La economía de las caricias


Hace unos años el terapeuta Claude Steiner nos planteó las diferencias que nos proporcionan nacer y crecer en un mundo con signos de reconocimiento, de buenas palabras, abrazos, en un estudio que venía a llamar la economía de las caricias. Daba a entender que para procurar nuestra existencia necesitábamos algo más que la comida y la bebida para la hidratación y la alimentación diaria.
Cuando recuerdo este estudio me vienen a la mente muchas situaciones cómicas ¿Se imaginan ir a la plaza a por patatas y hacer un trueque por caricias? ¿Cuanto vale el kilo de boquerones? el pescadero diría: deme una caricia en la cara. o un puñado de buenas palabras. Pero estaría bien en según que casos. A más de uno la hacen falta todas aquellas caricias que su madre no les dio de pequeños ¿Se imaginan salvarse de una multa por rebasar la velocidad en carretera a cambio de un abrazo? La estampa sería cuanto menos extraña, bizarra, propia de una distopía, a los juegos del hambre. Pasaríamos por las calles y veríamos muchos seres humanos abrazándose, aparentemente queriéndose. Es algo raro de imaginar, pero en cualquier caso un sueño para todos aquellos que anhelan un mundo en el que alguna vez, supuestamente, nos quisimos más. Un mundo que en realidad nunca existió. No sé hasta que punto es sostenible eso. Si en algún momento aprenderemos que según que caricias utilicemos podremos conseguir una cosa u otra. Se me hace retorcido pensar en eso, en la idea de que estemos calculando y estudiando cuantas caricias nos hacen falta para vivir dignamente, ansiosos de esta meta imposible que es la felicidad.
Se me ocurre pensar que eso ya lo tengo en realidad. Y no me hace falta creer en esa idea de un mundo en el que se calcule y fomente el buen rollo. Esto que veo tan extraño con humanos lo hace muy bien mi gata. Ella practica conmigo la economía de las caricias, es doctorada en esta especialidad. Pero de una forma mucho más sutil; Mi gata se acerca a mi para que la acaricie y para convertir esa caricia en una recompensa para mi, hasta el punto de que soy yo el que tiene ha obtenido el beneficio de acariciar. Existe un aire de complicidad entre los dos siempre que se acerca, porque ella sabe como pedir lo que quiere de la manera más fácil, dándome la oportunidad de entregar todo ese cariño que necesitamos dar todos los seres humanos, lo llevamos ya de serie. Es una caricia simplemente. Siempre pide a través de las caricias. Ella deja que le acaricie el lomo, la nuca, la espalda. Ella se estira y se sienta a mi lado mientras escribo, mientras escucha el sonido del tecleo tac, tac, tac .Y así funciona nuestra pequeño economato de caricias. Mi gata siempre está ahí y es sencillo, solo quiere comida y caricias. Y yo su compañía. Sentir que está a mi lado siempre. Su vida es sencilla, como la de un animal feliz. Y es como tiene que ser. Así es la felicidad de lo sencillo.
Y me quedo con la palabra sencillo. Porque nosotros no somos sencillos. Nosotros, los seres humanos, necesitamos mucho más que una simple caricia para vivir, no podemos consentir convertirnos en una anécdota, en algo cuantificable, algo que se mide en estímulos positivos o negativos. Siempre hemos sigo algo más. Y creo que la economía de las caricias esconde una perversa mirada simplista, que nos lleva a algo mucho más macabro; Un mundo en el que todo se reduce a un gesto, que es lo que nuestra oscura mente de ser humano quiere en muchas de las ocasiones, un simple gesto para explicarlo todo; El mundo de lo rápido, del aquí te pillo y aquí te mato. El de las quedadas por WhatsApp para darnos unas caricias, para intercambiar unos halagos. Un mundo que cada vez se quiere alejar más del fango, de la tragedia que ha dado tantas historias y ha creado tantas vidas vividas dignamente. Un mundo alejado de lo triste, de la perdida, de lo lejano, de las despedidas que siempre tenemos que soportar ¿Habrá en esta economía de las caricias una paga especial para todas aquellas personas que nos han dado la mano antes de irse? ¿Podemos predecir eso y prepararnos para vivirlo de la mejor manera posible? ¿Cual es la mejor manera posible? ¿Como medimos esa caricia final, a la persona que nos ha dado una vida entera? No creo en la economía de las caricias sencillamente porque no se si eso forma parte de algo que queremos de verdad. No sé si es comercial, ni si es lo más indicado en un mundo que cada vez me resulta más frío, pese a la cantidad de estudios, filosofías, terapias y teorías que existen relacionadas con la comunicación entre humanos. No se si una caricia se puede estudiar. Al menos a estos niveles.

