Cuentame como se crearon las estrellas


La noche estaba despejada, y un padre visualizaba un cielo lleno de estrellas. Sentado en la terraza de su piso, mientras se fumaba un cigarro, observaba cómo se difuminaba el humo; cómo se consumía una grisácea ceniza, resultado de la nicotina y el alquitrán que se metía en los pulmones.
El hijo estaba tumbado en su cama, y en el silencio de la noche se escuchaba su llanto. Cigarro y llanto, llanto y cigarro, dos conceptos que podrían fundirse en uno. Le resultaba al padre cada vez más difícil hablar con su hijo sobre la vida y la muerte, sobre aquello que le inspiraba el humo de su cigarro, que se consumía como su propia alma. Se confundía pensando eso y sabía que su hijo no lo entendería por mucho que se esforzara en explicarle. Y como siempre, todo acababa reduciéndose a lo básico, a la muerte de su madre, la mujer de él.
Se levantó y se apoyó en la repisa de la terraza para dar las últimas caladas a su pitillo. Desde aquella altura, que no era mucha, se podían divisar coches y gentes. Los coches, con sus luces nocturnas, parecían hormigas que portaban lámparas de aceite. La gente no se veía, y eso le provocaba un inoportuno estado de ansiedad.
El hijo seguía llorando. Aquella situación se había convertido en una costumbre en los últimos meses. Él meditaba mientras fumaba y su hijo emitía un discreto lloriqueo, como queriendo no molestarle. Debido a una serie de bizarros complejos, el niño intentaba bajar el tono cuando lloraba, aunque no supiera si a su padre le resultaba molesto. Y él seguía allí en la terraza, intentando evitar su pesimismo mediante el recuerdo de diferentes actividades y rutinas del día a día. Algo que había intentado llevar a cabo desde que pasó lo que pasó. Aunque aquellas actividades no le dejaban respirar mucho, le distraían con su esencia monótona: facturas, pagos, trabajo y compras. Le daba una vuelta en su cabeza a cada una de ellas. Como si fueran los caballitos de madera de un carrusel pasando una y otra vez por delante de sus narices.
Decidió pasarse por la habitación de su hijo para darle las buenas noches. La marcha vestía su ánimo de luto. Se imponía interminable y cargante. Pasó por el hueco que quedaba entre el salón y la cocina americana para llegar al pasillo principal. En él se encontraban enmarcadas y colgadas algunas de las fotos de los mejores momentos de su vida; en el parque con el niño, en la playa, de vacaciones. Todos felices y contentos. En aquella época se le antojaba pensar que ella siempre estaría así, feliz y contenta, como si aquello durara para siempre... Bajo cualquier circunstancia, realmente feliz. 
Se le hacía un nudo en la garganta cuando recordaba aquellos momentos. Y, por supuesto, era muy común una inoportuna presión en el pecho mientras caminaba hacia la habitación cada noche. Aunque aquel día sería diferente, se había propuesto a sí mismo cambiar las cosas.
Entró despacio en la habitación y se percató de que su hijo no estaba dormido.
—Marcos... no te hagas el dormido —intentó romper el hielo.
—No, lo intento —dijo al mismo tiempo que se daba la vuelta en la cama.
—Ya, yo tampoco tengo sueño —disimuló, ignorando un poco la respuesta de su hijo.
El padre se dirigió hacia la cama. Intentó combatir la frialdad que les separaba y se sentó en el borde.
—A ver, hijo, qué te ocurre, me tienes preocupado.
—Nada —dijo Marcos de forma impertinente.
—¿Es por la carrera?
—Es que, ¡yo me he esforzado tanto! No entiendo por qué no he llegado a la meta el primero. Tenía muchas ganas de conseguir el primer puesto. De verdad... papá.
—Ya lo sé, hijo, pero la vida es así, unas veces se gana y otras se pierde, es lo bonito de los sueños. A veces, pasa mucho tiempo hasta que un sueño se cumple, forma parte de un sacrificio. Tienes que creer en eso para llegar hasta el final.
—No lo entiendo, papá.
—Mira, te contaré una historia. —Recordó un cuento que en un momento delicado de su vida, su mujer, la madre de su hijo, le contó. Y si pensar en esa historia le dio fuerzas para animar a su hijo, ¿por qué no se la iba a contar?—. ¿Sabes cómo se crearon las estrellas?
—Sí, en el colegio nos explicaron algo de eso, son gases, ¿no?
—Bueno, esa versión es un poco más científica que la mía, pero supongo que te servirá también. Te contaré una más divertida.
Aquello había animado a Marcos de verdad. No estaba acostumbrado a que su padre le contara ninguna historia. Con lo cual, su estado de ánimo pegó un vuelco considerable.
