Sobre la competición


Soy una persona lenta, en todos los sentidos. Siempre he ido a mi ritmo, tanto en el colegio como en el trabajo. Cuando era pequeño creía que era un defecto, pero con el paso de los años me he dado cuenta de que es una virtud. Alguna vez ha sido duro porque sientes como que no llegas. Por suerte, me he dado cuenta de que el problema es que todo lo demás va demasiado rápido.

Yo no quería publicar


Yo no quería publicar hoy. No quería comprometer tu tiempo, ni el mío. He intentado seguir un horario, una rutina espartana. Pero a veces el momento es perfecto para decir algo. A veces aparece ese momento perfecto para escribir, para vivir el presente. Y en ese momento la energía fluye, desde lo más profundo del alma, y recorre el cuerpo hasta las puntas de los dedos. La energía da lugar al pulso narrativo, el músculo que ejercita la vida del escritor.

De elecciones


A mi es que me da la sensación de que dejamos de lado ideas importantes cuando hablamos. Y no sé si es porque nos hemos dejado de lado a nosotros mismos, o por por pereza. Últimamente he pensado en las elecciones, y en las decisiones. Me gustaría ser tan valiente como para hablaros de las elecciones con total sinceridad. Pero no sé si estoy en ese estado en el que yo tampoco elijo hablar de cosas realmente importantes.

Cuando el futuro


Soñábamos el futuro de jóvenes. Y lo imaginábamos instantáneo, como si fuera un flash, algo que quedaba muy lejos. Y era así, el futuro quedaba tan lejos que no sabíamos nada de él. Y a medida que crecimos lo vimos con otros ojos. Así fue como nosotros, los dos, dos personas que no tenían lazos familiares, aprendimos a añorar el futuro.
Aquel pensamiento de futuro se convirtió en una semilla. Y la regamos con tanta ansiedad que no nos dimos cuenta de que el futuro que se nos iba presentando no tenía nada que ver con el que habíamos soñado alguna vez. Y así fue como un día nos dimos cuenta de que añorábamos el futuro que habíamos soñado.
Pasaron los años y también nos dimos cuenta de que es inevitable añorar. De que es mejor aguantar un poco esa nostalgia que procurar no sentirla. Y que podemos aprender de ella, del ser humano y de sus sueños. Después de todo, esa nostalgia muchas veces sirve de motor. Aunque muchas veces nos obligue a conducir con el mínimo posible de revoluciones.

Lo habían ocultado



Habían mantenido su relación en secreto. Habían marchado a través de un camino que les hubiera llevado a ninguna parte. Quien sabe si estarían allí, en ese mismo instante, mágico, si no le hubieran dado el trabajo. Y lo celebraban mientras pintaban una pared. “El color que tú quieras, vida mía” le había dicho él a ella días antes. Tanto tiempo en un espacio vacío, en una etapa inclasificable de la relación, que ahora no se creían que podrían recorrer un camino juntos. Tenían un hogar.

Mientras esperaba


Se sentó frente a la ventana. Sujetaba una taza de café con su mano derecha y aguantaba las ganas de fumar. Fuera llovía. El agua en el cristal de la ventana había interrumpido una semana de calor. Y había llegado en un momento en el que no quería ver la lluvia. Porque no era como en aquellas tardes de invierno en las que acababa cerrando los ojos, mientras esperaba sentada. Y se había puesto una camiseta de él porque pensó que no se sentiría sola. Terriblemente sola.

Te hago participe de mi ataque de sinceridad






Y también está esa necesidad de encontrar cosas sin saber muy bien qué se está buscando. No sé si me explico bien, pero de un tiempo a esta parte, pienso que ser adulto se parece mucho a estar viviendo en una isla desierta. Y hablo de ser adulto como si fuera nuevo para mi porque no me he dado cuenta de que he crecido. Ya sabéis que yo vivo en un país de recuerdos y me niego a bregar con las tensiones provocadas por los impuestos, los gimnasios y los regalos de cumpleaños.

