La vara y el libro

El día que mi padre me pegó con la vara, las consecuencias de la agresión marcaron un antes y un después en nuestras vidas.

Era una vara larga, de las que él utilizaba para la recogida de la aceituna. A mí ya se me había venido a la vista cuando entré en la casa. La vara estaba apoyada sobre la pared del pasillo central. No tardé mucho tiempo en comprender qué hacía padre en la casa, a media mañana, a una hora en la que tenía que estar en el campo. Pero lo importante es que me había visto llegar con aquel libro de Mary Shelly en la mano. Era una novela que me marcaría para siempre, y que trataba sobre la creación de un ser humano a partir de diferentes partes de cadáveres. Cuando me enteré de que la película de Frankenstein estaba basada en un libro me emocioné tanto que me obsesioné con conseguirlo.

Yo me había saltado las clases para ir a jugar con el chorlo, y nos pasamos por la librería de Don Alberto. Nunca tenía dinero para comprar nada, pero algunas veces caía algún ejemplar. Alberto veía en mí a un lector potencial, casi el mejor lector del pueblo, después del abuelo del chorlo. Y me trataba muy bien por ello, al menos eso creí yo por entonces. Un tiempo después, comprendí que era porque el librero conocía las circunstancias que se daban en mi casa. Y teniendo él la llave de mi felicidad personal, me ayudaba en la medida de lo posible con libros y conversaciones sobre la vida de los escritores más famosos.

Aquella mañana, nos acercamos a la librería y él me regaló el libro de Mary Shelly. Y yo, totalmente fascinado, salí corriendo para esconderlo donde padre no lo viera. Así fue como corrimos por las callejuelas donde sabíamos que había pocos adultos que pudieran echarnos la bronca. Pasamos por la plaza central del pueblo, mientras disfrutábamos del sol. Recuerdo que era un día maravilloso. Nos salpicamos con el agua que salía de la fuente que había en el centro de la plaza del pueblo. El chorlo, que era más gordito que yo, y que no estaba acostumbrado a correr, se quejaba mientras avanzábamos. Y yo le prometí que iríamos a estrenar su escopeta de perdigones nueva cuando dejáramos el libro en mi casa.

Hubo un momento en el que dudé, cuando vi la puerta entreabierta. Sospeché que mi padre estaba dentro, pero me arriesgué. Después de todo, nunca me había intentado pegar con un palo. Con el paso de los meses, desde lo de mi madre, me había acostumbrado a los gritos, a las bofetadas. Se había hecho normal aquella pestilencia de alcohólico que dejaba a su paso. Siempre que bebía se ponía violento, y yo salía corriendo a casa de tía Aurelia. Ella me daba de comer algo caliente mientras me acariciaba y me consolaba. 

Pero la violencia iba a más. Sabía que padre lo estaba pasando mal, y yo también noté mucho la ausencia de mi madre. Pero lo había querido a él tanto como para no tenerle en cuenta aquel cambio brutal que le volvió un hombre oscuro.

Me pidió explicaciones y no supe cómo decirle que me trataban bien en la librería. Que me había pasado muchas tardes en casa del Chorlo, leyendo los libros que me dejaba su abuelo. Que tenía la suerte de acceder a una de las mayores bibliotecas personales del pueblo. Que me había vuelto un gran lector. Que los libros habían ocupado el lugar que había dejado madre cuando se había muerto. Que si no fuera por eso yo también me habría muerto de soledad. Me hice fuerte y me sinceré, mientras le explicaba todo aquello con lágrimas en los ojos.

Él me gritó y me llamó miserable. A mí se me aceleró el corazón. Tanto como para llorar sin parar. Y él se puso más violento, más nervioso. Me volvió a llamar miserable, desagradecido, como si el alcohol le anulara tanto como para no recordar otro insulto. Emergió de entre las sombras, avanzando lentamente por el pasillo. Agarraba la botella con una mano. Me dijo que nos moriríamos de hambre porque yo era un inútil que me estaba dedicando a limosnear libros.

Agarró la vara y la lanzó. La larga vara que había utilizado tantas veces para su trabajo en el campo me rozó mientras yo intentaba esquivarla. Escapé de aquella maldita casa sin mirar atrás, sin preocuparme siquiera por el chorlo. Corrí tanto que llegué a las afueras del pueblo, donde se veían los campos ondulados, las furgonetas pasar y algunos campesinos en moto. Solo paré cuando el paisaje me pareció tan desolado como mi pequeño y frágil corazón.

Y allí, solo, respiré profundamente y me tranquilicé. Y me di cuenta de que había escapado con el libro en la mano.

Pasaron muchos años hasta que conseguí terminar de leer aquel libro. Incluso después de un tiempo viviendo en casa de la tía Aurelia lo había guardado en la mesilla de noche. A la espera de ese momento en el que pudiera olvidar a mi padre borracho, la vara aceitunera, y la soledad de mi corazón frágil. 

Solo unos años después, mientras estudiaba en la ciudad, conseguí sentarme a leer las primeras páginas de aquella historia. Fuera llovía. Hacía unos meses que padre había fallecido. Y conseguí pasar las páginas de aquel libro. Desde el día en el que me escapé había leído todo lo que había pasado por delante de mis narices. Con hambre voraz. Tenía la intención de comprender los instintos del hombre, las relaciones familiares. Pero solo comprendí lo que nos movía a mi padre y a mi cuando él se murió y yo conseguí terminar de leer Frankenstein.


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