Esperar


No nos gusta esperar. Y yo creo que no nos gusta porque nos suelen pasar las peores cosas mientras esperamos. A muchos nos ha tocado una cola en el peor momento. Una larga cola que parece infinita, que se nos hace eterna cuando intentamos divisar el final. Una espera larga y aburrida. Con el paso de los años he aprendido a disfrutar de la espera. A no recordar momentos en los que mi estado anímico ha dependido de una respuesta, mientras la esperaba. Reconozco que es complicado. Que bien estaría vivir mientras esperamos tranquilos, sin preocuparnos por esa insoportable necesidad de buscar un sentido a nuestras vidas. Estaría bien no darle importancia a la espera. Disfrutar de la gente sin pensar que todos aquellos que se encuentran en una cola han conspirado para que se te enfríe la comida. Creo que por eso la gente que compra el pan tiene tan mala ostia siempre. Aunque eso no es lo peor. La espera en el pasillo de un hospital si que sienta como un golpe bajo. Pero eso es una historia que tendrá que contarse en otro momento. Ahora pienso en una espera más aburrida y menos dramática. Una espera que se hace un mundo. Ahora me gustan esas esperas. Me gusta observar a la gente que espera como yo. ¿Estarán sumergidos en la lista de la compra?¿Se les hará un mundo llegar a fin de mes? ¿Estarán enamorados? Y de nuevo el amor. No tengo remedio. Ahora si recuerdo la espera de una llamada, o la respuesta a una carta. Lo recuerdo sintiendo una dulce melancolía. Como si fuera un sueño que no es ni bueno ni malo, pero sí dulce. Y me vienen imágenes a la recompensa de muchas de esas esperas; un abrazo, un beso en la mejilla. En fin, las esperas pueden llegar a ser dulces. Sobre todo si recuerdas cosas y dejas pasar el tiempo. Como si el tiempo no tuviera importancia. Y de hecho el tiempo no tiene importancia. Tenemos un reloj para controlar el tiempo que emplearemos en cada cosa que hacemos, sin pararnos a pensar que el tiempo pasa. Y llegará el día en el que el reloj no sirva para nada. Porque moriremos y seremos parte de la tierra, del universo.

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Algunas palabras


Cuando trabajaba en una cosa relacionada con la impresión, algunas veces me cruzaba con un anciano que encargaba a la imprenta sus libros de poemas. Llevaba una calculadora encima, y la utilizaba para averiguar cuanto podía invertir después de vender sus libros. Una vez me regaló uno. Me pareció un gesto tan entrañable que no pude evitar sonreír. Pienso que el hombre se sintió muy satisfecho porque también se alegró.

La gente no se quiere por costumbre


Tengo entendido que en Chile se utiliza mucho el verbo "pololear". Y es una palabra que siempre me ha hecho mucha gracia, significa algo así como hacerse novios. Aunque parezca inocente, la gente suele pololearse. Pienso en una pareja de chilenos. Los dos se pololean. Después de algunos encuentros inocentes, todavía no saben como les latera el corazón cuando se crucen con el amor de su vida. Así que coquetean un poco y se emocionan al sentir cosas que no habían sentido antes. Y la escena, con la palabra pololear rondando en mi cabeza, la imagino tierna y encantadora. O por qué no, también puede que se pregunten entre ellos si quieren ser pololos. No sé, eso podría ocurrir.
Como pasa con toda costumbre, puede que eso de pololear se haya pasado de moda. Y por eso me gusta la palabra, porque rememora cosas que quizá nunca existieron. Que tan solo aparecen en mi recuerdo, idealizado, irreal. Pero son costumbres solamente. Y el amor no se mide por el nivel que uno tenga a la hora de pololear. El amor tiene que ser algo más aparte de costumbres.
Las costumbres sí son diferentes cuando cruzamos un charco de miles de kilometros. Pero yo estoy seguro de que las parejas de chilenos se cogen la mano muy fuerte cuando pasean por la calle. Pienso que dos cuerpos desnudos en la cama, son dos vidas unidas sean de donde sean. Dos cuerpos desnudos que se quieren se comportan de la misma manera en cualquier lugar del mundo. Se sienten dichosos y comparten el sudor. Se rozan de la misma manera y sus corazones laten igual de fuerte. Y al dia siguiente se miran felices y piensan que compartir el fuego de la pasión ha sido la experiencia más bella que han sentido nunca.
Y antes de eso está el amor a primera vista. Hay ganas de ver al otro, se crea espectación antes de las primeras citas. Y eso es bonito, de las cosas más bellas que nos pueden pasar a los chilenos y a los españoles. Y con el paso de los años esos roces hacen que las discusiones sean mínimas. Y la dulce rutina se clava en las vidas de los dos pololos. 
Imagino a dos pololos viejos. Sentados en sus correspondientes mecedoras. Ella haciendo punto, o lo que le permita la vista. Y él , con camisa de rayas y boina, utilizando el bastón para levantarse.