. Y es que a veces pensaba que eran iguales los dos, con la diferencia de que él tenía que llevar consigo el dolor provocado por las frustraciones de su padre. Era su padre, el enfermo y nadie más, el que había dejado todo por hacer. Y ahí estaba él para solucionarlo. Ahí estaba él para salir adelante, incluso habiéndose jugado una relación. Incluso habiéndose jugado la vida.
Y ahí estaba él dándole los buenos días. Intentando evitar comentarios. Estaría allí porque tenía que estar. Porque tenía que hacerlo. Esperando que le dijera algo que saliera de tono, como siempre. Porque el hijo de puta estaba enfermo, pero la capacidad de hacerle daño la había conservado intacta. 
Así que Bruno se sentó a su lado. Se puso a ver la tele con él. A esperar, a mirar el reloj. El hombre se levantó y le miró, le bautizó con otro nombre, con el de su otro hijo, el que había muerto. Y le dijo que por qué se vestía como un gilipollas. Y Bruno no se marchó. Esperó allí porque sabía que en el fondo el enfermo quería que se fuera. Y lo hizo mirándole a los ojos. Mirando un espejo en el que lamentablemente se veía reflejado.

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5 comentarios:

  1. "Mirando un espejo en el que lamentablemente se veia reflejado".., Me encanta!!! No se si tus relatos provienen de tu mente o te basas en una realidad vivida por ti o por cercanos tuyos, pero al final, aunque me intriga pierde importancia ante el mágico poder que tienen tus letras de transportar, penetrar y por un instante vivirlas. Gracias por compartirlas!

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    1. Muchas gracias. La verdad es que ahora no tengo palabras para agradecerte este comentario. Para tu tranquilidad te diré que todo lo que escribo es inventado. Cierto es que retengo mucho de todo lo que veo en las vidas de otros, amigos, familiares, experiencias propias, etc.. Un abrazo muy fuerte y feliz fin de semana!

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  2. Dramático,existencial,el fracaso personal(el perdedor), la culpa como reflejo del odio,Los Griegos,Edipo,los convencionalismos ,las etiquetas etc etc...Me gusto tu relato Daniel. Y, por cierto, reflejarse en la Mar es siempre mas saludable que hacerlo en un vulgar espejo.Saludos

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    1. Muchas gracias por este nutritivo comentario. Llevo muchas referencias dentro de mí y algunas salen. Saludos!

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  3. Un buen relato que nos muestra los sentimientos de una mente vulgar, inútil y perdida.

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