Uno de esos rituales personales




Hay acontecimientos especiales. Pequeños placeres que convertimos en festivales, que realizamos una vez al año. Como si fueran rituales de un dogma particular. Eventos que tenemos que cumplir pase lo que pase. No sé vosotros, pero a mi se me ocurren unos cuantos rituales personales.
Por supuesto, no estoy hablando del sacrificio de animales ni de otra macabra costumbre ancestral. Tan solo quería comentarte que hay cosas que suponen un momento único. Y a mi me pasa con el primer helado del año.

Yo venía buscando lectores y encontré amigos

Esta frase podría definir perfectamente mi experiencia en facebook durante los últimos meses. Cuando me preguntan por privado el motivo de la solicitud de amistad, suelo decir medio en broma que “soy un escritor que busca lectores desesperadamente”. Cuido este perfil como si fuera mi propia vida. Intento no ensuciarlo con negatividad y queja, deporte nacional hoy en día. Intento buscar en este mundo de apariencia y mensajes vacuos, algo de belleza. Y he llegado a la conclusión de que todo ha ido a mejor. Cuando miro estado pasados de facebook y reviso comentarios, me doy cuenta de que había venido a buscar lectores y me he encontrado con amigos. Que ironía.
Esto lo hablaba también con Eva Gallegos M, gran persona a la que he conocido a través de este medio. Le encanta la fotografía y tiene afición a eso de captar momentos únicos para guardarlos con cariño. Mientras hablaba con ella sobre la vida, los momentos que nos hacen estar vivos y todas esas cosas que podemos encontrarnos un día cualquier , mientras salimos a caminar, me enseñaba una fotografía que había hecho durante un paseo. Y se me ocurrió escribir algo sobre eso porque reflejaba más o menos el viaje que hemos emprendido todos a través de este perfil estrictamente literario.

Hotel Aquarela





Hay un lugar en el que parece que no existe el tiempo, el sol no abrasa y el atardecer, como un espejo, refleja nuestros ansiados sueños. Hay viajeros que regresan a ese lugar, caras conocidas que se han enamorado inevitablemente de ese pequeño trozo de paraíso. No es especial, tan solo un hotel que algún enamorado de las puestas de sol construyó en la playa. Y sirve de puente entre una interminable extensión de duna y la arena fina. Dicen que se obsesionó con un pequeño paraíso al otro lado del charco. Y que por amor quiso trasladar ese pequeño paraíso a su tierra natal.

Volver a empezar




Cada cierto tiempo, siento que vuelvo a empezar. No sé muy bien como describir este estado, me he acostumbrado demasiado la lucha diaria con el destino, y la vida. Lo he sentido un par de veces en este último año, y no está mal.

Sobre las palabras





Hoy quería hablarte de las palabras. De su belleza, y su poder. De como a mí me gusta jugar con ellas, como si fueran la única distracción posible en este universo. A veces pienso que no sería nada sin la oportunidad de disfrutar con las palabras.

A ti que estás ahí


A ti, que siempre estás ahí. 
Quería contarte que el miedo es tan natural como la vida, como la muerte. Es tan real como nosotros, y puede ir a por nosotros con una sola palabra. Luchamos contra el miedo a diario, hasta que nos damos cuenta de que la fuerza que sale de nuestros corazones es nuestra máxima aliada.
Que de tiempo ha tenido que pasar hasta que nos hemos dado cuenta de esto. Cuantos recursos hemos empleado en madurar, en respetar al miedo. ¿Te das cuenta?

Cuando la primavera


A él siempre le había sentado muy mal la primavera. Desde hacía un tiempo los dos permanecían sentados en aquel piso recóndito, sin luz. Ya no se daban la mano y apenas compartían sonrisas. Y él estornudaba cuando se acercaba la época en la que los pájaros cantaban. Ella le decía que en realidad tenía alergia a la primavera. Sonreía cuando decía esto y él respondía con gestos de desprecio.

