Cuando la primavera


A él siempre le había sentado muy mal la primavera. Desde hacía un tiempo los dos permanecían sentados en aquel piso recóndito, sin luz. Ya no se daban la mano y apenas compartían sonrisas. Y él estornudaba cuando se acercaba la época en la que los pájaros cantaban. Ella le decía que en realidad tenía alergia a la primavera. Sonreía cuando decía esto y él respondía con gestos de desprecio.
Desde hacía un tiempo también le sentaba todo mal. No aceptaba las bromas y tampoco quería a aquel extraño ser que le miraba desde el espejo. Y ella permanecía observándole en silencio. Consumiéndose en la oscuridad de aquel pequeño piso. Todo era siniestro y la luz se estaba apagando dentro de sus corazones. Ella tenía dudas.
Hasta que un día ella decidió arriesgar. Le había tocado conducir después de hacer la compra. Había tomado la carretera cercana a la playa.Se desvió y se dirigió hacía el aparcamiento del paseo marítimo. Bajó del coche y él la siguió, cabreado como siempre. No podían perder el tiempo, tenían mucho que hacer y a él ya no le gustaban aquellas tonterías. Le dijo que no tenía que haberla dejado conducir. No podían perder el tiempo.
Ella le contó que había tenido una idea. Las temperaturas eran realmente buenas. Había que celebrar que había llegado la primavera. Y le dijo que unos días antes, había encontrado una foto en la que salía de pequeño jugando en la playa. Se la enseñó.
- ¿Recuerdas esto?
- No.- dijo- Pero ahora no tenemos tiempo para esto. Te lo he dicho ya varías veces.
- Mira bien esta foto. Hace años me contaste que habías ganado un concurso de castillos de arena. Tu padre te hizo esta foto ¿No ves lo contento que estabas?
Él agarró la foto con sus grandes dedos y dudó. Aquello le dejó planchado. Enseguida recordó. Sintió la brisa marina y el olor a sal. El sol le daba en la cara y le resultó realmente agradable. Recordó la sensación. Era pequeño y el tiempo no tenía importancia. Era verdad, de pequeño había ganado un concurso de castillos de arena.
El plan de ella había resultado. La magia de aquella sorpresa estaba haciendo efecto en su corazón. Abrió el maletero del coche y sacó una bolsa de plástico, algunas toallas y una sombrilla.
- Ven. Ayúdame.- dijo mostrando su mejor sonrisa.
El acudió y la ayudó. Parecía hipnotizado.
No había mucha gente en la playa. Y esto le dio mucha confianza a él. En la bolsa de plástico había cubos y palas de niños. Los sacó y los observó durante un rato. Al principio parecía inseguro, pero poco a poco fue construyendo el mejor castillo de arena de su vida. Ella le hizo fotos con el móvil, porque aquello sería para recordarlo. Incluso tomó una foto en la que parecía realmente concentrado, mientras sacaba la lengua como un niño que está coloreando sin salirse de la raya. Ella le ayudó y los dos rieron cuando se vieron llenos de arena, sal y agua.
Pasaron una tarde genial. Incluso merendaron cosas que ella había preparado. Fue un día especial y mágico. Y en un momento en el que estaban observando un espectacular atardecer, él le cogió a ella la mano y no pudo evitar soltar una lagrima.
- Gracias por ayudarme a recuperar las ganas de vivir.
- Feliz primavera.- dijo ella.
Los dos se fundieron en un abrazo y, después, en un apasionado beso.

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4 comentarios:

  1. Que bonito. Nunca debemos abandonar al niño q llevamos dentro. Besos

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    1. Muchas gracias por este comentario. La verdad es que me encanta encontrarme con este tipo de comentarios en mi buzón de correo electrónico. Un abrazo!

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  2. Sencillo, profundo y bello relato. ¡Gracias, Daniel, por hacerme soñar un momento! Un cordial saludo.

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