Cuando el otoño era invierno


Cuando llegaba el otoño las casas de campo de Prescidia se vaciaban. La gente que había vivido el sueño del verano se despertaba. En realidad, tenían que volver a sus trabajos y a sus vidas más o menos monótonas. Y Armando era uno de los pocos amigos que resistía conmigo la envestida del invierno. Porque en Prescidia, por mucho que me pesara, cuando el frescor del otoño aparecía, todo el mundo decía que llegaba el frío invierno, largo y triste, exento de turismo y playa. Una larga estación que se prolongaba siempre hasta la semana santa. No puedo evitar mirar con nostalgia aquella época adolescente. Y mantengo el recuerdo de aquellos inicios de invierno. Se acababan los días largos e intensos, en los que no cabían las preocupaciones. Y llegaban días mucho más duros y fríos, acompañados de responsabilidad, por el inicio del curso. Pero recuerdo especialmente los fines de semana que Armando se escapaba de su casa para pasar al menos un día en Prescidia. Aunque vivía en un pueblo a pocos kilómetros, y aquella casa la mantenían sus padres como vivienda de verano, él se escapaba en autobús para pasar el día conmigo. Por supuesto aquello nos suponía una gran distancia y un gran viaje. Y Armando siempre volvía a su casa en el mismo día. Quizá lo hacía para acompañarme en aquella resignación tan triste. O para superar juntos el amargo trago de la cruda realidad. A veces pienso que este drama ha sido siempre mejor que cualquier otro. Y hasta esto me parece nostálgico. Parecía que le gustaba el invierno más que a mí. Se alegraba cuando sabía que aquel frescor le permitiría gozar del placer de la chimenea. Le encantaba encender una hoguera y contemplar como se quemaban aquellos troncos que había dejado su padre para cuando hicieran falta. Y a mi me extrañaba aquella manera que tenía de contemplar el fuego. Nos sentábamos cerca de la chimenea y hablábamos del inicio del curso. Comparábamos la supuesta crueldad de algunos profesores y vacilábamos con la dificultad que supondrían muchas de las materias de estudio. Yo avivaba el fuego mientras asentía con la cabeza. Y los dos disfrutábamos de aquella hoguera. Aunque estaba claro que Armando lo hacía más que yo. A veces pensaba que algún día saldríamos en los periódicos. Yo, como cómplice de un pirómano. Él, como el miserable autor de uno de los mayores incendios a nivel nacional. Un día fui a buscarle a la parada de autobús. La semana había sido larga y ya llegábamos a la época de transito. Me quedaría solo unos meses. Y esperaría con ansia los meses que darían paso a un verano mucho más corto que el invierno. Armando se bajó del autobús con su nuevo atuendo. Llevaba unos pantalones muy anchos y una gorra colocada hacía atrás. En aquella época no había pantalones de rapero y los chavales mandaban a sus madres a buscar pantalones de talla grande al mercadillo. Pero pese al atuendo, Armando parecía diferente. Más serio. Y recuerdo que evité pensar que mucho más triste. Me dijo que se quedaría solo aquella noche. Y como aquella idea me pareció extraña yo le pregunté a mis padres si me dejarían dormir en su casa. Cenamos macarrones con tomate porque era lo único que sabíamos cocinar. Y mientras cenábamos noté que él se quedaba sin aire. Le costó trabajo contarme que desde hacía un tiempo se agobiaba y que solía querer estar solo. Me dijo que hacía un par de semanas que sus padres habían hablado sobre separarse. Sobre hacer las cosas de otra manera. Y recuerdo que me lo contó mientras avivábamos una hoguera durante una noche que parecía mucho más fría. A veces pienso que en realidad Armando no quemaba madera cuando encendía la chimenea. Aquella noche vimos algunas películas. Nos habíamos quedado dormidos en el sofá. Amaneció, desayunamos, y le acompañé a la parada de autobús. Y a partir de entonces fuimos diferentes sin saber muy bien por qué. Llego el frío verdadero, el que calaba los huesos. Nos llamábamos por teléfono como de costumbre. Pero el verano siguiente todo fue diferente. Aunque claro, el otoño seguía siendo invierno.