El motivo


No puedo evitar pensar en el primer día que recuperé esta necesidad de plasmar. De dejar patente con cada frase mis sentimientos. Con el paso de los años se fueron convirtiendo en historias. Leí muchísimo sobre técnicas narrativas y volví al principio una y otra vez.  Y siempre sentía algo de alivio cada vez que me sentaba a escribir. No sé en qué momento decidí realmente seguir escribiendo. Solo sabía que escribir me aliviaba. Que tenía que hacerlo para mí. Había estado sumergido en un espiral depresiva. Una persona que en realidad lo tenía todo. Nunca había sentido la falta de nada material. Habían pasado algunas cosas que me hacían sentir que no encajaba en este mundo, que no entendía nada, y que no me sentía comprendido.
Supongo que por eso encontraba alivio cuando escribía. Porque sabía que eso se quedaría ahí, que eso pasaría a formar parte de un papel. Y que podría revisarlo una y otra vez, quizá, encontrando alguna clave de como salir adelante.
En realidad yo había leído muy poco y menos todavía escrito algo. Pero me había dado cuenta de que tenía un dolor en el pecho que se aliviaba con cada palabra que plasmaba en el papel. 
Hasta aquel momento solo había escrito algunas palabras en unos papeles que había amontonados en una estantería de la cocina. Me sentaba a escribir mientras hacía algo de comer. Y ni siquiera había mantenido el margen correcto. Solía garabatear cuatro palabras y otras tantas frases llenas de faltas de ortografías. Y a cada nuevo pensamiento que actuaba como el motor de la siguiente frase me decía que aquello era ridículo, miraba el reloj de barro grande que había en la pared, y me distraía con unas cuantas hormigas que trabajaban para tener comida en invierno. Y me perdía en el pensamiento que me llevaba a imaginar cómo podría vivir siendo una hormiga. Me imaginé perdido, yendo a contracorriente entre tanta hormiga y preguntando a todas a las que me encontraba si habían visto algún agujero en el que meterme, para esconderme a llorar. Y así era como se me pasaban cuarenta minutos por lo menos en los que no escribía nada.
Estuve varios días seguidos haciendo eso hasta que comprendí que la tarea de escribir para no llorar no podía ser como la media jornada de un oficinista, o el itinerario fijo de un inspector de la seguridad social. Así comprendí que si tenía que tomar aquellos apuntes como los de campo de un investigador tendría que abrirme en el momento oportuno y que cada minuto que estaba compadeciéndome de mi mismo era una palabra menos escrita en el cuaderno. 
Por último, ese extraño fetiche que yo había creado a la hora de sentarme. Porque el cuaderno en sí tenía un simbolismo imposible de imitar. Y es que yo no había ido a un bazar a comprar cuadernos o a una papelería a elegirlos, ya que tenía un significado especial que había madurado con el paso de los años. Porque era de cuando yo iba al colegio. Y cada vez que veía su tapa, en el momento en el que abría el cajón en el que había estado durante los últimos veinte años, no podía evitar pensar en aquella época y en el motivo que me condujo a comprarlo, escribir dos poemas, trazar el perfil de una muchacha y guardarlo. Y ya era demasiado mayor como para echarle la culpa a otro; a mis padres, a mi familia, amigos, algún primer amor o el presidente del país. Porque la verdad es que simplemente había comprendido que no tenía nada que hacer a nivel artístico con diez años de edad. 
Y eso era más o menos lo que yo había pensado en el momento en el que cerré el cajón que recogió el cuaderno huérfano y mayor. Y era algo que en cierta medida me había dolido durante los últimos años.
Después de fallar en mis intentos de establecer un régimen autoritario para con mi nueva "afición", decidí no perder más el tiempo. Ya no estaría más de cinco minutos mirando el reloj de la cocina, ni contaría hormigas. Ya no me sentiría culpable por no haber plasmado mis sentimientos correctamente sobre el viejo cuaderno. Lo cierto es que sabía que el dolor se iría escribiendo, y que siempre que sintiera ese dolor me tendría que poner a escribir. Y así más o menos fue como establecí un acuerdo confidencial en el que estaban involucrados mi cuaderno, testigo de mi primer fracaso como persona, y mi corazón, que había sufrido todas las envestidas sentimentales. Porque la verdad es que yo no sabía ya si tenía alma o no. Ni si el tiempo existía tal y como había aprendido antes de esto. Ni si yo sería capaz de curarme a base de escribir frases mal compuestas. 
Lo único que sabía con certeza es que de vez en cuando tenía ataques y achaques. Y que se calmaban cuando escribía cada una de las cosas que pasaban por mi cabeza. Y eso era ya suficiente. Con eso ya tenía para estar tranquilo. No sé en qué momento decidí seguir adelante con esto, no puedo decir que esto es algo que he querido hacer siempre, la verdad. No me considero escritor, solo una persona que en un momento dado encontró alivio en la escritura.

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