Fuego enemigo


Para meternos en contexto nos situaremos en 1944, en plena contienda mundial. Concretamente el 24 de Diciembre de ese año, en mitad del bosque de Hurtgen (Bélgica). El 16 de Diciembre Hitler había cumplido su objetivo en la zona. 2.000 cañones iniciaron un bombardeo de hora y media sobre 130 kilómetros de la línea norteamericana de las Ardenas. Después de ese despliegue desesperado y tan explosivo, 250.000 soldados y decenas de blindados iniciaron un despiadado asalto en masa sobre los sorprendidos aliados, que en ningún momento habían barajado una ofensiva de esa magnitud.
El ataque duró varios días. Y tuvo como resultado una masacre que redujo al máximo la defensa en la zona. Los nazis, que habían tenido en todo momento una ventaja numérica de tres a uno, aprovecharon para avanzar y acabar a base de fusil y ametralladora con los aliados. Durante aquellos días muchos soldados del bando aliado tuvieron que separarse de sus unidades debido a los ataques.
Entre la nieve y el frío de aquel 24 de Diciembre, dos soldados aliados llegaron a una casa que se encontraba en medio del bosque. Los dos estaban heridos y llamaron a la puerta para pedir ayuda. La puerta de la casa la abrió una amable mujer que se ofreció a curar sus heridas. Además, les invito a pasar la noche y compartir la cena de Navidad.
Justo cuando los americanos se disponían a saborear el delicioso asado que la anfitriona había preparado, llamaron a la puerta. Se dieron cuenta de que el destino les había jugado una mala pasada cuando vieron entrar a un oficial alemán acompañado de tres soldados. El oficial preguntó si había algún enemigo del Fuhrer dentro, a lo que la anfitriona no tuvo reparo en responder: Americanos. Los alemanes empuñaron sus armas y en ese momento la señora dijo con calma: Vosotros podríais ser mis hijos, y los que están aquí dentro también. Están heridos, cansados y hambrientos, así que entrar pero esta noche nadie matará.
Al principio los alemanes no supieron como actuar, pero segundos después pidieron permiso para pasar y se fueron sentando a la mesa junto a sus “enemigos”. Poco a poco, seguramente, entre vino y vino, los soldados dejaron la contienda mundial de lado, y la velada se convirtió en una cena de navidad casi familiar. Se dice que incluso llegaron a cantar canciones navideñas. Los americanos les enseñaron sus villancicos más tradicionales y los otros enseñaron fotos de los familiares que les esperaban en sus casas, y que en ese momento estarían celebrando la cena de navidad. La cosa no quedó ahí. Y es que la cena de Navidad resulto tan fructífera que al amanecer los soldados alemanes indicaron a los americanos como llegar hasta sus propias líneas.
Estoy seguro de que en estos días en los que se avecina el encuentro familiar surgirán chistes relacionados con esas pequeñas tensiones de la cena. Nos vemos obligados a compartir mesa con aquellos familiares que no vemos apenas, con los que no coincidimos en nuestra manera de pensar. Algunas familias imponen como norma no hablar de política, casi como aquella señora que medió entre soldados alemanes y americanos durante la famosa cena. Pero siempre se escarpará algún disparo , los comentarios a los veganos sonarán como el silbido de una bala en campo enemigo a la hora de trinchar el pavo. Y algunos creyentes se sentirán un poco ofendidos con aquellos que solo predican con el ejemplo durante una noche. Este año el intruso político llega por navidad, y será difícil evitar comentarios sobre el partido con nombre de diccionario, el que parece innombrable. Ya no habrá chistes sobre cuñados que votan a ciudadanos, o hippies que votan a Podemos. Ahora todo suena mucho más alarmista y radical.
Pero entre todo ese revuelo yo me quedo con la misma sensación de siempre. En este país de golpes en el pecho y puñetazos en la mesa parece que no llegamos a mucho más. Estoy seguro de que las charlas entre opuestos en las cenas de navidad se apaciguarán entre copa y copa. La gente acabará rememorando aquellas anécdotas familiares, explicándole al cuñado nuevo todas aquellas cosas que su pareja hacía de pequeña. Y le darán con educación las patatas asadas al vegano. Dejaremos de lado los egos, las rencillas, aunque sea durante el transcurso de una cena. Lo haremos porque somos nosotros, los seres humanos, los que hemos inventado la navidad.