—Cuenta, papá. ¡Cuenta!
«Pues cuenta la historia que en un lugar muy lejano, en una época que no podemos vislumbrar en ningún libro de historia conocido, vivía en una pequeña aldea un aspirante a mago llamado Daguer. El tiempo que dedicaba a la magia aquel joven aprendiz no necesitaba cronómetro o reloj, pues se guiaba por el simple cansancio, por la necesidad de reposar mentalmente después de largas jornadas de práctica.
Sin embargo, su confianza en sí mismo no estaba a la altura de su capacidad de trabajo. Realmente él no creía en que llegaría a nada.
Pero un día pasó algo extraordinario. Cada año se hacía un concurso en la comarca a la que pertenecía Daguer. Y muchos aprendices de mago acudían con ilusión para demostrar sus habilidades; lo practicado durante largas jornadas en escuelas de magos y de forma autodidacta. Daguer, aunque no confiaba mucho en su futuro como mago, se había estado preparando a conciencia.
El aforo estaba completamente lleno. Acudieron toda clase de habitantes del bosque, desde duendes hasta trolls. A algunos árboles parlantes les incomodaba sentarse en las pequeñas sillas de madera, elaboradas con esmero por los humildes carpinteros del pueblo. El truco que mostraría Daguer ante semejante tumulto era sencillo. Cogería un puñado de granitos de arena y lo lanzaría al aire para después convertirlos con su bastón de mago en un montón de pequeñas luces.
Por algún motivo completamente desconocido para el mago, no se produjo ninguna reacción. El pobre Daguer se quedó meneando el bastón en el aire sin obtener resultados. Intentó solucionarlo haciendo movimientos cada vez más fugaces e intensos. De la desesperación pasó a la rabia y esto hizo que aquellos torpes gestos se convirtieran en una suerte de caricatura de sí mismo.
Como solución, y ante la perplejidad de aquel desencantado público, a Daguer solo se le ocurrió abandonar el escenario y marcharse, abriéndose paso entre el murmullo de la gente, cada vez más chirriante y fuerte.
Escapó de allí, sin saber adónde ir. Creyó que nunca tendría la capacidad de afrontar aquella situación y salió corriendo a una velocidad increíble. Pronto se calmó y se cansó de correr sin dirección.
Y anduvo tanto que atravesó alguna pradera, algún bosque... Incluso llegó al desierto. Pensó que allí estaría mejor por la tranquilidad de un lugar sin vida. Pero estaba equivocado, pues allí se respiraba energía. Mientras andaba, mientras la arena se le introducía dentro de los zapatos y se adueñaba de una parte importante de su atuendo, pudo escuchar sonidos que provenían de diferentes lugares. Se vio embriagado por el poder que gobernaba aquel lugar.
Un grito le despertó de aquel estado de profunda meditación. Afinó el oído y pudo identificar la voz de una damisela en apuros:
—¡Socorro! Que alguien me ayude —gritaba ella.
Daguer empezó a andar cada vez más deprisa en la dirección en la que creía que estaría la chica. Pero se encontró con el mayor de los obstáculos posibles, pues un poder se imponía a cada uno de los movimientos que hacía. Aquel poder era el de la oscuridad absoluta. Fue en ese momento cuando empezó a correr más y más deprisa, en la dirección que él creyó oportuna.
—¡Hola! ¿Me puedes decir dónde estás?
—¿Hay alguien ahí? —gritó la joven desconsolada—. ¡Me he caído en un agujero y no puedo salir! ¡Por favor, ayúdame!
—No te preocupes, te ayudaré, pero tienes que tener algo de paciencia, pues no veo nada.
—Pues ten cuidado, no te vayas a caer en el mismo agujero que yo, parece que es una trampa que ha puesto alguna tribu del desierto para cazar un gran animal.
La penumbra absorbía cada uno de los movimientos de Daguer. Y él, aunque no se viera a sí mismo, estaba realmente en apuros, pues no paraba de dar vueltas prácticamente en círculo.
—No te preocupes, soy mago. Intentaré hacer algo para encontrarte. —Realmente no tenía nada pensado y no podía sacarse tampoco de la cabeza el fracaso cometido en aquel concurso popular.
—¡Estupendo! Pues entonces estoy salvada. ¿De dónde eres?
—Soy de una aldea que está a unos kilómetros de aquí —dijo en un tono de voz alta mientras andaba con cuidado y a paso lento.
De pronto, un sentimiento de agobio se apoderó de su mente y su cuerpo. No podía andar más, recorrer ni un solo paso. Y la imagen de él mismo balanceando su varita una y otra vez, mientras los asistentes al concurso lo miraban fijamente, se apoderó de su mente.