El ostiao


Leo la noticia y me quedo perplejo: Un padre se olvida de su bebé en el coche y cuando regresa está muerto. Me quedo perplejo, y me cuesta mucho asimilar la información. Necesito indagar más, clicar en el enlace “leer mas” del artículo digital. Necesito leerlo para intentar comprender como puede un padre olvidarse de su hija en el coche, y marcharse a trabajar tranquilamente.
Hay un nombre para eso en mi pueblo, para ese despiste. Y es que el hombre está “ostiao”. Es un ostiao porque se ha olvidado de su propia hija, y seguro que mucha gente lo pensará y lo dirá, en algún bar, en alguna casa mientras se merienda: “Hay que estar ostiao pa olvidarse a una hija en el coche”.
Pero yo no puedo dejarlo ahí. No me entra, y no se si me afecta más de la cuenta. Mi hija nacerá en Enero y se llamará Marta también, y yo no puedo olvidar el asunto. De repente, me pongo en el lugar del hombre. Parece que le dio un ataque de ansiedad cuando se enteró del asunto. El se había marchado a su trabajo y justo antes tenía que haber dejado a su hija en la guardería. Pero no lo hizo, dejó el coche aparcado y se montó en el metro y se olvidó a su hija dentro del coche. Y ahí hay mucho más que un ostiao, hay un hombre que no puede con la vida, que está estresado. Que no sabe ni donde vive.
Una psicóloga ha echado la culpa al nivel de vida que tenemos. Al estrés diario, al desgaste cognitivo que estamos teniendo con nuestro día a día. Yo repaso mi vida, y separo. Porque tengo miedo de que en el futuro me pase con mi hija Marta. En el fondo estoy pensando en todo esto y por eso me afecta tanto. Pero lo de la psicóloga no me vale.
No puedo odiar a ese hombre, ni dejar el asunto simplemente en que está “ostiao”. No puedo porque pienso en como se mirará ese hombre al espejo de aquí en adelante. Ni siquiera va a poder pagar por sus actos porque la policía lo ha dejado en libertad, no había ni homicidio involuntario. No puedo dejar de pensar en como le verán sus otros hijos, o su mujer. No habrá nada que le consuele, ni la justicia le quiere castigar y seguramente la familia tampoco. Supongo que en algún momento dejarán de culparle, porque ha sido un error fatal, un despiste de “ostiao” mortal. Algo imperdonable. Algo que puede que le cueste incluso la vida, una vida desgastada pensando continuamente, repasando continuamente cada uno de los movimientos que hizo ese día. Y no puedo culparle, porque cuanto mas me pongo en su lugar más mal me siento. Mi hija nacerá en Enero y no hago más que repasar cada movimiento que haré hasta que ella tenga la autonomía necesaria para salir de un coche y preguntar a alguien donde está su padre. Porque la cruda realidad es que no solamente soy ese hombre, sino que todos somos ese hombre y en algún momento podemos estar así de “ostiaos”.

En realidad las salas de cine nunca morirán


En octubre de 2009, hace casi diez años, un montón de gente relacionada con empresas de Internet, periodistas y especialistas en medios de comunicación, se reunieron con la entonces ministra de cultura González-Sinde para intentar demostrarle que una ley que quería acabar con las descargas ilegales, y que estaban apunto de aprobar, coartarían la libertad de expresión. 
En aquella época yo escribía crítica cinematográfica en algunas webs especializadas y observaba , con cierta incredulidad, como muchos personajes de la industria cinematográfica intervenían en aquellos debates tan profundos, que plantaban cuestiones y sometían a la opinión popular a un dilema entre salvar la propiedad privada o intelectual y los derechos de autor o guardar la libertad de expresión, sobre todo en internet. 
La cruzada en realidad llegaba contra las webs llamadas de descarga ilegal, esas a las que siempre había accedido todo el mundo desde que se dieron cuenta de que resultaba más fácil que almacenar cds comprados en el top manta. Lo que quizá todos estos señores no sabían es que, en realidad, desde otras esferas, se debatía si el cine iba a morir. Algunos directores de cine, menos volcados en la vertiente política ,hablaban sobre si llegaría el punto en el que al no acudir al cine y solo descargarnos cine las productoras no apostarían por ninguna película y el cine pasaría a desaparecer. 
Las salas de cine peligraban. Otros presentaban un escenario apocalíptico y predecían, que en un futuro no muy lejano, la gente no acudiría a las salas de cine, cerrarían todas. Los más optimistas a nivel tecnológico, fanáticos de los electrodomésticos, auguraban un futuro no muy lejano en el que tendríamos en nuestras viviendas todo lo necesario para disfrutar de las comodidades del cine en casa. Las películas se estrenarían directamente en nuestro domicilio. 
Han pasado casi diez años y no ha ocurrido nada de lo que esta gente predijo. Y realmente, nos movemos en un limbo en el que no existen videoclubs. Ahora mismo tienes solamente la opción de ver una película en el cine , sin la posibilidad de visionarla después, porque mucha de la oferta que se estrena no se puede disfrutar meses después en las llamadas plataformas de alquiler digital, y si se estrenan… pss , a que precios.
Ya no existen esos pequeños santuarios en los que había cientos de películas, y podías entretenerte leyendo la sinopsis por detrás de la carcasa. Ya no se pueden palpar las caratulas. Ya no se puede elegir entre cientos, miles de películas. Eso sí, el porno es más fácil de ver, ya no te cruzas con esos señores retraídos que intentan pasar desapercibidos o hacer como que no miran la estantería del porno. 
Pero hay algo que no llegaron a decir todos aquellos que predecían un apocalipsis. Nunca escuché a ninguno hablar sobre las virtudes de una sala de cine, sobre la magia que se respira en un estreno. Sí, es algo a lo que todos los cinéfilos nos hemos enganchado desde pequeños. Y a lo que cualquiera puede acceder, se trata de vivir el cine. Hablo de esos momentos en los que , durante el transcurso de una escena de acción, uno se gira a un lado y ve a una señora mayor pegando puñetazos en el aire. Hablo de momentos en los que estalla una carcajada generalizada, contagiosa, con una buena comedia. Hablo de esos momentos sensibles, emotivos, que te encojen el corazón, y que hacen que cuando te giras para coger un pañuelo de papel para secarte las lagrimas te das cuenta, de que hay media sala de cine llorando, disfrutando de esa momento, en la intimidad que ofrece una sala oscura, en unos sillones cómodos, y con una pantalla del tamaño que no cabría en ningún domicilio. Hablo de esos momentos en los que te planteas no volver a pisar una sala de cine porque un maleducado no para de hablar durante todo el metraje. Hablo de eso porque son momentos de encuentro con humanos, en sociedad, en comunidad. Y eso es lo que nos hace especiales, y por eso nunca dejarán de existir las salas de cine.