Un 14 de Febrero muy especial


Eran dos amigos que habían quedado como otro día cualquiera. En aquel sitio en el que servían palomitas con cada consumición. Se escuchaba rock de fondo y en algunas mesas había parejas que se hablaban muy cerca. A Nuria le había llamado la atención una de las mesas en las que había un par de hombres, dos amigos que parecían concentrados mientras miraban cada uno su Smartphone. Las mesas eran en realidad de terraza, y tenían Serigrafiados los logos de varias marcas conocidas de refresco y cerveza.

Me duele el pecho de quererte


Se sentó a escribir una carta. No quería que fuera una carta de amor porque no creía en las cartas de amor. El amor se demostraba día a día, con cada roce, con cada caricia. Con cada palabra. Sería como un manifiesto o algo parecido.
Y pensó que al problema de su nefasta expresión escrita se sumaría el de no saber como explicar siquiera la forma en la que la quería, el mecanismo que le hacía temblar en algún que otro momento de su existencia. Y la carta perdía fuerza y credibilidad con cada palabra que escribía. Así que se llevó buena parte de la tarde sentado en la mesa de la cocina. Empezaba una y otra vez, con el único sonido de un reloj de cocina que estaba colgado en la pared. Una y otra vez pensaba que no sabía muy bien como explicar sus sensaciones junto a ella, sobre todo en aquellos momentos en los que sufrían, en los que ella lloraba. Después de tantos años habían pasado mucho juntos. Eran tantos los años que se perdía contándolos. Y no eran tantos los años cuando pensaba que había conseguido mucho en el tiempo que llevaba junto a ella.
Decidió dejar una primera frase. Era potente. Pensó en que la mayoría de los escritores tenían un problema muy gordo si querían causar un impacto parecido con cada frase y cada idea. La primera frase sería “Me duele el pecho de quererte”. Estaba claro que no era un poeta, pero sabía con seguridad que la causa era tan justa como la vida que había vivido. Como la serenidad y tranquilidad que le transmitía estar con la persona a la que él quería. Se levantó y se preparó un bocadillo. Y comió su bocadillo de pie, mientras miraba el papel de la mesa. Que tenía escrita una sola frase: “Me duele el pecho de quererte”. Podía haber escrito "duele quererte así". Pero no, escribí "Me duele el pecho de quererte".
Y sonrió. Aquella situación le hacía gracia. Había pasado por todas aquellas fases que ha de superar un escritor, un artista bloqueado. Y tenía una frase. Y era una frase que no sabía si era muy buena.
No sabía como decir que él había crecido como persona junto a ella. Y que a él le hacía sentirse muy orgulloso saber, tener la seguridad, de que ella se había hecho fuerte, y había madurado. Habían pasado de ser unos niños a unos adultos sanos. Y se habían preocupado de recorrer aquel camino juntos, cogidos de la mano. Y mientras hacía un recorrido mental por su viaje, el que habían emprendido juntos, también recordaba como habían llegado al éxtasis mientras removían las sabanas de la cama compartida. O aquellas noches de insomnio en las que la preocupación de uno era la de el otro. Y aquellas noches de invierno, en las que no había ola de frío que despegara sus cuerpos abrazados, ansiosos de calor y amor. Pasara lo que pasara, y llegara lo que llegara.
Y pensó en todo aquello, que no era poco. Tan solo podía expresarlo con esa primera frase. Con una frase que simbolizaba la única reacción física ante el recuerdo de un recorrido, de un camino y el viaje más apasionante que cualquier persona podría recorrer. Lo cierto es que le dolía el pecho. Y aquella frase, la única que había escrito, era sin duda la más típica que se podría escribir en una carta de amor.
Así que fue a por una tarjeta pequeña de las que guardaba en el primer cajón de su escritorio. Era una tarjetita de las que utilizaba para felicitar cuando regalaba algo. Escribió aquella única frase y colocó la pequeña tarjeta encima de la almohada. Y decidió abrazarla aquella noche, mientras le explicaba lo que había hecho durante el día. Mientras recordaban aquellas anécdotas que habían vivido juntos. Y deseó seguir así, siendo libre y sintiendo la seguridad de que los dos seguirían aquel camino juntos. O separados. Pero sobre todo siendo personas. Les quedaba mucho amor y toda una vida.

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