Acalorados todos

Cualquier gesto en una persona. La sonrisa de un amigo, una palabra, un día de frío, un día de calor. A veces todas esas cosas nos hacen sentir. Y nos sumergen en un ciclo que nos hace ganar las ganas de vivir. Recordar que no somos nada por lo que seremos. Que también nos identifica un recuerdo. No sé, el calor asfixiante. Las ganas de frío.
Y muchas veces me acuerdo de todos los días acalorados de mi vida. Todas esas noches sin dormir que siempre han coincidido con el final de un curso. Casi siempre todo relacionado con buenas noticias. Otras veces metido en un hospital; las cosas de la vida.
Y siempre intentamos acordarnos de lo bueno. Como si eso fuera a volver. Como si necesitáramos que volviera. Siempre que nos acaloramos y nos acordamos, revivimos aquellos momentos en los que nos refrescamos. Del mismo modo que siempre que estamos tristes nos acordamos de aquella vez que estuvimos tristes.
Recordamos el cubo de agua fría. Los castillos de arena en la orilla de la playa. Vivimos imágenes de esos castillos destruidos y nosotros sofocando la derrota con un primer hilillo de agua fría mientras metemos los pies en el agua, mientas observamos cómo se hunden imitando unas arenas movedizas. Nos sentimos acalorados y recordamos como nos pusimos bajo la salida de aquel aire acondicionado, el día que nos tocó acompañar a alguien a hacer una compra necesaria en un centro comercial. Por supuesto aquel día hacía calor. Más de treinta grados seguro.
Te acuerdas de aquella pequeña pompa de jabón. Acalorado recuerdas un verano que esperaste. Y ella que sufría y tú con ella. Y recuerdas que en esos días de calor algo cambió tu vida. Nació una esperanza en un mundo sofocante. Un infierno que no estaba al final bajo la tierra. Cuando creías que no había encima de la tierra nada. Y aprendiste a convivir con un miedo que sentirías el resto de tu vida. De su vida. Y acogiste a la criatura entre tus brazos. Era frágil y pequeña.Y de noche. Acalorados todavía, recordamos aquella noche de verano, un día antes de su partida. Habíais estado quedando durante todo el verano. Por las mañanas ibais a la playa y por la noche a tomar un refresco. A dar un paseo. A daros un beso, en la oscuridad, en el recoveco de un pequeño puerto, del paseo marítimo o algún otro sitio común. Más adelante, otra noche de calor perderíais la virginidad en la playa. El agua resbaladiza por vuestras pieles tonificadas y morenas, el olor a bronceado y los bikinis ajustados habían provocado todas esas cosas. Y te acuerdas mientras te pasas un cubito de hielo por el cuello. Te acuerdas acalorado, en un día en el que ya tienes una responsabilidad. Yo que sé, pagar una hipoteca.
Y otra vez de vuelta a la playa. Hace calor y la pequeña pompa de jabón no para de llorar. Pero tú estás ahí recordándolo todo otra vez.
No sé. La vida tiene estas cosas. Estos pequeños milagros. No sabemos que nos deparará el calor. Cuando podremos sofocarlo. Cuando tendremos la oportunidad de hacer que llueva. De sentir la lluvia otra vez. De refrescarnos y reflexionar con cada gota. Como en Macondo.
Siempre quedará el calor y el sudor. Este delirio universal que hierbe los cuerpos. Que los hace inflamables. Que provoca guerra y vida. Siempre habrá un tiempo necesario para sentirse acalorado.