La economía de las caricias


Hace unos años el terapeuta Claude Steiner nos planteó las diferencias que nos proporcionan nacer y crecer en un mundo con signos de reconocimiento, de buenas palabras, abrazos, en un estudio que venía a llamar la economía de las caricias. Daba a entender que para procurar nuestra existencia necesitábamos algo más que la comida y la bebida para la hidratación y la alimentación diaria.
Cuando recuerdo este estudio me vienen a la mente muchas situaciones cómicas ¿Se imaginan ir a la plaza a por patatas y hacer un trueque por caricias? ¿Cuanto vale el kilo de boquerones? el pescadero diría: deme una caricia en la cara. o un puñado de buenas palabras. Pero estaría bien en según que casos. A más de uno la hacen falta todas aquellas caricias que su madre no les dio de pequeños ¿Se imaginan salvarse de una multa por rebasar la velocidad en carretera a cambio de un abrazo? La estampa sería cuanto menos extraña, bizarra, propia de una distopía, a los juegos del hambre. Pasaríamos por las calles y veríamos muchos seres humanos abrazándose, aparentemente queriéndose. Es algo raro de imaginar, pero en cualquier caso un sueño para todos aquellos que anhelan un mundo en el que alguna vez, supuestamente, nos quisimos más. Un mundo que en realidad nunca existió. No sé hasta que punto es sostenible eso. Si en algún momento aprenderemos que según que caricias utilicemos podremos conseguir una cosa u otra. Se me hace retorcido pensar en eso, en la idea de que estemos calculando y estudiando cuantas caricias nos hacen falta para vivir dignamente, ansiosos de esta meta imposible que es la felicidad.
Se me ocurre pensar que eso ya lo tengo en realidad. Y no me hace falta creer en esa idea de un mundo en el que se calcule y fomente el buen rollo. Esto que veo tan extraño con humanos lo hace muy bien mi gata. Ella practica conmigo la economía de las caricias, es doctorada en esta especialidad. Pero de una forma mucho más sutil; Mi gata se acerca a mi para que la acaricie y para convertir esa caricia en una recompensa para mi, hasta el punto de que soy yo el que tiene ha obtenido el beneficio de acariciar. Existe un aire de complicidad entre los dos siempre que se acerca, porque ella sabe como pedir lo que quiere de la manera más fácil, dándome la oportunidad de entregar todo ese cariño que necesitamos dar todos los seres humanos, lo llevamos ya de serie. Es una caricia simplemente. Siempre pide a través de las caricias. Ella deja que le acaricie el lomo, la nuca, la espalda. Ella se estira y se sienta a mi lado mientras escribo, mientras escucha el sonido del tecleo tac, tac, tac .Y así funciona nuestra pequeño economato de caricias. Mi gata siempre está ahí y es sencillo, solo quiere comida y caricias. Y yo su compañía. Sentir que está a mi lado siempre. Su vida es sencilla, como la de un animal feliz. Y es como tiene que ser. Así es la felicidad de lo sencillo.
Y me quedo con la palabra sencillo. Porque nosotros no somos sencillos. Nosotros, los seres humanos, necesitamos mucho más que una simple caricia para vivir, no podemos consentir convertirnos en una anécdota, en algo cuantificable, algo que se mide en estímulos positivos o negativos. Siempre hemos sigo algo más. Y creo que la economía de las caricias esconde una perversa mirada simplista, que nos lleva a algo mucho más macabro; Un mundo en el que todo se reduce a un gesto, que es lo que nuestra oscura mente de ser humano quiere en muchas de las ocasiones, un simple gesto para explicarlo todo; El mundo de lo rápido, del aquí te pillo y aquí te mato. El de las quedadas por WhatsApp para darnos unas caricias, para intercambiar unos halagos. Un mundo que cada vez se quiere alejar más del fango, de la tragedia que ha dado tantas historias y ha creado tantas vidas vividas dignamente. Un mundo alejado de lo triste, de la perdida, de lo lejano, de las despedidas que siempre tenemos que soportar ¿Habrá en esta economía de las caricias una paga especial para todas aquellas personas que nos han dado la mano antes de irse? ¿Podemos predecir eso y prepararnos para vivirlo de la mejor manera posible? ¿Cual es la mejor manera posible? ¿Como medimos esa caricia final, a la persona que nos ha dado una vida entera? No creo en la economía de las caricias sencillamente porque no se si eso forma parte de algo que queremos de verdad. No sé si es comercial, ni si es lo más indicado en un mundo que cada vez me resulta más frío, pese a la cantidad de estudios, filosofías, terapias y teorías que existen relacionadas con la comunicación entre humanos. No se si una caricia se puede estudiar. Al menos a estos niveles.

El ostiao


Leo la noticia y me quedo perplejo: Un padre se olvida de su bebé en el coche y cuando regresa está muerto. Me quedo perplejo, y me cuesta mucho asimilar la información. Necesito indagar más, clicar en el enlace “leer mas” del artículo digital. Necesito leerlo para intentar comprender como puede un padre olvidarse de su hija en el coche, y marcharse a trabajar tranquilamente.
Hay un nombre para eso en mi pueblo, para ese despiste. Y es que el hombre está “ostiao”. Es un ostiao porque se ha olvidado de su propia hija, y seguro que mucha gente lo pensará y lo dirá, en algún bar, en alguna casa mientras se merienda: “Hay que estar ostiao pa olvidarse a una hija en el coche”.
Pero yo no puedo dejarlo ahí. No me entra, y no se si me afecta más de la cuenta. Mi hija nacerá en Enero y se llamará Marta también, y yo no puedo olvidar el asunto. De repente, me pongo en el lugar del hombre. Parece que le dio un ataque de ansiedad cuando se enteró del asunto. El se había marchado a su trabajo y justo antes tenía que haber dejado a su hija en la guardería. Pero no lo hizo, dejó el coche aparcado y se montó en el metro y se olvidó a su hija dentro del coche. Y ahí hay mucho más que un ostiao, hay un hombre que no puede con la vida, que está estresado. Que no sabe ni donde vive.
Una psicóloga ha echado la culpa al nivel de vida que tenemos. Al estrés diario, al desgaste cognitivo que estamos teniendo con nuestro día a día. Yo repaso mi vida, y separo. Porque tengo miedo de que en el futuro me pase con mi hija Marta. En el fondo estoy pensando en todo esto y por eso me afecta tanto. Pero lo de la psicóloga no me vale.
No puedo odiar a ese hombre, ni dejar el asunto simplemente en que está “ostiao”. No puedo porque pienso en como se mirará ese hombre al espejo de aquí en adelante. Ni siquiera va a poder pagar por sus actos porque la policía lo ha dejado en libertad, no había ni homicidio involuntario. No puedo dejar de pensar en como le verán sus otros hijos, o su mujer. No habrá nada que le consuele, ni la justicia le quiere castigar y seguramente la familia tampoco. Supongo que en algún momento dejarán de culparle, porque ha sido un error fatal, un despiste de “ostiao” mortal. Algo imperdonable. Algo que puede que le cueste incluso la vida, una vida desgastada pensando continuamente, repasando continuamente cada uno de los movimientos que hizo ese día. Y no puedo culparle, porque cuanto mas me pongo en su lugar más mal me siento. Mi hija nacerá en Enero y no hago más que repasar cada movimiento que haré hasta que ella tenga la autonomía necesaria para salir de un coche y preguntar a alguien donde está su padre. Porque la cruda realidad es que no solamente soy ese hombre, sino que todos somos ese hombre y en algún momento podemos estar así de “ostiaos”.