Se paró y se acostó en el suelo. Y boca arriba, mirando hacia la nada, inició el llanto más largo de su vida. El único que podía dejarlo sin lágrimas y esperanza. No era capaz de hacer magia.
—¡Qué te ocurre! —gritó la chica algo desorientada.
—No soy mago, soy un farsante.
—Pero ¡qué estás diciendo!
—Que no soy mago, he llegado hasta aquí porque no he sabido hacer un sencillo truco de magia en el concurso de mi aldea —decía, mientras lloraba—. No valgo para ser mago, soy una decepción. Quise ser mago porque mi padre lo era, pensaba que por ser un descendiente de un mago estaría a la altura de las circunstancias. Lo siento, no te podré ayudar.
—Escucha, Dargues. Tú sí eres un mago, solo tienes que sacar la fuerza de tu corazón para hacer magia, el poder está en ti. Tienes que hacerlo por mí. Yo creo en ti y sé que me vas a sacar de este agujero oscuro en el que, por cierto, estoy empezando a pasar mucho frío.
El mago, no habiéndose percatado de que la chica sabía su nombre sin habérselo dicho él antes, cerró los ojos y escuchó el silencio del desierto. Escuchó el murmullo de las arenas del desierto, percibió el sonido de las patas de algún escorpión resbalando por alguna duna no muy lejana. Comprendió que sí tenía poderes, que sí podía escuchar realmente la naturaleza y después de levantarse de un súbito movimiento se puso en guardia como si de un combate cara a cara se tratase. Solo que esta vez su contrincante no sería el exigente público de la comarca, sino nada más y nada menos que el poder de las sombras y la oscuridad absoluta, que aquella noche gobernaban en el desierto de una manera realmente tiránica. El mago posó su enorme bastón en el suelo con solemnidad. Pensó en el truco que había intentado hacer en el concurso y empezó a ejercer bruscos movimientos ondulares con el bastón en el aire, con la intención de llenar el cielo de pequeñas luces.
Mientras hacía grandes círculos con su bastón en el aire, deseó llenar el cielo de luces que parecerían pequeñas estrellas de mar. Pensó en convertir el cielo en un mar de luciérnagas y estrellas.
Con un movimiento decisivo, el mago giró su bastón en círculos, haciendo levantar varios kilómetros de arena como si de una gran ola se tratase. Solo que aquella ola la dirigió hacia el cielo. Y se convirtió en una línea recta que avanzó hacia el espacio exterior. Pudo ver perfectamente cómo se esparcía, dando lugar a pequeños puntos luminosos repartidos por la oscuridad. Había conseguido llenar el cielo de pequeños puntos parecidos a estrellas de mar, que iluminaban como luciérnagas en un paisaje nocturno.
En el pueblo no podían entender aquel espectáculo tan maravilloso y luminoso que estaban viendo. Todos dejaron de ver el supuesto número ganador del concurso para mirar con asombro cada una de las motas luminosas.
El cielo quedó gobernado por un montón de puntitos color dorado que pasaron a llamarse estrellas, debido al enorme parecido que guardaban con las criaturas acuáticas. El mago quedó debilitado, víctima de aquel hechizo que con tanta fuerza provocó aquella reacción en el universo. Estaba realmente exhausto y cansado en el suelo desértico, seco como la brisa arenisca.
Miró a su alrededor, porque en ese momento se acordó de que tenía que rescatar a la muchacha que estaba atrapada en la trampa. Y a pesar de estar el cielo lleno de puntitos luminosos, no podía ver perfectamente. Sin embargo, sí que pudo adaptarse a la poca visibilidad que le ofrecía la noche en ese momento.
En uno de los giros que hizo para encontrar a la chica, vio a unos diez metros el agujero en el suelo y corrió hacia él. Pero cuando llegó no vio a nadie en el fondo del agujero y, preocupado por la chica, gritó de manera desesperada.
—¡Chica del agujero! ¡Chica del agujero!
Pero la chica del agujero no le respondió, ya que nunca estuvo allí, incluso empezó a pensar que pudo haber sido producto de su imaginación. Todo lo que empezó a sentir por la chica en aquel momento después de liberar su fuerza se desvaneció como ondas en un lago, provocadas por el rebote de alguna diminuta piedra.
Comprendió que, después de semejante encrucijada de emociones, podría haber confundido sus sentimientos hacia una chica que jamás vio.
—No existió nunca, pero sí hablaste con alguien —dijo una misteriosa voz, que debido a la leve confusión que sufría el mago no supo reconocer—. No te preocupes, todo va a salir bien, tienes un poder infinito, solo debes aprender a desarrollarlo.
