Sobre la competición


Soy una persona lenta, en todos los sentidos. Siempre he ido a mi ritmo, tanto en el colegio como en el trabajo. Cuando era pequeño creía que era un defecto, pero con el paso de los años me he dado cuenta de que es una virtud. Alguna vez ha sido duro porque sientes como que no llegas. Por suerte, me he dado cuenta de que el problema es que todo lo demás va demasiado rápido.

Como siempre, en las comidas familiares termino el último. Más de una vez me he visto comiendo mientras todos los demás me miraban. Así de lento soy. 

El otro día, mientras comíamos tarta del cumpleaños de mi hermano salieron a relucir anécdotas familiares. Es uno de esos momentos que tanto me gustan. Todos cuentan cosas divertidas de cuando eran pequeños y nos reímos. Y entonces el cumpleaños no se convierte en uno más. Guardas las fotos de esas celebraciones, y cuando pasan los años y las miras, ves a todos contentos, felices. Alegres.

—A ti no te va a dar un infarto nunca, hijo.

Mi madre siempre ha sido muy clara hablando, y eso es algo que admiro. Mi padre en ese momento sonrió y contó una anécdota de la primera carrera de bicicletas a la que me llevaron. La primera y la última. Yo tendría cinco o seis añitos y no entendía muy bien en qué consistía eso de las carreras. Me plantaron allí en la fila de salida, con una bicicleta que tenía ruedas pequeñas de apoyo. Mi padre se ríe mucho cuando cuenta esa historia, porque dice que mi gesto mientras andaba con la bicicleta era de felicidad. “Que niño, iba mirando el paisaje, como si no fuera con él” dice. Y en ese momento nos reímos todos. 

Y así voy por la vida, mirando el paisaje. Así me han enseñado a andar por la vida ellos. 

En ese momento de la conversación hice la gracia de levantarme como a cámara lenta. Nos reímos todos, y nos vi tan felices que no pude evitar pensar que no quería que se perdiera ese momento. 

Me pasa algunas veces. Cuando eres pequeño lo disfrutas. Pero cuando te haces mayor te entra el miedo de perder ese segundo, como si fuera tuyo de verdad.

Les miré mientras se reían. Y en ese momento me dije: Por favor, no quiero que os marchéis nunca.

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