En realidad las salas de cine nunca morirán


En octubre de 2009, hace casi diez años, un montón de gente relacionada con empresas de Internet, periodistas y especialistas en medios de comunicación, se reunieron con la entonces ministra de cultura González-Sinde para intentar demostrarle que una ley que quería acabar con las descargas ilegales, y que estaban apunto de aprobar, coartarían la libertad de expresión. 
En aquella época yo escribía crítica cinematográfica en algunas webs especializadas y observaba , con cierta incredulidad, como muchos personajes de la industria cinematográfica intervenían en aquellos debates tan profundos, que plantaban cuestiones y sometían a la opinión popular a un dilema entre salvar la propiedad privada o intelectual y los derechos de autor o guardar la libertad de expresión, sobre todo en internet. 
La cruzada en realidad llegaba contra las webs llamadas de descarga ilegal, esas a las que siempre había accedido todo el mundo desde que se dieron cuenta de que resultaba más fácil que almacenar cds comprados en el top manta. Lo que quizá todos estos señores no sabían es que, en realidad, desde otras esferas, se debatía si el cine iba a morir. Algunos directores de cine, menos volcados en la vertiente política ,hablaban sobre si llegaría el punto en el que al no acudir al cine y solo descargarnos cine las productoras no apostarían por ninguna película y el cine pasaría a desaparecer. 
Las salas de cine peligraban. Otros presentaban un escenario apocalíptico y predecían, que en un futuro no muy lejano, la gente no acudiría a las salas de cine, cerrarían todas. Los más optimistas a nivel tecnológico, fanáticos de los electrodomésticos, auguraban un futuro no muy lejano en el que tendríamos en nuestras viviendas todo lo necesario para disfrutar de las comodidades del cine en casa. Las películas se estrenarían directamente en nuestro domicilio. 
Han pasado casi diez años y no ha ocurrido nada de lo que esta gente predijo. Y realmente, nos movemos en un limbo en el que no existen videoclubs. Ahora mismo tienes solamente la opción de ver una película en el cine , sin la posibilidad de visionarla después, porque mucha de la oferta que se estrena no se puede disfrutar meses después en las llamadas plataformas de alquiler digital, y si se estrenan… pss , a que precios.
Ya no existen esos pequeños santuarios en los que había cientos de películas, y podías entretenerte leyendo la sinopsis por detrás de la carcasa. Ya no se pueden palpar las caratulas. Ya no se puede elegir entre cientos, miles de películas. Eso sí, el porno es más fácil de ver, ya no te cruzas con esos señores retraídos que intentan pasar desapercibidos o hacer como que no miran la estantería del porno. 
Pero hay algo que no llegaron a decir todos aquellos que predecían un apocalipsis. Nunca escuché a ninguno hablar sobre las virtudes de una sala de cine, sobre la magia que se respira en un estreno. Sí, es algo a lo que todos los cinéfilos nos hemos enganchado desde pequeños. Y a lo que cualquiera puede acceder, se trata de vivir el cine. Hablo de esos momentos en los que , durante el transcurso de una escena de acción, uno se gira a un lado y ve a una señora mayor pegando puñetazos en el aire. Hablo de momentos en los que estalla una carcajada generalizada, contagiosa, con una buena comedia. Hablo de esos momentos sensibles, emotivos, que te encojen el corazón, y que hacen que cuando te giras para coger un pañuelo de papel para secarte las lagrimas te das cuenta, de que hay media sala de cine llorando, disfrutando de esa momento, en la intimidad que ofrece una sala oscura, en unos sillones cómodos, y con una pantalla del tamaño que no cabría en ningún domicilio. Hablo de esos momentos en los que te planteas no volver a pisar una sala de cine porque un maleducado no para de hablar durante todo el metraje. Hablo de eso porque son momentos de encuentro con humanos, en sociedad, en comunidad. Y eso es lo que nos hace especiales, y por eso nunca dejarán de existir las salas de cine.

Gnomos de biblioteca


Yo descubrí la magia de las bibliotecas mientras hacía la “escapatoria”, termino que venía a significar lo mismo que pellas, novillos o robona. Ya había conocido la biblioteca que había en el colegio, y empezaba a despertar en mi la curiosidad por los libros, sobre todo por los de Alejandro Dumas y Julio Verne.  Pero no sabía nada sobre la magia que se respira en un santuario de libros como el que había en cada pueblo. Con miles de libros y mundos por descubrir.
Creo que nos saltamos la gimnasia y empalmamos con el recreo, y nos dimos una vuelta por el centro del pueblo, hasta que cayó un chaparrón.  Nos resguardamos de la lluvia en el gran portal de la biblioteca local y nos dio por entrar dentro. Recuerdo respirar silencio y respeto por los libros.  Y recuerdo,  tal y como me pasa con la primera película vista en el cine, cual fue el primer libro que me dio por mirar.  Era “Gnomos: Guía de los seres mágicos de España”, era finales de los noventa y no resultaba tan fácil disfrutar de una guía ilustrada como aquella. Al menos para mí y mi bolsillo.
En esta obra, el autor te acercaba, a través de bellas ilustraciones,  a los rincones escondidos de nuestros bosques, barrancos y cuevas donde supuestamente se encontraban todos estos personajes de leyenda, agazapados, esperando la luz el sol. Era mágico y recuerdo con especial cariño este libro, ese día, y esa aventura.
No fue la última expedición, ni la última vez que acaricié el lomo de aquel libro, que a día de hoy me arrepiento de no haber comprado.  En una de ellas mi padre me siguió y me llevó de vuelta a casa.  Y siempre se quedará en el anecdotario familiar aquel momento en el que le dijo a mi madre: “Me he encontrado a tu hijo mirando gnomos en la biblioteca”,  cosa que a día de hoy no deja de contar con mucha gracia.

