Maribel y la extraña familia



Tenía la piel muy suave aunque él no se había atrevido a acariciarla. No podía tratarla como a un libro. El libro le daba todo lo que quería, incluso la ventaja de poder acariciar el papel; oler sus páginas, darle sentido a todas aquellas palabras bonitas. Las palabras solo le podían dar la razón. Y Leocadia había provocado muchos síntomas fisiológicos, que había experimentado sobretodo en las dos últimas semanas. Le daba sentido a todas aquellas cosas que no había aprendido en los libros, y que se alejaban de la razón.

-Leocadia es nombre de Diosa. Por lo menos.

Abrió la ventana de su habitación y una bofetada de aire fresco le sacó por unos segundos de aquella escena soñada noches atrás.

-Estoy segura de que eso se lo dices a todas.

No estaba seguro de lo que había dicho porque se había concentrado en la mano de ella, que rozaba todos aquellos libros que ocupaban la única estantería de su habitación. Y ella se había detenido en “Maribel y la extraña familia”. Quería que le prestara aquel libro. Estaba claro que ella había llegado para llevarse algo más que un pedacito de su alma. Abarcaba también el universo material de los libros. Y así fue como se quedó con una obra de su biblioteca personal. A ella le gustaba aquel libro, no sabía muy bien por qué. Pero quería tenerlo.

Los dos se habían sentado en el pasillo oscuro de la casa. No había adultos allí, no había todo lo demás. No estaba ese mundo al que parecían no pertenecer. Ella absorbía todo con su extraña mirada. Como la de una gata curiosa, atenta siempre. Con una respuesta rápido, inteligente. Le hacía parecer bobo. Ella le decía tonto en algunas ocasiones y él se derretía.

Leocadia le había dicho que algunas veces pensaba cosas raras y que no le gustaba estar sola. Pero que tampoco quería estar rodeada de gente. Quizá por eso él la invitó a su casa aquel día. Porque aunque sus amigos eran los libros, siempre los disfrutaba en soledad. Se parecían un poco los dos. Y tiempo después, se arrepintió de aquello porque se enteró de que en realidad ella escapaba de problemas. Y por eso llegó a la conclusión de que era tonto de verdad. Ella tenía problemas y él se había preocupado solamente por tener la posibilidad de rozar su piel. Pensar aquello lo hacía todo un poco más triste.

Se apoyó en su hombro. Y los dos se quedaron allí planchados, sentados en aquel pasillo, juntos pero solos. Nunca más estarían tan unidos en todos los sentidos. Él no vería más su libro, y ella se llevaría mucho más que aquellas páginas. A partir de ese momento su biblioteca se apagaría poco a poco, como la llama de una vela. Los libros no tendrían sentido, porque él buscaría a muchas más mujeres que lecturas para olvidarla. Para olvidar aquella oscura tarde, aquel instante en el pasillo. Para intentar separarse de todos los libros que ella había rozado con sus dedos.

No había palabras bonitas para describir aquel sentimiento. No había un desenlace feliz. Aquella sensación desesperada de perder algo que no había tenido nunca se parecía demasiado a la de leer un trágico final. El tiempo pasó y ella nunca se marchó de su mente. Nunca, porque siempre se había sentido solo en algún momento de su vida, en algún pasillo oscuro. Y por algún extraño motivo siempre se le aparecía la imagen de aquel ángel negro, de aquella chica de mirada extraña, que le había robado un pedazo de su alma, y que la acompañaría durante el resto de su vida.

Leocadia había llegado para quedarse y viviría con el dolor de no poder volver a rozar su piel.

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