La china

Cuando era chico me montaba cada día en un autobús escolar. El canario, así lo llamábamos,  nos dejaba en una parada cerca de casa. Cada minuto que pasábamos dentro de aquel autobús nos desquiciábamos más. Incluso llegaba el punto en el que sacábamos la cabeza por la ventana y les gritábamos a la gente que dejábamos detrás. Aquellos viajes diarios en autobús me marcaron.  A veces sueño con la sensación al tomar las curvas, las rotondas, subidos en los asientos, mientras sacábamos las manos y vigilabamos las reacciones del chófer que, dependiendo de su nivel de histeria, se paraba al menos una vez durante el trayecto para echarnos la bronca. Estoy seguro de que más de un chófer de los que solía llevarnos hubiese cambiado de turno y de trabajo con mucho gusto. 
Durante una época, coincidíamos a diario con una prostituta que hacía la calle mientras esperaba en una rotonda por la pasábamos. La llamábamos "la china" porque algunos niños se fijaron en que aquella mujer se pintaba el rabillo del ojo simulando el ojo rasgado. Aunque estoy seguro de que no sabíamos exactamente qué era lo que hacía una prostituta , nos dio por dedicarle una canción cuando el autobús pasaba por aquella rotonda. Cada día sacábamos las cabezas por las ventanas cuando llegábamos a la rotonda,  y exaltados cantábamos y chillábamos: "La puta, la puta, la puta de la china, la madre que la parió , yo tenía una puta..." y así cada día. Con el paso del tiempo aquello se convirtió en un reto, como si le reclamaremos una respuesta, una señal de atención, no se sabía muy bien por qué.
Aunque el chófer nos echaba la bronca cada vez que pasamos por allí, no bajamos la intensidad de los cánticos hasta que la china nos tiró las primeras piedras. Incluso un día llego a levantarse la falda, y nos dimos cuenta de que la china no se llevaba ropa interior al trabajo.
Aunque yo no participe mucho de aquellos aquelarres en el canario, un día mi vida se cruzó con la de la china.
El día que la china se cruzó en mi camino entendí que las cosas, la mayoría de las veces, no son lo que parecen.
Estaba en casa y mi madre había salido unos minutos a por algo que le faltaba en la cocina. En mi memoria se había quedado muy grabado el recuerdo de aquellos programas de Paco Lobatón , quien sabe dónde, y yo era perfectamente consciente de que la puerta no se le abría a los extraños. Así que siempre que escuchaba el timbre miraba por una ventana desde la que se veía la entrada.
No recuerdo muy bien la sensación, pero estoy seguro de que me quedaría petrificado al darme cuenta de que era la china la que pulsaba el timbre.
Resulta que la china no era tonta y yo si que era bastante lento, al menos lo bastante como para no esconderme entre las cortinas cuando me miró. 
Observé incrédulo, creía que la prostituta con la que nos metíamos cada día se acercaría para, posiblemente , hipnotizame con aquellos ojos rasgados, con el objetivo de hacer que le abriera la puerta de la casa para matarme. Era muy joven, no podía morir de aquella manera tan tonta. 
Obviamente no pasó nada se aquello.  Incluso abrí la ventana cuando me di cuenta de que me estaba hablando, ya que no la entendía. La frase fue directa: "niño tiene fuego pal sigarro" . Yo no me lo pensé dos veces; me acerqué a la mesita del salón, cogí uno de los mecheros de mi madre, y se lo acerque a la china con el riesgo de que me agarrase la mano desde el otro lado de los barrotes y me rompiera los dedos.
Antes de recuperarlo le dije que se lo regalaba. Ella me respondió "que niño más lindo" ,le dio una calada al cigarro y se marchó. 
No le conté nada sobre aquella historia a mi madre hasta el día en el que mi padre si que nos habló de una historia que daba explicación a la aparición de la china. 
Aquel día mi padre contó en la cocina, mientras cocinaban, que se había encontrado a nuestra vecina de dos casas más arriba que era tan amable y que hacía un tiempo que no veía. No la veía a ella ni a la hija mayor.
Yo estaba sentado en uno de los taburetes que teníamos en la cocina y escuchaba la anécdota.
Al parecer, la mujer le había dicho que de un tiempo a esta parte les había cambiado la vida por completo. Mi padre le había preguntado por sus hijas, tenía dos: Una estaba estudiando en Sevilla. La otra, la mayor, que había sacado las mejores notas en el primer año de carrera por aquí cerca, había cambiado por completo. Había desarrollado una patología severa, estaba muy mal, le habían diagnosticados a tiempo un transtorno de la personalidad grave. Se había obsesionado conque en realidad era otra persona. Aunque les habían avisado, nunca habrían imaginado que se convertiría en puta. Y de lo contó a mi padre con mucha pena porque no encontraba la manera de impedir que hiciera la calle. Cada vez tardaba más tiempo en aparecer y siempre que regresaba se le notaba desorientada, confusa. Pero se escapaba a los dos días, incluso se habían pegado en casa al intentar impedir su huida. Y ella recordaba que aunque era la más grande de las dos, siempre había sido su pequeña: "Dios, qué penita más grande, que se me escapa y no sé cómo retenerla ya, mi marido tomando pastillas para los nervios, y la que se tiene que tomar pastillas es ella!".
Yo sé quién es esa -dije- Esa es la puta de la china. 
Y entonces vi como mi padre y mi madre  se dieron la vuelta y me miraron desconcertados.

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