Dos hermanos


Sucedió de verdad. Dos niños alemanes de unos ocho o nueve años han entrado en una tienda de regalos. Uno era rubio, llevaba algo de gomina en el pelo y una camiseta de un equipo de fútbol. El otro, negrito, con una gorra de color azul y una camiseta del mismo equipo. El rubito, que parecía el responsable del dinero, ha colocado un billete de veinte sobre el mostrador para que el dependiente le devolviera dos de diez. Una vez que el dependiente le ha cambiado el billete de veinte por dos de diez le ha dado uno a su hermano o primo y se ha quedado uno para él. He observado como los dos se ayudaban para elegir muñequitos de goma, coches y demás caprichos pasajeros, con los que he supuesto, pasarían la tarde jugando. Cuando le tocó pagar al negrito, le faltaban dos euros y se ha quedado bloqueado porque no sabía qué descartar. Su hermano no ha dudado ni un segundo en poner lo que faltaba sobre el mostrador. Y se han ido tan contentos de la tienda.
Cuando se han marchado no he podido evitar pensar que no habrá montaña, país, muro o Dios que separe a esos dos en el futuro. Y sobre todo he pensando en la distancia, cada vez más evidente, entre el mundo de los niños y los adultos.

El suicida multimillonario


De repente uno se ve mirando una noticia cualquier y siente algo; un impulso que le hace pensar en cosas existenciales, preguntas que todos nos hacemos una vez en la vida al menos.
Aquella mañana yo estaba leyendo una noticia en mi Smartphone: un chef multimillonario, que tenía un capital valorado en 13 millones de euros había perdido 12 millones de euros en malas inversiones.
Como siempre que me llama la atención algo le leí aquella noticia a mi mujer. A lo que ella se giró y respondió en el acto: por lo menos le quedaba un millón de euros.
Y de pronto pensé en ese dinero, y en la importancia que le damos al dinero, que determina nuestras vida, nuestra existencia. Sí, es lo que creo, determina nuestra existencia, hasta el punto de liarnos un cuerda al cuello si lo perdemos.Hasta el punto de sentirnos inferiores, como que la vida no tiene sentido y no merece la pena vivirla.
Un millón de euros es mucho dinero para determinadas personas. Ironicamente parece que para el chef un millón de euros no valía nada. Y recordé mi niñez, mientras jugaba con mi amigo Pablito y pensaba en peseteas. Un día me había hecho la típica pregunta en el patio del colegio ¿Que harías con un millón de pesetas? Y yo le respondí sin pensar: me compraría el tanque de Gi Joe, con toda la colección.
En aquella época los muñecos Gi Joe venía con las fotos de toda la colección detrás del envase, con la cara de todos los personajes y los componentes. La línea de juguetes Gi Joe ha sido a nivel histórico la más grande jamás creada. Mi obsesión por el tanque de Gi joe venía de una vez en la que nos reunimos en la casa de Mario, un chaval de Almería cuyo padre tenía un trabajo de comercial farmacéutico y cuyo objetivo era el de comprarle la colección entera. Lo que nos marcó de aquella tarde fue que tuvimos que esperar un rato a que Mario paseara aquel tanque por su habitación antes de poder montar nuestros Gi Joe, porque él los tenía todos y había ocupado sus asientos. Cada vez que intentábamos acercar nuestros muñecos los apartaba con la mano, con un gesto de desprecio. Nos hizo esperar allí sentados en el suelo, junto a la cama de nicho, mientras él terminaba de darle unas cuantas vueltas a la habitación. Recuerdo perfectamente el sentimiento de impotencia, de decepción, de engaño, ante semejante falta de tacto. El miraba su tanque mientras daba vueltas en círculo extasiado. Y antes de comenzar otra vuelta nos miraba de reojo haciendo entrever una extraña satisfacción, con la boca apretada. Mientras nosotros permanecíamos con un muñeco en cada mano allí planchados, de rodillas, con cara de tonto. En ese momento, al darnos cuenta de que nos tenía como unos simples espectadores de su demostración de narcisismo, y que nunca nos dejaría tocar aquel tanque, tomé la determinación de escapar de allí , para seguir jugando con mis Gi Joe en un montón de arena que había junto a la cera de mi calle, frente a una casa en la que estaban haciendo unas reformas. Momentos después se unió Pablito con sus muñecos. Recuerdo que construimos trincheras y túneles, y solo cuando se hizo de noche, volvimos a nuestras casas llenos de arena, con las camisetas arrugadas,por fuera del pantalón y muertos de hambre.
De repente. Me veo con treinta cuatro años recordando aquella tarde. Y me vienen a la cabeza muchas otras ocasiones en la que no he consentido que me hicieran sentir inferior por no tener esto o aquello. Nunca he consentido que nadie me insinuaran que yo no valía la pena por tener cosas, o que mi vida no tenía sentido por no sumarme a esa locura. De como he visto una puesta de sol junto a mi mujer o he callejeado con un bocadillo en la mano mientras hacía un viaje con lo puesto. De como las sonrisas y las caricias, el encuentro con el otro, no tiene precio. Y me ha dado pena que Mario acabara allí solo, con una habitación llena de juguetes, con la colección entera de los Gi Joe, jugando solo, en una habitación en la que oscurecía mucho antes que en el montón de arena de la obra. De como en algún momento dejamos de ir a casa de Mario para hacer nada, porque lo tenía todo sin tener nada. De como aquel chef se sentiría igual, vacío, como que la vida no tendría el sentido suficiente como para seguí viviendo, tuviera el dinero que tuviera, incluso el suficiente como para comprar una fábrica para hacer hacer tanques de Gi Joe. Y me ha dado pena. Mucha pena.



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He publicado un libro...

