Un 14 de Febrero muy especial


Eran dos amigos que habían quedado como otro día cualquiera. En aquel sitio en el que servían palomitas con cada consumición. Se escuchaba rock de fondo y en algunas mesas había parejas que se hablaban muy cerca. A Nuria le había llamado la atención una de las mesas en las que había un par de hombres, dos amigos que parecían concentrados mientras miraban cada uno su Smartphone. Las mesas eran en realidad de terraza, y tenían Serigrafiados los logos de varias marcas conocidas de refresco y cerveza.
Cada día, el camarero, que estudiaba antropología en una facultad local, escribía una frase de algún filosofo en una pequeña pizarra que había tras la barra. A Fernando le gustaba decir que aquel sitio era un antro con clase. Y quedaron allí. Aquel día aprenderían algo más sobre el amor.
Se sentía raro. Ella siempre le escuchaba. No se había sentido nunca igual con nadie. Y había quedado con ella para contarle lo mal que se sentía porque le habían dejado. Tenía un regalo dentro de una bolsa y muchas ganas de llorar. Le explicó a su amiga que le habían dejado aquel mismo día de San Valentín. Y ahora tendría que pasar veinticuatro horas pensando en que le habían dejado, porque cada minuto era San Valentín hasta que terminara el día. Pensó que solo entonces podría empezar una nueva vida. En soledad.
Ese “en soledad” tan dramático le había Sonado a Nuria de una manera muy tierna. Así era su amigo Fernando; inocente y tierno. Pero nunca sería algo más que un amigo. Porque el no se daría cuenta y los dos estarían siempre, por el resto de sus días, contándose sus cosas, y compartiendo sus vidas de una manera que nunca les llevaría a temer la perdida. Fernando nunca se había dado cuenta de como a Nuria se le humedecían los ojos cuando el se mostraba realmente feliz.
Pero él no podía evitar hablar de vez en cuando de Laura, que le había dejado sin dar explicaciones. Y Nuria, inevitablemente, intentaba explicarle que podría pasar que él no la quisiera tampoco tanto.
Pasaron tantas horas juntos que sintieron que se lo habían contado todo. Y volvieron a recordar otras cosas que los dos habían vivido juntos. Se enorgullecían de haber ido al colegio juntos. Y él siempre acababa recordando aquella anécdota en al que ella le había pedido matrimonio cuando eran muy pequeños. Y ella sonreía como si aquello nunca se le hubiera pasado por la cabeza de mayor. Lo cierto es que nunca se iba a dar cuenta a menos que ella se lo dijera. Porque le veía tierno y obsesivo. Era guapo y a los dos se les pasaba el tiempo volando juntos. Y a veces se sentía culpable por sentir algo hacía él. Como si fuera ella la que fuera a estropear su relación de amistad. Pero siempre había pensado en que llegaría el día. Llegaría el día en el que podría decirle que ella si apreciaba todos aquellos pequeños detalles que él dedicaba a su ex. Lo pensaba mientras miraba el regalo que había en aquella bolsa.
Se sentaron en el paseo marítimo de la playa de Prescidia. Habían merendado juntos y habían ido a cenar juntos. Quedaban pocos minutos para las doce. Y él le había dicho que nunca le había contado nada sobre el último chico con el que había salido. Que por un momento había pensado que era un egoísta por haber estado hablando de él mismo durante todo el día. Estaban sentados en un banco y las olas se escuchaban de fondo pero no se veían porque había anochecido. Y él no pudo evitar preguntarle por aquel chico con el que había empezado a salir y que ella había dejado de ver de un día para otro. Quizá con el afán de comprender la complicada manera de pensar de las mujeres, que solo podían llegar a dejar ver lo estúpido que él podría llegar a ser.
Ella le dijo simplemente: Porque te quiero a ti, tonto. Y aquellas palabras se clavaron en su corazón, tal y como lo habría hecho una gran flecha de Cupido. Y después agarró su mano entrelazando sus dedos. Por primera vez se había sentido querido y amado. Se arriesgó a no decir nada, a dejarse llevar. Se entregó sin dudarlo a la que en algún momento había sido su amiga. Y no dudo ni un segundo porque era tan grande lo que le había entregado, que el flechazo fue instantáneo. Por un instante dejó de buscar un tesoro que siempre había tenido delante de sus narices. Por un instante, dejó de ignorar todos aquellos momentos realmente espciales que ella, y solo ella, le había dado. Su amiga y compañera.
Cuando miraron el reloj el día había terminado, y aquel San Valentín ya no tenía sentido. Aunque el 14 de febrero pasaría a ser un día muy especial para los dos.



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4 comentarios:

  1. Genial, un precioso regalo de San Valentin poder leerte. Abrazos Dani

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    1. Igual es que me leas. Muchas gracias y saludos!

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  2. Me ha encantado Daniel,a veces, tenemos delante de las narices lo mejor de la vida y nosotros mirando al infinito. Un besazo

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    1. Muchas gracias! Gracias de corazón por leerlo. Saludos!

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