La conspiración infantil


Yo tardé en darme cuenta de que los reyes magos eran una fantasía. No recuerdo exactamente con qué edad lo averigüé, pero con el paso de los años até cabos. Con ayuda uní las piezas del puzle, resolví una conspiración infantil, cuya sospecha había rondado por las aulas de primeria de mi colegio. La verdad es que hoy tengo que confesar que el año que que me enteré de que los reyes magos eran mis padres me hice el tonto.

En casa habíamos incorporado una costumbre nueva cada año; se dejaba algo de agua en la bañera para que los camellos pudieran beber, y un plato con galletas como tentempié para los reyes magos. Ese año aprendí el significado de la palabra tentempié. Y nunca se me habría ocurrido que que los tres reyes magos acompañados de su correspondientes pajes y los camellos no podrían caber en nuestro pequeño piso de dos habitaciones, y mucho menos que los camellos no tendrían como entrar en el baño para beber el agua.

Mi amigo Pablo, con el que compartí pupitre durante dos cursos de primaria, desmontó la trama. Y no sé si ese palo ayudó a que nuestra amistad se deteriorase, ya que pocas veces en la vida he sentido un golpe de realidad tan duro como ese. Fue durante un recreo cuando me reveló que los reyes magos eran nuestros padres. Al principio, me resulto increíble, y yo le rebatía con que cuando regresábamos de ver la cabalgata por la noche, los camellos se habían bebido el agua y los reyes se habían comido las galletas. A lo que Pablo me respondió “Eres tonto. La bañera la ha vaciado tu padre antes de que llegues a tu casa y las galletas se las habrá comido él” “Tu padre se ha comido las galletas y se ha llenado la boca” me decía mientras se hinchaba los mofletes y se mofaba de mí delante de los otros niños. Yo le pregunté que como se había enterado y me dijo que su padre le había dicho que los reyes magos no existían. Al parecer, había pedido un coche radiocontrol de tyco y le habían traído un chandal de marca. Y su padre le había dicho que eso era lo que había porque el único rey mago que había era él, y que le había costado sudor y lagrimas comprarle eso.

Un año después me vi en la misma situación: mi padre llenando bañeras y sacando galletas para los reyes de oriente. Y yo observando como lo hacía, como se le cambiaba la cara con aquella actividad que hacíamos los dos, mientras me contaba historias sobre los reyes de oriente, sobre el camino que habrían emprendido para llevar regalos a todos los niños. Había algo en su forma de hablar, de moverse, que le hacía mucho más cercano, más amigo. Y hoy en día creo que el participaba en aquella conspiración infantil por necesidad, por ilusión. En aquel momento, tal y como he comentado al principio de mi relato, me hice el tonto, le seguí la corriente. Y vi las cosas con otra mirada, más adulta, más madura, pero con una extraña sensación de disfrute. Supongo que él también sentía lo mismo cuando con aquellos gestos conseguía crear un relato mágico, un argumento que nos sacara a todos de la cruda realidad, porque después llegué a la conclusión de que en mi casa no nos habíamos acostumbrado a pedir nada especial, quizá hipnotizados por la única necesidad de vivir el día de reyes, quizá por necesidad. Le dábamos más importancia al evento que a los regalos. Soñábamos con la magia.

Y eso es algo que a día de hoy echo de menos.





















5 comentarios:

  1. La ilusión no se debe perder aún siendo muy adultos, la magia tiene que perdurar en los corazones y esa noche pedir a los Reyes aquellos deseos posibles que nos alegran la vida. Enhorabuena por tus relatos, un abrazo

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    1. Muchas gracias por tus palabras. Ahora mismo me pillas en un momento no muy bueno. Esto me da mucho animo. Un abrazo fuerte.

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