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Un día


Un día me miré en el espejo y me dije:
Las respuestas adecuadas sobre las preguntas que te haces a ti mismo no están fuera, nadie te las dará. Vive cada día como si fuera el último, porque no sabes si es el último. El futuro no existe, y el pasado tampoco, no te tortures. Pero está bien hacer planes porque tienes sueños, y los sueños sin metas se quedan en sueños. Haz el amor y no la guerra, solo ese sentimiento de amor profundo te dará fuerzas para tolerar el fracaso. Si no sabes en qué consiste el fracaso no podrás saborear nunca tu propio triunfo. El triunfo, el éxito y la felicidad son construcciones mentales, a veces creadas para manipular. Cuida tu cuerpo y los pocos objetos que tengas, lo básico para vivir. Es una tontería centrar tu vida en tener y poseer un objeto material, porque cuando te mueras no te lo llevarás. Las demás personas son humanos como tú, y cuando les odias te estás odiando a ti mismo. Elige estar con la gente y no que ellos decidan cuando tendrás que estar para ellos. Lo que parece más urgente no tiene por qué ser lo más importante. Si te sientan mal los comentarios, cotilleos y demás porquerías que cuentan sobre tí ,les estás dando a esos el poder de manipular tus emociones. Recuerda que no puedes controlar lo malo que te pase, pero sí puedes controlar como te sienta. Sé libre, no te preocupes por lo que no puedes controlar, y ármate de paciencia y fuerza para aguantar lo que te entregue el destino. La verdadera libertad es interna, no es un objeto o una idea, porque corremos el peligro de perder esos objetos y esas ideas impuestas. La verdadera libertad no se pierde nunca. Ten fe en algo, mira el vaso medio lleno siempre. No todo es malo, y si crees que todo es malo es porque creías ciegamente que todo iba a ser bueno. No aparentes algo que no eres, impacta con lo que eres de verdad. Sé tu mismo, pero antes conócete y quiérete mucho, quiérete mucho, quiérete mucho. Quiérete más que nadie.
Y lo más importante: No estas loco, tan solo piensas diferente.

Mi memoria

Mi memoria y yo vamos caminando por el paseo de la vida. A veces intento agarrarle la mano con fuerza, para que se note que no quiero que se vaya. Rastreo recuerdos, y miro fotografías como si buscara algo. A veces cuando escribo sobre mis recuerdos no estoy ni preocupado por la historia que saldrá. Porque permanezco apegado a mi memoria. Lo que escribo forma parte de mi camino.
Eso lo llevo muy dentro, lo sé. Aun recuerdo cuando iba a supermercados con mi novia y rebuscaba entre góndolas de ofertas algunos cds. Eran tiempos felices, al menos así lo recuerdo. Conducíamos y escuchábamos esos discos. No pensábamos tanto en el futuro, en el pasado, o eso creo. Y vivíamos intensamente. Supongo que por eso dicen que a los veinte años somos más felices. Yo me recuerdo muy feliz.
Ahora hablo con amigos y familiares. Los años han llegado para quedarse, y parece que nos cuesta vivir el presente. Las preocupaciones acechan, de un momento a otro puede que nos convirtamos en enemigos de nuestra propia memoria. Y entonces no se que será de nosotros, si lo único que nos ayuda a filtrar, a conmemorar dignamente, y a cuidar de nuestra salud emocional se vuelve en nuestra contra. Después de todo estamos hechos para añorar el pasado, disfrutar del presente y planificar el futuro.
A medida que pasan los años siento que nos complicamos más la vida. Siento que aparecen los bucles, las obsesiones, los sueños sin cumplir. Y solo me consuela visualizarme en un futuro como un escritor viejito, que cada mañana antes de escribir se pone un papel o un libro en el pecho durante unos segundos, y respira hondo. Como si esa muestra de apego fuera el último recurso para no dejar ir aquella actividad que tanta felicidad me ha proporcionado con el paso de los años. Como si necesitara agarrarme a una prueba física de que he estado aquí, en la tierra, entre gente maravillosa. Pienso en eso y se me hace un nudo en la garganta. Pienso que poco a poco nace en mi el miedo a perder la memoria. Y me digo: hoy publicaré sobre esto.

El paraíso de las hormigas



Creo recordar que era muy chico cuando hice mi primera reflexión seria sobre la consciencia. Yo por entonces estudiaba en un colegio que tenía una parte del patio arbolada. Y unos cantos compañeros de clase nos pasábamos la hora antes del recreo nerviosos, pensando en la competición de canicas de turno, o contando a escondidas la colección de pegatinas que queríamos intercambiar segundos después de que sonara el timbre del recreo. Había algunas muy cotizadas, y durante los primeros cinco minutos de recreo se intercambiaba la mejor mercancía.
Un día llevé un comic a clase. Yo no tenía muchos, pero ese me había gustado desde el primer momento que en el que lo vi en el kiosco. Era uno especial de Robin. En la portada salía montado en el sidecar de la moto de Batman. Siempre pensé que hasta en su propio comic tendría que salir Batman, pero me gustaba mucho el colorido de la vestimenta; verde, rojo y amarillo. Entre descanso y descanso de clase lo leía, y en algún momento mi compañero de pupitre, Pablito, se acercaba para mirarlo también. En aquel curso tenía una extraña rivalidad con un chico de esa clase, que llevaba unas gafas con lentes de culo de vaso, con la montura rota, y arregladas con esparadrapo. Años después me reiría de todas aquellas películas en las que el típico niño maltratado por los compañeros en el colegio tenia este tipo de gafas. Porque en este caso el matón de la clase era él. 
Por supuesto se fijó en el comic. Así que me lo pidió. Y yo, que sabía que si lo dejaba no lo vería de vuelta, no cedí, y me aproveche de la presencia del maestro entre clase y clase para no dejarme extorsionar. El niño de la montura rota me dijo que me iba a enterar, y así fue como me di cuenta de que me buscaría incansablemente durante el recreo para quitarme el comic o darme una paliza. O para hacerme las dos cosas, una detrás de la otra.
Tal y como solía pasarme, aquel miedo me duro cinco minutos. Por que cuando sonó el timbre del recreo me comí el bocadillo muy rápido salí corriendo a la arboleda para jugar a las canicas. Cuando llegamos a la extensión en la que solíamos jugar a las canicas nos encontramos con una hilera de hormigas, todas andando en fila india. Mi amigo Pablito quería pisarlas y yo se lo impedí con todas mis fuerzas. Le explique que esas hormigas ”tenían sentimientos y estaban vivas” o algo así. Parecía que esto había marcado a Pablito, porque se sentó a observarlas, y yo también. Me di cuenta de que las hormigas seguían un orden, que no todas iban en la misma dirección, y que las que venían de vuelta iban cargadas. Me impresionó como aquel grupo de insectos podían llegar a tener un sistema tan eficiente. Aquello era un pequeño milagro de la naturaleza.
Aquella experiencia de observación de la naturaleza duró poco porque el pie del matón de las gafas de culo de vaso aplastó unas cuantas hormigas. De pronto me vi marcado por aquella tragedia, como si hubiera presenciado como un tsunami arrasaba una ciudad entera, sin poder hacer nada para evitarlo. Mire disgustado la cara del matón, que parecía disfrutar con mi sufrimiento. Y me debatí entre tirarme encima de él para acabar pisándole la cabeza o simplemente pasar. Y él volvió a correr por encima de las hormigas para acabar el trabajo. Le dije que no siguiera y salió corriendo mientras se reía de mi. Y yo me quedé allí mirando como aquellos pequeños insectos terminaban de cascarla, pensando que pasarían a mejor vida, posiblemente al paraíso de las hormigas.
Hoy he recordado mi reacción y como me quedé allí atontado, sin hacer nada para vengar la muerte de aquellas pobres hormigas. Y he pensado en esto porque casualmente estoy leyendo un libro que dice algo así: “la mayor victoria se encuentra en uno mismo”. Cada vez que me he encontrado con un matón de gafas de culo de vaso he gestionado el asunto de esta manera, pensando que no podía dejar que el odio guiara mis acciones, luchando contra mi mismo, ganando esa batalla diaria que tenemos contra aquellas personas que nos intentan hacer la vida imposible. 
Algunas veces lo consigo, y otras no.

Maribel y la extraña familia

Tenía la piel muy suave aunque él no se había atrevido a acariciarla. No podía tratarla como a un libro. El libro le daba todo lo que quería, incluso la ventaja de poder acariciar el papel; oler sus páginas, darle sentido a todas aquellas palabras bonitas. Las palabras solo le podían dar la razón. Y Leocadia había provocado muchos síntomas fisiológicos, que había experimentado sobretodo en las dos últimas semanas. Le daba sentido a todas aquellas cosas que no había aprendido en los libros, y que se alejaban de la razón.
—Leocadia es nombre de Diosa. Por lo menos.
Abrió la ventana de su habitación y una bofetada de aire fresco le sacó por unos segundos de aquella escena soñada noches atrás.
—Estoy segura de que eso se lo dices a todas.
No estaba seguro de lo que había dicho porque se había concentrado en la mano de ella, que rozaba todos aquellos libros que ocupaban la única estantería de su habitación. Y ella se había detenido en “Maribel y la extraña familia”. Quería que le prestara aquel libro. Estaba claro que ella había llegado para llevarse algo más que un pedacito de su alma. Abarcaba también el universo material de los libros. Y así fue como se quedó con una obra de su biblioteca personal. A ella le gustaba aquel libro, no sabía muy bien por qué. Pero quería tenerlo.
Los dos se habían sentado en el pasillo oscuro de la casa. No había adultos allí, no había todo lo demás. No estaba ese mundo al que parecían no pertenecer. Ella absorbía todo con su extraña mirada. Como la de una gata curiosa, atenta siempre. Con una respuesta rápido, inteligente. Le hacía parecer bobo. Ella le decía tonto en algunas ocasiones y él se derretía.
Leocadia le había dicho que algunas veces pensaba cosas raras y que no le gustaba estar sola. Pero que tampoco quería estar rodeada de gente. Quizá por eso él la invitó a su casa aquel día. Porque aunque sus amigos eran los libros, siempre los disfrutaba en soledad. Se parecían un poco los dos. Y tiempo después, se arrepintió de aquello porque se enteró de que en realidad ella escapaba de problemas. Y por eso llegó a la conclusión de que era tonto de verdad. Ella tenía problemas y él se había preocupado solamente por tener la posibilidad de rozar su piel. Pensar aquello lo hacía todo un poco más triste.
Se apoyó en su hombro. Y los dos se quedaron allí planchados, sentados en aquel pasillo, juntos pero solos. Nunca más estarían tan unidos en todos los sentidos. Él no vería más su libro, y ella se llevaría mucho más que aquellas páginas. A partir de ese momento su biblioteca se apagaría poco a poco, como la llama de una vela. Los libros no tendrían sentido, porque él buscaría a muchas más mujeres que lecturas para olvidarla. Para olvidar aquella oscura tarde, aquel instante en el pasillo. Para intentar separarse de todos los libros que ella había rozado con sus dedos.
No había palabras bonitas para describir aquel sentimiento. No había un desenlace feliz. Aquella sensación desesperada de perder algo que no había tenido nunca se parecía demasiado a la de leer un trágico final. El tiempo pasó y ella nunca se marchó de su mente. Nunca, porque siempre se había sentido solo en algún momento de su vida, en algún pasillo oscuro. Y por algún extraño motivo siempre se le aparecía la imagen de aquel ángel negro, de aquella chica de mirada extraña, que le había robado un pedazo de su alma, y que la acompañaría durante el resto de su vida.
Leocadia había llegado para quedarse y viviría con el dolor de no poder volver a rozar su piel.

La conspiración infantil


Yo tardé en darme cuenta de que los reyes magos eran una fantasía. No recuerdo exactamente con qué edad lo averigüé, pero con el paso de los años até cabos. Con ayuda uní las piezas del puzle, resolví una conspiración infantil, cuya sospecha había rondado por las aulas de primera de mi colegio. La verdad es que hoy tengo que confesar que el año que que me enteré de que los reyes magos eran mis padres me hice el tonto.
En casa habíamos incorporado una costumbre nueva cada año; se dejaba algo de agua en la bañera para que los camellos pudieran beber, y un plato con galletas como tentempié para los reyes magos. Ese año aprendí el significado de la palabra tentempié. Y nunca se me habría ocurrido que que los tres reyes magos acompañados de su correspondientes pajes y los camellos no podrían caber en nuestro pequeño piso de dos habitaciones, y mucho menos que los camellos no tendrían como entrar en el baño para beber el agua.
Mi amigo Pablo, con el que compartí pupitre durante dos cursos de primaria, desmontó la trama. Y no sé si ese palo ayudó a que nuestra amistad se deteriorase, ya que pocas veces en la vida he sentido un golpe de realidad tan duro como ese. Fue durante un recreo cuando me reveló que los reyes magos eran nuestros padres. Al principio, me resulto increíble, y yo le rebatía con que cuando regresábamos de ver la cabalgata por la noche, los camellos se habían bebido el agua y los reyes se habían comido las galletas. A lo que Pablo me respondió “Eres tonto. La bañera la ha vaciado tu padre antes de que llegues a tu casa y las galletas se las habrá comido él” “Tu padre se ha comido las galletas y se ha llenado la boca” me decía mientras se hinchaba los mofletes y se mofaba de mí delante de los otros niños. Yo le pregunté que como se había enterado y me dijo que su padre le había dicho que los reyes magos no existían. Al parecer, había pedido un coche radiocontrol de tyco y le habían traído un chandal de marca. Y su padre le había dicho que eso era lo que había porque el único rey mago que había era él, y que le había costado sudor y lagrimas comprarle eso.
Un año después me vi en la misma situación: mi padre llenando bañeras y sacando galletas para los reyes de oriente. Y yo observando como lo hacía, como se le cambiaba la cara con aquella actividad que hacíamos los dos, mientras me contaba historias sobre los reyes de oriente, sobre el camino que habrían emprendido para llevar regalos a todos los niños. Había algo en su forma de hablar, de moverse, que le hacía mucho más cercano, más amigo. Y hoy en día creo que el participaba en aquella conspiración infantil por necesidad, por ilusión. En aquel momento, tal y como he comentado al principio de mi relato, me hice el tonto, le seguí la corriente. Y vi las cosas con otra mirada, más adulta, más madura, pero con una extraña sensación de disfrute. Supongo que él también sentía lo mismo cuando con aquellos gestos conseguía crear un relato mágico, un argumento que nos sacara a todos de la cruda realidad, porque después llegué a la conclusión de que en mi casa no nos habíamos acostumbrado a pedir nada especial, quizá hipnotizados por la única necesidad de vivir el día de reyes, quizá por necesidad. Le dábamos más importancia al evento que a los regalos. Soñábamos con la magia.
Y eso es algo que a día de hoy echo de menos.

Era una familia peculiar


Era una familia peculiar. Han entrado, han comprado unas palas para jugar en la playa y se han ido contentos.
Son alemanes. El hijo "pequeño" tendrá unos treinta y tantos, y el que supongo es el mayor; entradas, pendiente y cresta, a saber... El padre de esta familia tan peculiar estaba muy acalorado, sudaba mucho. Ha pagado sin pestañear y el hijo "pequeño" de treinta y tantos, con pantalón pirata y calzoncillos de cuadros que sobresalían, me ha deseado un buen día (hace tiempo que no me desean algo). Cuando ha salido le ha dedicado una amable sonrisa a la madre, que esperaba en la puerta, y le ha ofrecido el brazo. Se movía lenta y su mirada reflejaba confusión. Era mayor. Y esa imagen me ha golpeado en la cabeza con la fuerza de un martillo. Así estoy, que llevo dolorido todo el día...
Todavía hace calor en Prescidia. Ya no se ven albatros pescando, y las playas, vacías, esperan el temporal de invierno.

Pese a los avances


Dicen que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Será que nos olvidamos de vivir y que con el paso de los años nos hacemos un lavado de cerebro para no enfrentarnos a esa dosis de realidad. Incluso uno puede llegar a pensar que es gracioso negar lo único que sabemos con certeza sobre la vida.
Frente a la tienda hay un buzón. Pese a los avances, la gente manda postales. Y estoy seguro de que esas postales contienen mucho de esas personas. Mucha verdad, a veces me gustaría saber que contienen esas postales. Me gustaría saber si las personas que las mandan se sienten atrapadas por sus pasiones. Si han cumplido sus sueños. Si no creen en los sueños. Quizá no sea yo el único que necesita un manual, en estos momentos. Quizá la vida sea para todos igual de difícil, aunque algunos lo disimulen muy bien.

Postales desde Prescidia


Leer postales supone vivir otras vidas. Sentarte a observar como los demás prometen cosas que nunca cumplirán. También hay algo en la escritura que es terapeutico. Tan solo tenemos que sentarnos y escribir en una hoja en blanco, que llenaremos con todas esas cosas que no nos atrevemos ni a pensar. Nos sentaremos en una mesa, o en el suelo, gozando de esa flexibilidad que te concede un ejercicio que puede llegar a ser espiritual. La escritura da libertad, y satisfacción personal.
Pero cuando las palabras van dirigidas a otra persona todo es diferente. No es lo mismo escribir para nosotros que para los demás. Y no es lo mismo hablarles a esas personas que queremos, o admiramos, que mandarles una postal. Existe un universo de posibilidades, de historias, y de finales. Que no siempre son bonitos.
No sabía que había tanta gente fascinada con Prescidia. Sé que muchos escriben desde una mesa que hay a unos metros de la tienda. Se sientan a que les de el sol, que ya es prácticamente de octubre. Y se emocionan contando como les han impactado las playas, el pueblo, la gente. Y se nota que se sienten renovados. Otros, sin embargo, echan de menos a esas personas tan especiales. Y hubiesen dado lo que sea porque esas personas fueran de viaje con ellos. Aun así, lo plasman en una postal.
Cuando leo estas postales me pregunto si estaré equivocado. Porque estoy seguro de que yo también veo ese paisaje que describen con tanta emoción, de que respiro ese mismo aire que ellos y siento en mi piel misma brisa que llega hasta lo más profundo de su corazón. Estoy empezando a sospechar que estaba equivocado en muchas otras cosas. Pero eso me lo dirán otras postales. De momento sigo con la misión de mandar todas aquellas que nunca habrían llegado si no fuera por mi.

Y si el tiempo


Y si el tiempo es en realidad una ilusión. Una figura que moldeamos con el paso de los años, que condiciona nuestra interpretación de lo que somos de verdad. 
Que bonito sería ganarle la batalla al tiempo en ese sentido. Quedarme en una mirada a dormir. En una bella expresión que se hizo eterna alguna vez, y que siempre he buscado incansablemente. Imposible, claro, y sin embargo, un ansiado deseo. Quizá en esa mirada si que fui feliz…
Quizá me hago fuerte con ese recuerdo día a día.
Sería estupendo no tener que esperar una desgracia para ser uno mismo. Verlas venir para saberme sabio, digno de una vida que también quisiera vivir sin sufrimiento.
Y aparece en juego el sufrimiento. Y me pregunto si es posible una vida sin sufrimiento, o sin tiempo. Y así pasan los días, los años y la vida.

La verdad


Estaban en el punto en el que podían hablar de todo. Las conversaciones en el coche eran eternas, y compartían muchos recuerdos de la infancia. Pero cuando se miraban pensaban siempre en lo mismo. Les venía a la mente,a los dos, como si fuera algo telepático, la sensación de tener que compenetrarse más.
Aquella sensación era el momento cumbre. La verdad estaba ahí y no dejaba que ocurriera cualquier otra cosa. El momento en el que tenían que avanzar los dos en la misma dirección había llegado. Pero irónicamente, la incertidumbre de expresarlo, les había llegado también a los dos al mismo tiempo. Tenían que correr el riesgo porque se estaban impacientando.
Tal vez sucedió por una necesidad absoluta. En el momento en el que el hambre dejaba de tener importancia y las necesidades físicas se veían afectadas. En aquel momento en el que no había diferencia entre la vida real y aquel estado casi onírico. La verdad estaba ahí, les gobernaba a cada segundo que pasaba.
El primer te quiero vino durante una de aquellas eternas conversaciones mientras él conducía. Ella le correspondió y el alivio llegó de manera instantánea. La paz les tranquilizó y se cogieron la mano. El le entregó su mano derecha con delicadeza, mientras sujetaba el volante con la izquierda. Todo había ocurrido tan deprisa que no pensó en parar el coche. La verdad se había ocupado de la incertidumbre. Una verdad tan potente que había cambiado sus vidas, la manera en la que habían vivido en los últimos años. Aquella verdad había borrado los malos recuerdos de sus mentes. Les había convertido en dos personas felices y enamoradas.
Esa era la verdad.

Cambio


Le tenemos tanto miedo a los cambios. Bueno, yo en realidad siempre le he tenido miedo a los cambios. Será que necesitamos seguridad en nuestras vidas. Y que el ser humano necesita esa seguridad como algo básico en su existencia. Pero acostumbrarse al cambio es una manera de vivir y adaptarse al medio. A veces pienso que es esencial y que me queda mucho que aprender al respecto.
Por eso hoy quería contarte algo sobre el cambio. A mi no me ha gustado nunca, pero hace poco decidí cambiar una parte de mí. Llegué a la conclusión de que el miedo a determinadas cosas me paralizaba. Y que había proyectos que no empezaba por diferentes miedos. Y creo que no hay mejor manera de adaptarse al cambio que empezar por cambiar nuestra tendencia a escapar de lo que queremos hacer por miedo.
Afrontar mis miedos es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Te deseo una feliz semana llena de cambios. De cambios diarios, para vivirlos con alegría y energía suficiente como para ser conscientes de ellos.

Dos amigas



Hay algo en una relación de amistad que es inquebrantable. Existe una conexión entre dos seres humanos imposible de partir. Y quizá esto venía a representar la escena de aquellas dos muchachas, paradas en la calle, hablando sobre sus cosas. Las dos mujeres habían estudiado en el mismo colegio, el mismo instituto y la misma universidad. Y se habían hecho muy amigas ahí. Habían compartido horas y horas entre clase y clase. Sus recuerdos más íntimos. Los más importantes de su juventud.

Celebrar



Que poca importancia le damos a ciertas palabras. Algunas son como ese sol que nos gobierna, que da sentido a todas las cosas. Y sin embargo no le damos importancia, porque parece que solo tiene sentido cuando protagoniza una fotografía, una preciosa vista de un atardecer quizás.

No recordaba un mes de Noviembre tan frío



No pudo contener la respiración lo suficiente al abrir la puerta de su armario. El aleteo de una polilla le llevó de vuelta a la realidad. El armario que había compartido estaba vacío, como su corazón. Ya no sentía su calor, sus caricias al amanecer, sus besos justo antes de caer rendidos los dos al terminar un día en común, justo antes de unir sus cuerpos, con el pijama como único obstáculo entre sus pieles ansiosas de calor. Al cerrar la puerta del armario Noviembre le comió. Y el frío pasó a ocupar ese espacio, que antes había sido calor, generado por una energía, por la sinergia de unos espíritus libres, que solo buscaban un destino común. Un hogar donde abrigarse y apartarse del frío.