—¿Papa? —Sospechó el mago en voz alta.
—No te preocupes, hijo —respondió la voz cada vez más lejana, que el mago empezó a acompañar de pena y tristeza ante la nueva pérdida de su padre.
El mago, tras ese momento de reencuentro, no pudo evitar encaminar sus pasos de forma decidida hacia el pueblo. Una obsesión se había posado en su cuerpo de forma automática. Pretendía repetir la operación y terminar lo que empezó delante de la mayoría de los seres de la comarca.
Mientras regresaba a su pueblo, disfrutaba de un paseo en un desierto que resultaba no pertenecer ya al poder de las sombras. No obstante, a pesar de estar orgulloso, no podía evitar acordarse de su padre, de sus sentimientos hacia la chica del agujero y de muchas otras emociones sentidas en el desierto.
Cuando regresó al pueblo, se percató de que la gente seguía expectante ante semejante bendición en forma de estrellas. La oscura noche, que desde el principio de los tiempos había atormentado a la mayoría de los seres de la comarca, se apaciguó. El mago, sin dirigir la palabra, subió al escenario; nadie notó su presencia. Nadie, menos un adolescente que, haciendo alarde de una supuesta gracia natural, se dispuso a acometer una burla en contra del nuevo y más poderoso mago de la comarca.
—¡Mirad al falso mago!
Pero al mismo tiempo que todo el mudo miraba a aquel chico, que tenía su mano levantada y señalando al farsante, el gran mago, con un gesto que hizo con su bastón y movimientos circulares que señalaban al chico, consiguió hacer algo que no se esperaba nadie. El chico no logró vociferar ningún insulto más en voz alta, principalmente porque él y todos, se dieron cuenta de que movía la boca, pero no conseguía emitir ningún sonido. Lo que salía de su boca cuando intentaba gritar eran pompas de jabón, que subían hacia el cielo estrellado, intentando alcanzar alguna de sus luces. Muchos de los espectadores quedaron impresionados por aquel pequeño truco.
Acto seguido, el mago cogió del suelo del escenario algo del puñado de arena que se había quedado allí después del intento de truco fallido. Estaba de espaldas al público y, consiguió lanzar el puñado de arena hacia arriba mientras daba un giro inesperado y brusco. Los asistentes a aquel improvisado espectáculo hicieron el amago de taparse la cara. Otros se dieron cuenta de que lo que lanzó el mago no llegó hasta ellos, ya que un montón de granos de arena que componían aquel minúsculo montículo se habían convertido en una pequeña nube flotante compuesta por luces de colores que recorrían el espacio de aquella reunión de atónitos espectadores.
El mago, satisfecho por todo lo que había vivido aquel día, contento con la revelación que había descubierto, dejó el escenario sin dar explicaciones, y de la forma más respetuosa posible, se fue de allí para dedicarse a la magia el resto de su vida. Comprendió que el poder que tenía se fortalecía con cada gesto de confianza en sí mismo. Y entendió que a veces incluso los magos más fuertes pueden llegar a estar al borde de un precipicio teniendo como única esperanza la fuerza que les da sus corazones».
El padre había terminado de contar aquella historia que, en cierto modo, le hizo vivir el entusiasmo de ver a su hijo conectar con él. Pero se percató de que su hijo tenía ya los ojos casi cerrados. Marcos se había relajado tanto escuchando la cálida voz de su padre que se había quedado prácticamente dormido. Y eso le hizo pensar que ya no había nada más que hacer y que su labor como padre había terminado aquel día. Y se sintió tan poco útil que le entraron ganas de volver a su mesilla de noche a buscar algo tangible que le aliviara. Quizás habría algo interesante en aquel pequeño santuario; unas pastillas, alguna foto de su difunta mujer o simplemente una pequeña petaca con alcohol que no haría más que calmar sus heridas.
Pero no hizo nada de eso. Sintió cómo se establecía automáticamente una barrera entre lo que normalmente sentía y ese mismo instante. Como por arte de magia, cayó en un vacío imaginario, como si ya no le importara nada de lo físico. Ahora veía las cosas desde otro plano, fuera de prejuicios. Pensó que sería posible que todo fuera a mejor. Que tuviera las fuerzas necesarias para levantarse al día siguiente y encontrar un trabajo, para animar a su hijo a que fuera a un colegio en el que no se sentía bien. Porque en el fondo se había sembrado una semilla de esperanza. Sentía que aquellas palabras que le había pronunciado a su hijo tenían sentido de verdad. En su cuento, que una vez le hubiera contado su padre, todo tenía sentido. Y profundizó en los motivos, en el por qué podía ser de esa manera y no de otra.



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