Algunas fotografías


Las fotografías las carga el diablo. Tengo una estrecha relación con una caja de cartón llena de fotografías. De hecho creo que sería lo único que me molestaría en salvar de un incendio. A lo mejor es algo de locos, algo que alguien guardaría como un secreto. Pero yo no puedo evitar mirar esta caja aunque no la abra, y consolarme con lo que hay dentro. Quizá de este fetiche nace la necesidad de plasmar cajas con fotografías en mis relatos. Existe una extraña relación porque tiene algo que no me pueden dar los demás objetos. Hay gente que colecciona tazas. Conozco a una persona que pide tazas a sus amigos cuando van de viaje. Yo mismo le he regalado una taza a esa persona. Y lo que en principio era una entrañable afición, supongo que pasó a convertirse en una obsesión. Como la mía con la caja de fotos. En mi caja también hay cartas. Las mejores son las que me escribieron en una edad en la que no se sabía nada. Algunas veces acaricio el papel, las letras que están plasmadas en estas cartas, inocentes mensajes que no parecen sinceros. Algunas cartas de adultos también tienen eso. Pero estas tienen como añadido algunas palabras escritas con bolígrafos de colores. Entre el puñado de cartas hay postales también. De gente que después vi más de mil veces. Lo divertido de estas postales es que no eran de despedidas. Transmitían vivencias durante viajes que después me contarían en persona. Me gusta darles la vuelta a estas postales, observar aquellos sitios tan maravillosos que han visitado, y descifrar la caligrafía de amigos viajeros que no serían entendibles debido al nivel de ebriedad. Me los imagino sentados en la mesa de algún bar, eufóricos y alegres, mientras intentan describir aquella anécdota del día. Alguien me dijo una vez que era demasiado jóven para tener tantos recuerdos. A mi eso me parece una tontería porque recuerdos tenemos todos. Lo que pasa es que yo no puedo evitar esa tendencia romántica hacía la búsqueda de un pasado mejor. Seguro que ese pasado no existe. Pero yo lo busco incansablemente y me satisface hacerlo. Cada uno vive como quiere diría. Pero es que yo me he dado cuenta de que en realidad vivo como puedo. Y encima escribo. Lo tengo todo para ser un escritor pesimista y desgraciado. Aunque mi defensa va hacía una dirección muy clara, porque es que yo vivo en esa búsqueda constante de lo bonito. De un recuerdo bonito y bello que llene mi alma, y consecuentemente llene el alma de todo aquel que quiera leerme. Y lo persigo como ya he comentado antes a través de la colección de momentos y fotografías. Me interesa esto para sentirme más vivo, para sentirme yo. No hay nada como saborear eso mientras abro la caja de fotografías, mientras me pierdo en todos esos momentos que he guardado en esa dichosa caja, mientras escucho algún bolero, o bebo una copa de vino. Es como cuando escribo en la cocina. Es como cuando no me quiero marchar simplemente de ningún sitio. Espero morir con esa satisfacción. Espero morir así de vivo. Feliz fin de semana. O lo que queda.



Suscribete a mi lista de correos

* indicates required

2 comentarios: